Así te convencen de la reforma laboral
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 1 día
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¿Cómo hacés para convencer a alguien de que algo que lo perjudica, en realidad lo beneficia? No le mostrás el golpe. Le cambiás el nombre. Le ponés perfume. Lo maquillás. Y después lo vendés como si fuera un upgrade.

Porque cuando cambiás cómo se llama algo, cambiás cómo se siente. Y cuando cambiás cómo se siente, cambiás si se resiste… o si se compra en cuotas sin interés.
Y atento aquí, querido lector de "Santa Cruz nuestro lugar" porque a la reforma laboral te la presentan como si fuera una planilla de Excel con patas. Técnica. Neutral. Inevitable. Pero abajo de esa estética prolija hay otra cosa: una pelea por el significado de las palabras.
Durante décadas hubo términos que eran claros: derechos.
Indemnización. Estabilidad. Negociación colectiva.
Herramientas para que la relación entre el que paga y el que necesita cobrar no fuera directamente una pulseada desigual.
Pero de golpe empezaron a llamarlos “privilegios”.
Y listo, magia.
Así, vos, el trabajador registrado ya no sos alguien protegido. Sos alguien que “tiene ventajas”. Casi un vivo bárbaro que logró colarse en el VIP del sistema. Y claro, si es un privilegio… defenderlo suena medio choto. Medio egoísta. Casi como si estuvieras acaparando oxígeno.
Ahí está la jugada.
No se habla de facilitar el despido. Se habla de “dar libertad”.
No se habla de quitar protección. Se habla de “flexibilizar”.
No se habla de recortar. Se habla de “modernizar”.
Modernizar. Como si hasta ayer estuviéramos fichando con una máquina a vapor.
El cambio no es técnico. Es cultural. Te cambian el marco y de repente perder estabilidad parece ganar independencia. Perder respaldo colectivo parece transformarse en “ahora dependés solo de tu mérito”. Suena lindo. Suena limpio. Suena a póster motivacional pegado en una oficina coworking.
Y mientras tanto, lo que antes era una red ahora es “una traba”.
Lo que antes era garantía ahora es “un costo”.
Lo que antes era equilibrio ahora es “rigidez”.
No estoy diciendo qué tenés que pensar. Estoy diciendo que el lenguaje no es inocente.
Si un derecho pasa a ser privilegio, defenderlo deja de ser justicia y empieza a parecer capricho.
Si proteger es “regalar”, entonces garantizar es “castigar al que produce”.
Y cuando esa idea prende, ya no discutís artículos de una ley. Discutís qué es trabajar. Qué es libertad. Qué es justo.
Porque si cambiás la palabra, cambiás la emoción.
Si cambiás la emoción, cambiás la reacción.
El poder no siempre necesita gritar ni prohibir. A veces le alcanza con redefinir. Con repetir. Con instalar. Hasta que un día repetís el concepto sin darte cuenta y lo sentís propio.
Y ahí sí, la reforma ya no te la impusieron.
Te la mandaron con vaselina.
Por @_fernandocabrera




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