Autismo: la historia mal contada empieza con una mujer que nadie nombró
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- 3 abr
- 3 Min. de lectura
Hay historias que no se pierden por casualidad. Se las empuja al costado. Se las tapa. Se las deja en un rincón como si nunca hubieran existido. Y la de Grunya Sukhareva es una de esas.

Porque sí, te vendieron durante años que el autismo arrancaba con Leo Kanner o con Hans Asperger. Los “padres fundadores”, los nombres que quedaron estampados en manuales, congresos y cátedras. Pero la posta es otra: veinte años antes, en 1925, una psiquiatra soviética ya había hecho el laburo fino. Sin marketing, sin lobby, sin ese aparato académico que después decide quién entra en la historia y quién queda afuera.
Sukhareva no solo describió lo que hoy entendemos dentro del Trastorno del Espectro Autista con una precisión quirúrgica, sino que lo hizo desde un lugar que todavía hoy cuesta encontrar: el de la comprensión. No miraba a sus pacientes como “fallados”, ni como piezas raras de laboratorio. Los miraba como pibes y pibas con una forma distinta de habitar el mundo. Y eso, en una época donde lo distinto se patologizaba sin anestesia, era casi revolucionario.
Mientras otros estaban más preocupados por encasillar, etiquetar y, en el peor de los casos, aislar, ella iba para otro lado. Probaba, intervenía, buscaba que esos chicos se integraran a la escuela, a la vida social. No desde la corrección forzada, sino desde el acompañamiento. Laburaba con lo que hoy llamaríamos una mirada de Neurodiversidad, décadas antes de que el término existiera. Una adelantada total. Pero claro, adelantarse demasiado también tiene su precio.
Porque el mundo académico —como casi todos los mundos— no es neutral. Tiene idioma, geopolítica, género. Sukhareva escribía en ruso, era mujer y estaba del lado “equivocado” del mapa en plena efervescencia del siglo XX. Resultado: silencio. O peor, apropiación indirecta. Sus ideas circularon, pero su nombre no. Otros capitalizaron ese conocimiento y quedaron como los pioneros. Ella, a pie de página… cuando aparecía.
¿En qué cambia que lo haya descubierto una mina?
Cambia, y bastante.
Primero, en el enfoque. Sukhareva no se paró desde el “qué le falta” al paciente, sino desde “cómo funciona”. Parece un detalle, pero no lo es: ahí hay una diferencia de paradigma. Mientras después figuras como Leo Kanner y Hans Asperger ordenaron el campo desde una lógica más rígida, más clasificatoria, ella ya estaba viendo algo más amplio, más humano, más cercano a lo que hoy entendemos.
Segundo, cambia en las consecuencias. Si esa mirada más integradora hubiera sido la dominante desde el principio, el recorrido del autismo en la sociedad probablemente habría sido otro. Menos estigma, menos encierro, menos intento de “normalizar” a la fuerza. No es una pavada: estamos hablando de generaciones enteras que fueron leídas desde un lugar más deficitario que comprensivo.
Tercero, cambia en lo que revela del propio sistema. Que su laburo haya sido invisibilizado no es casualidad ni mala suerte. Es estructura. Es quién tiene voz, quién publica, en qué idioma, desde qué lugar del mundo. Y sí, también es género. No porque una mujer sea automáticamente mejor, sino porque históricamente a las mujeres se las escuchó menos, incluso cuando ya tenían la posta en la mano.
Entonces no, no es un dato decorativo decir que fue una mina. Es una clave de lectura. Te explica por qué una mirada adelantada quedó en segundo plano… y por qué tardamos tanto en entender algo que, en el fondo, ya estaba bastante claro hace casi un siglo.
Recién ahora, con el tiempo, se la está empezando a poner en el lugar que corresponde. No como un dato de color, no como “ah, mirá vos”, sino como lo que fue: una pionera posta. Una mina que entendió antes que muchos que el problema no era la diferencia, sino cómo la sociedad la procesa.
Entonces la próxima vez que escuches hablar de autismo y te tiren los nombres de siempre, frená un toque. Corré el foco. Porque en esa historia que te contaron, falta alguien. Y no es un detalle menor: es la base misma del asunto.
Y sí, capaz no te lo dijeron. Pero ahora ya lo sabés.
Por @_fernandocabrera




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