Así despidió Río Gallegos a Néstor Kirchner: El recuerdo y las fotos inéditas de Pablo Mutti

Estamos en vísperas de un nuevo aniversario de la muerte de Néstor Kirchner, el expresidente argentino cuya partida, el 27 de octubre de 2010, sacudió a Río Gallegos, conmovió a un país y trascendió las fronteras hasta convertirse en una noticia de repercusión mundial. A dieciséis años de aquel día, es que esté humilde redactor pretende volver a ese momento desde un lugar distinto: la mirada de quien estuvo ahí, cámara en mano, tratando de registrar una historia para el resto de los tiempos.

Para eso, busco las declaraciones de mi viejo amigo y compañero de prensa institucional, Pablo Mutti, o Pavlenka, como le digo cariñosamente. Fotógrafo profesional, testigo de acontecimientos que hoy forman parte de la memoria colectiva, Pablo tiene una particularidad que siempre me llamó la atención: una especie de karma, una virtud del azar que lo pone delante de momentos extraordinarios de la historia, como si doblara una esquina y, sin proponérselo, terminara en el lugar donde después todos querrán haber estado.
Y para ejemplificar lo que digo bastará con remontarnos a 32 años atrás, cuando él vivía en Italia y trabajaba en el ambiente de la Fórmula 1, fue testigo presencial de la muerte de Ayrton Senna, en el circuito de Imola, en 1994. También participó como extra en una película rodada en la Toscana en 1993, "Mucho ruido y pocas nueces", dirigida por Kenneth Branagh y protagonizada por nada menos que Denzel Washington, Keanu Reeves y Emma Thompson. Experiencias muy distintas entre sí, pero que parecen confirmar esa extraña capacidad de Pavlenka para terminar, casi por casualidad, en escenarios que después adquieren una dimensión histórica o cinematográfica.
Ahora quiero que me cuente cómo vive otro de esos momentos: la llegada del féretro de Néstor Kirchner a Río Gallegos, después de tres días de duelo nacional y de una despedida que reúne a miles de santacruceños.

Este jueves 22 de octubre salgo de casa en bicicleta y atravieso Río Gallegos pedaleando unos cinco kilómetros hasta el barrio El Faro. Es el atardecer. El rojo rasante del ocaso acaricia las cúspides de los edificios más altos, mientras las calles comienzan a hundirse en un incipiente fango nocturno. No hay viento. La ciudad parece tomarse una pausa antes de que llegue la noche.
Pablo me recibe y empezamos a conversar. No necesito demasiado para saber que no será una charla sencilla. Hay recuerdos que permanecen intactos en la memoria, pero que se resisten a ser ordenados. Otros vuelven en forma de imágenes, de rostros y de gestos que uno no termina de comprender ni siquiera después de tantos años.
Le pregunto cómo se entera de la muerte de Néstor Kirchner.
«Habíamos terminado tarde la noche anterior. Generalmente terminábamos bastante tarde en el equipo de prensa de la Gobernación de aquellos años. Éramos pocos, aunque muy efectivos. A minutos de haber salido la noticia, mi madre me despierta diciéndome que se había muerto Néstor. Uno, recién despertado y escuchando eso, no entiende si es una broma. Pero mi vieja no era de hacer esas cosas y le vi la cara. Instantáneamente me di cuenta de que no estaba bromeando».
Pablo hace una pausa al recordar aquellos primeros minutos. No sale corriendo. No agarra la cámara. No se pone inmediatamente en movimiento. Se queda sentado, como si la noticia hubiera interrumpido algo más que el sueño.
«Me quedé como tildado. Lo primero que hice fue ver el televisor. Me quedé sentado, sin siquiera acordarme de qué me ocupaba yo. Llamé a la entonces directora de Ceremonial y Protocolo. No sé por qué. Porque con alguien tenía que hablar. Eran minutos en los que no sabés para qué lado está yendo el cerebro; está medio noqueado».
Hasta que la noticia deja de ser una información que escucha y se convierte en una tarea que debe cumplir.
«Mientras hablaba con ella, me cae la ficha y digo: “Yo tengo que salir para allá”. Y ahí sí salí para Casa de Gobierno, donde ya se estaba acumulando una marea de gente».
La historia empieza así: con un hombre que todavía está procesando la muerte de alguien a quien conoce, respeta y cuya figura forma parte de su propia experiencia profesional. Pero el fotógrafo tiene que laburar. Y en Río Gallegos, durante las horas que siguen, el trabajo consiste en registrar algo para lo que nadie parece estar preparado.
Durante tres días, Casa de Gobierno se convierte en el centro de una despedida multitudinaria. Allí se instala la llamada capilla ardiente, una ceremonia fúnebre en la que la comunidad puede acercarse a despedir al fallecido simbólicamente. Por el lugar pasan funcionarios, militantes, vecinos, trabajadores y ciudadanos que no necesariamente comparten las mismas ideas políticas.
Mientras escucho a Pablo reconstruir aquellos días, me vuelve una imagen propia: la cara destruida de tristeza de Héctor «Pirincho» Roquel, el emblemático exintendente de Río Gallegos, durante la capilla ardiente. Recuerdo ese rostro golpeado por el dolor, la expresión de alguien a quien la noticia parece haberle quitado las palabras. La escena regresa a mi memoria mientras Pavlenka habla y me confirma que, a veces, uno también conserva sus propias fotografías interiores, aunque nunca haya apretado el disparador de una cámara.
Pablo recuerda otra escena, también marcada por el dolor.
«Fue una cosa que, obviamente, no fue ahí donde hubo amigos y enemigos. Era un pueblo unido detrás de una situación que a todo el mundo le golpeó muy fuerte. Recuerdo caras de gente que inclusive no simpatizaba políticamente y que también estaba presente. Eso habla bien de esa gente, a nivel humano, sin saber separar tanto las cosas».
La frase merece detenerse. Porque en la memoria de Pablo hay algo que excede la adhesión política. La muerte de Kirchner produce un movimiento emocional masivo que atraviesa diferencias, discusiones y desacuerdos. Personas que pueden haber cuestionado al expresidente se encuentran, de pronto, frente a una pérdida que les duele.
Pablo no pretende convertir esa reacción en una explicación definitiva. Habla desde lo que ve. Y lo que ve es una ciudad golpeada.
Pero después de los tres días de capilla ardiente, el trabajo no termina. Toca trasladarse al aeropuerto de Río Gallegos para esperar la llegada del féretro y registrar su recepción. La despedida entra en otra etapa y el equipo de prensa debe prepararse para acompañar el operativo.

Pablo recuerda que el aviso llega con anticipación. Primero arriban referentes políticos, sociales e institucionales; después, durante la tarde, llega el avión presidencial de Venezuela, con Hugo Chávez y su comitiva. Hay funcionarios, personal de protocolo, periodistas y fotógrafos. La espera se prolonga.
«No recuerdo exactamente los horarios. Siempre digo que tengo memoria de pescado. Siendo fotógrafo, uno se abstrae mucho. Por ahí no te queda en la mente la hora. Te queda el suceso. Te queda la imagen en la memoria».
Y esa imagen, para él, no es solamente el féretro que llega. También es la espera, los rostros, las conversaciones y el esfuerzo de quienes deben sostenerse durante horas en medio de una situación emocionalmente devastadora.
Hay un momento de la conversación en el que Pablo encuentra una expresión que, creo, resume buena parte de su experiencia. Me habla de la cámara como una barrera, una especie de pared que el fotógrafo coloca entre sí mismo y lo que está ocurriendo.
«Siempre digo que me protegí atrás de la cámara. Es una pared que metés entre vos y el hecho, y te permite, te da una excusa inconsciente o consciente para esconderte y defenderte un poco de esa cosa tan fea que tenés que retratar».

No lo dice como una declaración de indiferencia. Todo lo contrario. Lo que intenta explicar es que, en determinadas circunstancias, la cámara facilita seguir trabajando cuando la emoción amenaza con desbordarlo todo.
Pablo ya sabe lo que significa encontrarse en un acontecimiento histórico. Su experiencia profesional en Europa lo pone frente a situaciones extraordinarias. Sin embargo, reconoce que la muerte de Kirchner lo afecta profundamente.
«Me afectó muchísimo la muerte de Néstor Kirchner, como a muchos. Y tenés que lograr estar frío. Vos tenés que sacar la foto y la foto tiene que decirle a la gente lo mejor posible lo que está pasando. No te podés dar el lujo de quedarte mirando algo o de dejarte llevar por tu tristeza, o por la tristeza de los demás, que te inunda».
Ahí está el oficio. No en dejar de sentir, sino en encontrar la manera de trabajar aun cuando lo que sucede te golpea personalmente.
La tarea, además, tiene una dificultad particular. Pavlenka conoce a muchos de los funcionarios y de las personas que están allí aguardando en el aeropuerto. En Santa Cruz, donde buena parte de la vida institucional transcurre entre rostros conocidos, la distancia profesional no siempre resulta sencilla.

«Te sentís un intruso. Tener que ir a sacarle fotos a la cara de la gente llorando, sin sentirte un mercenario, es complejo. Tenés que hacer tu trabajo seriamente, porque tu trabajo es un documento histórico. Se murió un presidente de la Nación. Sea quien sea, se murió un presidente de la Nación y, en su pueblo natal, te toca a vos registrar eso desde el punto más cercano».
Lo escucho y dimensiono lo relegado que el trabajo del fotógrafo suele quedar detrás de la imagen que finalmente vemos publicada. La fotografía aparece en una portada, en un diario, en una revista o en una pantalla. Pero pocas veces sabemos qué tuvo que atravesar quien estaba detrás de la cámara para conseguirla.
Pablo recuerda que fueron muy pocos los fotógrafos que pudieron permanecer junto al avión en el momento de la llegada del féretro. Entre ellos estaban los profesionales que acompañaban a la comitiva venezolana y los trabajadores de prensa que tenían asignada esa cobertura.
La posición era privilegiada desde el punto de vista periodístico, pero también imponía una responsabilidad difícil de explicar. Había que registrar el momento sin entorpecerlo, moverse entre funcionarios y personal de seguridad, buscar el encuadre y, al mismo tiempo, convivir con una escena cargada de dolor.
Pablo recuerda particularmente a Cristina Fernández y a Máximo Kirchner. Ver a la entonces presidenta abrazada a su hijo, llorando, mientras él debe colocarse a escasa distancia para fotografiarlos, le provoca una sensación que todavía no consigue definir del todo.

«A veces te da cosa. Fotografiar a Cristina Fernández llorando, pararte adelante, a un metro, mientras está abrazada con Máximo... Sentís casi que estás faltando el respeto. No sé. Aún hoy, que me lo estás haciendo contar, no logro definir todo ese desbarajuste de sentimientos».
La frase vuelve a llevarnos al centro de su experiencia: el fotógrafo debe acercarse para documentar el dolor, pero esa cercanía no lo convierte en alguien ajeno a lo que sucede. Al contrario, cuanto más cerca está, más difícil resulta encontrar la distancia emocional que necesita para trabajar.
Y, sin embargo, hay que hacerlo.
La cobertura incluye también la llegada de Hugo Chávez. Pablo recuerda que el entonces presidente venezolano, consciente del clima de tristeza y de la prolongada espera, intenta levantar el ánimo de quienes lo rodean. Los reúne dentro del edificio del aeropuerto y comienza a contar anécdotas de Néstor Kirchner.
«Creo que Chávez logró levantar un poco el humor. No sé si levantar el humor, pero reconstruyó un poquito la entereza que vas perdiendo a medida que pasan las horas en esa espera tan horrible».
Pablo recuerda cómo una anécdota simpática puede provocar una sonrisa en medio de la tristeza. No es que el dolor desaparezca, sino que por un instante las personas encuentran una forma de sostenerse.
«Casi que logró sacarnos una sonrisa de esas que uno saca cuando falleció tu familiar, tu amigo, y alguien recuerda algo alegre, algo simpático, y logra levantar un poquito el ánimo».
La espera termina. El féretro finalmente llega a Río Gallegos, desciende del avión y comienza el traslado hacia el cementerio local. Afuera, Río Gallegos se ha congregado para acompañar el último recorrido.
La caravana avanza a paso de hombre. Pablo está sobre la caja de una camioneta que circula por delante del vehículo en el que viaja Cristina Fernández. Detrás viene el automóvil que transporta el féretro.

A lo largo de la autovía, una multitud ocupa los espacios disponibles. Hay banderas, carteles, flores que caen desde los puentes y personas que intentan acercarse a los vehículos. La caravana se abre paso con enorme dificultad.
Pavlenka recuerda especialmente a los mineros de YCRT, cuya presencia resulta inconfundible.

«Los mineros iban muy, muy, muy tocados. Se notaba. Avanzábamos, no sé si a diez kilómetros por hora, y la gente quería treparse a los vehículos. Agarraban nuestra camioneta y la sacudían, pero no porque quisieran sacudirla. Creo que eran reacciones compulsivas, naturales, de una persona que no sabe qué hacer en esa situación».

Entonces intenta encontrar una explicación para aquellas caras, para aquellos movimientos, para una multitud que parece desbordada por una emoción que no consigue administrar.
«Lo que percibía en esa gente era más una sensación de que, de repente, se encontraron al borde de un barranco, perdiendo el equilibrio. Una especie de pánico, más que dolor. Sabés que te van a dar un cachetazo, pero cuando llega, te sorprende igual».
La imagen del barranco queda flotando en la conversación. No se trata solamente de la tristeza por la muerte de un dirigente político. Es también la sensación de estar frente a algo irreversible, ante un cambio que nadie puede detener y cuyas consecuencias todavía no se conocen.

Pablo fotografía lo que tiene delante, pero reconoce que una imagen no alcanza para contener todo lo que sucede.
«Un grito no queda en mi foto. Esa cara que yo fotografié fue acompañada de un grito, de un llanto, de una frase o de lo que fuera. En mi cabeza, la foto tiene una banda sonora, pero yo solo puedo entregar una foto».
Y agrega una reflexión que parece acompañarlo desde entonces:
«Siempre digo que las fotos son fallidas, porque en el momento en que ves la foto y en el momento en que apretaste el botón sabés que pasó una mínima fracción de segundo. La foto siempre llega un milisegundo tarde».
No es una crítica a la fotografía. Es, más bien, el reconocimiento de sus límites. La cámara puede congelar un gesto, pero no todo lo que ese gesto contiene. Puede mostrar una lágrima, pero no el pensamiento que la precede. Puede registrar una multitud, pero no explicar por sí sola qué está sintiendo cada una de las personas que la integran.
Por eso, cuando Pablo vuelve sobre aquellas imágenes, no encuentra una historia cerrada. Encuentra fragmentos de una experiencia que todavía intenta comprender.
En medio de la conversación aparece otro recuerdo que considero importante rescatar. Pocos días antes de la muerte de Kirchner, Pablo también participa de la cobertura del último acto del expresidente en el Boxing Club de Río Gallegos, el 09 de octubre de 2010. "En esa cobertura pude abrazarlo y decirle lo mucho que lo quería" me dice emocionado y cayendo en la cuenta de que acaso ese abrazo ya era la despedida.
No es un detalle menor. Haber registrado aquella última aparición pública en la ciudad y, apenas unos días después, estar detrás de la cámara durante su adiós convierte ambas experiencias en dos extremos de una misma historia.
Pablo no necesita exagerar el significado de esa coincidencia. El orgullo profesional aparece en la manera en que recuerda su trabajo y en la conciencia de haber sido parte de un equipo que documenta acontecimientos decisivos para Santa Cruz y para el país.
Él no busca adjudicarse un protagonismo que no le corresponde. Sabe que estuvo allí por su trabajo, por su oficio, por la responsabilidad que asumía como fotógrafo de la prensa institucional. Pero también sabe que no todos tienen la oportunidad de registrar, desde tan cerca, un acontecimiento de semejante dimensión histórica.
Y esa posibilidad tiene un valor que el paso del tiempo no disminuye.

La fotografía que toma el profesional, el encuadre que elige, el instante que decide conservar, todo eso termina integrando un archivo que ya no le pertenece únicamente a quien lo produjo. Forma parte de la memoria colectiva.
Pablo habla de su oficio con la naturalidad de quien lleva muchos años trabajando en él. No se presenta como un héroe ni como alguien que haya buscado deliberadamente estar en los grandes acontecimientos. De hecho, una de las expresiones que utiliza cuando recuerda su trayectoria es «¿Cómo carajos terminé yo acá?».
Su carrera tiene mucho de azar, de oportunidades inesperadas y de una pasión que lo llevó a aceptar trabajos que jamás había imaginado. Pero cuando llega el momento de cumplir con su tarea, la casualidad deja de importar. Lo que cuenta es estar preparado para responder.
En octubre de 2010, esa preparación consiste en mirar de frente una escena que lo conmueve y seguir fotografiando.
Hay otra parte de la historia de Pablo que ayuda a entender de dónde viene esa vocación. El oficio de fotógrafo también lo heredó de su padre, el viejo Elio Rodolfo Mutti, que trabajó como fotógrafo durante la gobernación de Jorge Cepernic, entre el 25 de mayo de 1973 y el 7 de octubre de 1974.
Al recordar aquella etapa, Pablo vuelve sobre una fotografía que pertenece a la memoria política santacruceña: la famosa imagen de Cepernic junto a un helicóptero que el gobernador se resistía a devolverle a Juan Domingo Perón porque le resultaba indispensable para las campañas de invierno. La aeronave permite transportar leña y provisiones hacia las localidades del interior, en una provincia donde las distancias y las condiciones climáticas convierten la logística en un asunto vital.

La fotografía de su padre registra una escena política, pero también una forma de entender el territorio y las necesidades de sus habitantes. Décadas después, Pablo termina trabajando en la misma actividad, aunque por un camino que, según cuenta, nunca había planeado.
«Jamás se me ocurrió laburar en ese lugar. Con el tiempo regresé al país y volví a Gallegos. Estaba sin trabajo y fui a visitar a un amigo a Casa de Gobierno. Era la gestión de Acevedo, en 2005, y justo ese día se habían quedado sin fotógrafo. Mi amigo sabía que siempre amé la profesión y que estaba capacitado para ese lugar. Fui a hacer una visita y salí ya apalabrado: “A partir de ahora vos te quedás acá de fotógrafo”. Andá a buscarte corriendo una cámara digital, me dijeron».
Pablo viene de una época de rollos y negativos. Para regresar al oficio tiene que conseguir una cámara digital, pedir prestada una tarjeta de crédito y comprar su primer equipo.
«Volví a casa y le dije a mi vieja (que en paz descanse): terminé en el mismo laburo que papá. Sin querer, me agarró el karma. Y nada, lo agradezco. A mí me gustó y me sigue encantando el trabajo».
Lo escucho y encuentro una continuidad entre aquella fotografía de Cepernic y las imágenes que Pablo produce décadas después. Cambian las cámaras, los soportes y las circunstancias, pero permanece la misma tarea: registrar lo que sucede para que alguien pueda volver a mirarlo.
Su padre dejó una imagen que quedó asociada a una etapa de la historia santacruceña. Pablo, a su manera, construye su propio archivo de momentos que también terminan incorporándose a la memoria colectiva.
Pero el trabajo de 2010 no está exento de situaciones que ponen a prueba su ética profesional.

Mientras Pablo resguarda las imágenes de la llegada del féretro y de la multitud que acompaña la caravana, recibe correos electrónicos de un antiguo fotógrafo del Gobierno de Santa Cruz que para ese entonces ya trabaja para el diario Clarín, en Buenos Aires. El colega quiere comprarle fotografías de aquella cobertura y llega a ofrecerle dólares por determinados envíos de imágenes, especialmente las más impactantes, con rostros de personas llorando y expresando dolor.
Pavlenka recuerda el episodio como una suerte de asedio a su trabajo. No se trata de una simple consulta por material periodístico: las insistencias y las ofertas económicas lo colocan frente a una decisión que considera incompatible con las condiciones en las que realizó la cobertura.
«Recuerdo que esa persona y yo jamás habíamos hablado, pero de alguna manera que desconozco obtuvo mi correo electrónico y me pedía que le mandara fotos. No le respondí el primer mail y, a los pocos minutos, me escribió de nuevo, ofreciéndome dinero. No recuerdo si eran cien dólares por cada envío de cuatro fotos. Necesitaba caras con mucho llanto, mucho dolor».
Pablo no acepta.
«No accedí porque mi material era por cuenta y orden de la Gobernación. Por una cuestión de ética. Yo no tengo por qué comerciar con ese material. No puedo hacerlo».
La decisión no tiene que ver con negar el valor periodístico de las imágenes ni con desconocer el trabajo de otros medios. Pablo entiende que sus fotografías tienen un interés histórico y que otros profesionales necesitan acceder a ellas para contar lo que sucede. Lo que no acepta es convertir en una operación personal un material producido en el marco de su trabajo institucional.
«En ese momento me sonó a que no le importaba nada de lo que estaba pasando, que lo único que le interesaba era conseguir las imágenes. Tal vez mi estado emocional contaminaba esa percepción. Pero yo tenía claro que no correspondía venderlas».
El episodio también le sirve para volver a concentrarse en su tarea. La propuesta lo devuelve, de alguna manera, a la realidad del trabajo periodístico: mientras él intenta procesar lo que está viendo, hay otros que buscan conseguir las fotografías que mejor representen el acontecimiento.
La cámara registra el dolor, pero ese dolor no es una mercancía que el fotógrafo pueda apropiarse a voluntad. Al menos, no en las condiciones en las que Pablo realiza su trabajo.
Cuando termina la cobertura, quedan las imágenes. Algunas son multitudinarias, otras retratan un gesto mínimo. Unas muestran banderas y flores; otras, rostros que parecen no poder comprender todavía lo que sucede.
Pablo calcula que toma alrededor de trescientas fotografías durante aquellos días, aunque no puede precisar el número. No se trata de producir imágenes en serie, sino de registrar los momentos que considera necesarios para contar lo que está ocurriendo.
«No soy de sacar muchas fotos ni en esa situación siquiera. Tampoco tiene sentido hacer cien fotos de la marea de gente a lo largo de la autovía. Hay una gran cantidad de material que retrata lo que pasaba alrededor. Después, no es que todas sean grandes fotos que cuenten toda la historia en una sola imagen. Es como los ladrillos de una pared: por sí solos pueden resultar indiferentes, pero juntos adquieren un mayor sentido».
Mientras lo escucho, pienso en la distancia que existe entre el acontecimiento y su recuerdo. En 2010, Río Gallegos se convierte en escenario de una despedida multitudinaria. En 2026, las fotografías, los testimonios y las memorias personales permiten volver sobre aquellos días desde una perspectiva que el paso del tiempo modifica, pero no borra.
La muerte de Néstor Kirchner sigue siendo un acontecimiento que divide opiniones, despierta adhesiones y provoca discusiones. Sin embargo, las declaraciones de Pablo me devuelven a una dimensión anterior a cualquier interpretación política: la de una ciudad que se reúne para despedir a uno de los suyos.
No hace falta compartir todas las ideas de una persona para comprender el dolor que provoca su muerte. Tampoco hace falta borrar las diferencias para reconocer que, durante aquellos días, miles de santacruceños encuentran en la despedida una forma de expresar algo que va más allá de la discusión partidaria.
Pablo lo explica a partir de una experiencia personal. Recuerda a un amigo de Junín, de tradición radical, que lo llama después de la muerte de Kirchner y le confiesa que no esperaba sentir tanto dolor.
«Me dijo: “Pablo, estoy mal”. Se había dado cuenta de que le tenía mucho afecto a este pingüino. Y para mí eso fue importante. Hay gente que fue capaz de permitirse el dolor más allá de sus ideas».
No es una conversión política, aclara Pablo. Es algo más elemental: el reconocimiento de un vínculo afectivo que no desaparece porque existan desacuerdos.
Esa reflexión cobra particular importancia cuando pienso en el sentido de recuperar estos testimonios en vísperas de un nuevo aniversario. La memoria no consiste solamente en recordar fechas, cargos, discursos o decisiones de gobierno. También consiste en escuchar a quienes estuvieron presentes y reconstruir, desde sus experiencias, la dimensión humana de los acontecimientos.
Por eso pedaleé hasta el barrio El Faro. Por eso busqué a mi viejo amigo y compañero de prensa institucional. Por eso le pedí que volviera conmigo a aquel octubre de 2010.
No fui en busca de una fotografía. Fui en busca de la historia que hay detrás de ella.
Y mientras la noche termina de cubrir Río Gallegos, entiendo que algunas imágenes permanecen incompletas no porque el fotógrafo haya fallado, sino porque hay experiencias humanas que ninguna cámara puede contener por completo.
Pablo Mutti estuvo allí. Fotografió la llegada del féretro, el dolor de una multitud y la despedida de una ciudad. Diez días antes, también había registrado el último acto de Néstor Kirchner en Río Gallegos.
Su cámara conservó los instantes. Su memoria, en cambio, todavía intenta encontrar las palabras.
Y nosotros, dieciséis años después, seguimos buscando la manera de contar lo que pasó.
Por @_fernandocabrera
Fotos: Pablo Mutti




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