Ahora son todos piolas: entregaron a Españón y no le votaron la reforma a Milei
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 1 día
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Hay jugadas políticas que son finitas, prolijitas, casi de manual. Y después están las otras: las que son un papelón, un enchastre bárbaro, y dejan a todo el mundo preguntándose qué carajo estaban pensando cuando apretaron el botón.

Ayer Río Gallegos no salió a pasear. Salió a plantarse y a hacerse escuchar como corresponde. Y cuando salen todos, pero todos, hasta los gremios más tibios que suelen hacerse los boludos, es porque la cosa viene fulera. Caminaron hasta la Casa de Gobierno con una bronca lógica: sueldos congelados, inflación que te rompe el ojete y una reforma laboral que pinta para dejarte regalado.
Porque mientras el súper te arranca la cabeza, el salario queda hecho una miseria. Y no es sarasa: es el drama de cualquier laburante que cobra y a la semana ya está haciendo malabares para no quedar en bolas. La consigna fue clarita: no al ajuste sobre el bolsillo y no a una reforma que le hace un guiño al patrón y le pega un cachetazo al trabajador.
La movilización fue pacífica, sí. Pero la bronca estaba ahí, latiendo. El mensaje fue directo: el trabajo no se manosea, el salario no se congela como si fuera un capricho y las reformas no se cocinan entre cuatro vivos mientras el resto se jode.
Ahora vamos al plato fuerte.
Mientras desde Economía repiten como mantra sagrado que “no hay guita”, que el déficit, que la austeridad, que la pauta salarial cero escrita con tinta indeleble, aparece una jugada que te deja mirando el techo: un año después del pedido de desafuero, el gobierno decide avanzar con la situación del diputado denunciado por abuso, Fernando Españón, hombre del riñón del poder. Un año entero. Doce meses. Y justo ahora se acuerdan.
Entonces el mensaje es brutal: para subir sueldos nunca hay un mango, pero para acomodar fichas en la interna siempre aparece el vuelto. Para el laburante, ajuste sin anestesia. Para la rosca, precisión quirúrgica. No hay plata para que la gente no se hunda, pero sí hay margen para movimientos políticos que parecen calculados al milímetro.
Y por si el guión no estuviera lo suficientemente delirante, los senadores del espacio anuncian que no van a votar la reforma laboral de Milei. José María Carambia dijo que ni él ni Natalia Gadano acompañan el proyecto en general. Mirá vos. Ahora resulta que son los guardianes de los derechos laborales. Ahora son buena gente. Casi héroes sindicales. Falta que se pongan la pechera y marchen a la par.
Siguiendo esa lógica mágica, capaz mañana Garrido devuelve el sueldo que levantó mientras nos cagaba en la boca. Total, si estamos en modo redención colectiva, vamos a fondo.
Y ya que estamos soñando, Vidal invita a Grasso a un asado de reconciliación institucional y brindan por la hermandad y el consenso. Y como si fuera poco, el Vicegobernador se compromete firmemente a cerrar sus redes sociales, a abandonar su oficio de hater y a realizar un retiro espiritual en Valdocco. De paso, el gobierno entrega voluntariamente a la Justicia cualquier cosa turbia que haya quedado dando vueltas, desde expedientes incómodos hasta evidencia rarísima que estaba desaparecida tras el allanamiento al domicilio del otrora ministro Julio Gutiérrez. Todo clarito, todo prolijo, todo de cara a la sociedad. ¿No?
El problema es que la realidad no es una comedia. Es la heladera medio vacía, el alquiler que aprieta y el recibo de sueldo que no alcanza. Y ahí el sarcasmo se termina.
La calle habló. Y cuando hablan todos, hasta los que nunca hablan, es porque el límite está cerca. El problema no es solo económico. Es político. Es de prioridades. Es de coherencia.
Porque la gente podrá bancarse un ajuste. Lo que no se banca es que la traten de boluda.
Por @_fernandocabrera




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