Casa de Gobierno: ¡El panóptico se fue a la mi3rd@!
- Santa Cruz Nuestro Lugar
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Cuando todo se va tan soberanamente al carajo y quedamos empantanados en este mar de promesas de cotillón que se pasaron por el traste, tratar de descifrar de qué carajo se disfraza polÃticamente este gobierno de Claudio Vidal es un lindo dolor de huevos que depende de a qué gil le preguntes. Los aplaudidores de turno y los que le lamen las botas te van a salir con el versito de que el tipo viene del riñón sindical petrolero y que es un "pragmático" que quiere ordenar las cuentas, manejar la provincia como una empresa eficiente y meterle pecho a la crisis nacional distanciándose de los chorros de siempre, justificando que te metan el perro con que "no hay plata" y que hay que ordenar el descontrol. Pero andá a decirle esa tremenda pelotudez a los docentes de ADOSAC o a los vagos de izquierda, que para ellos el signo polÃtico de un gobierno se ve cuando te meten la mano en el bolsillo; para el laburante, este tipo resultó ser el mismo monstruo con distinto collar, un flor de ajustador que te clava paritarias de miseria, te deja las escuelas hechas un nido de ratas y encima te faja con descuentos de sueldo totalmente arbitrarios por parar, criminalizando la protesta cuando las papas queman porque se le fue el barco a la deriva. Y en el medio de este canibalismo quedás vos, quedo yo, queda el ciudadano de a pie que fue a votar con la ilusión de castigar a los feudales de siempre para terminar dándose cuenta, con una bronca que te quema el pecho, de que son todos la misma bosta improvisada que no sabe dónde está parada. Al final del dÃa, la gran contradicción de estos fenómenos que se la dan de salvadores del pueblo y vienen del palo sindical es que, cuando se sientan del otro lado del mostrador a manejar la caja, se transforman en unos tiranos de cuarta que le tiran las migajas a los trabajadores y, cuando todo explota, miran para el costado haciéndose los pelotudos.

Si en este punto el querido lector de 'Santa Cruz nuestro lugar' gusta de meterle una mirada sociológica a este quilombo, este humilde redactor propone dejarnos de joder con la superficie y ver cómo se están rompiendo los hilos invisibles que sostienen a la comunidad local. Porque lo que estamos viendo acá es una crisis de anomia y la quiebra total de la legitimidad institucional, donde el famoso pacto social se transformó en un papel higiénico de tercera marca. El sociólogo francés Émile Durkheim nos dirÃa que cuando las reglas del juego ya no contienen a nadie y las promesas del Estado se vuelven humo, la sociedad entra en una etapa de desorganización donde la violencia y la protesta radicalizada —como prender fuego gomas frente a los ojos del poder— dejan de ser una locura aislada y pasan a ser el único lenguaje disponible para los sectores que se sienten totalmente vulnerados y fuera del sistema.
El drama de fondo acentúa lo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman llamaba la modernidad lÃquida, aplicada a la polÃtica santacruceña: todo lo que antes parecÃa sólido, como la autoridad del Estado o el monopolio de la fuerza, hoy se derrite en un descontrol absoluto. Cuando tenés a los docentes reclamando por el mango y, a tres metros, a la mismÃsima policÃa acampando de civil y en rebeldÃa contra sus propios jefes, lo que se erosiona es la "gubernamentalidad" de la que hablaba Michel Foucault. El Estado ya no disciplina, ya no contiene; el panóptico se fue a la mierda. La fuerza de seguridad, que teóricamente es el brazo armado del Estado para mantener el orden burgués y cuidar la propiedad privada, se cruza de vereda y se autopercibe como clase trabajadora precarizada, dejando al gobierno en una soledad absoluta, desnudo y sin herramientas de mediación.
Vidal construyó su carisma y su poder polÃtico desde una base corporativa y sindical, prometiendo una suerte de comunidad organizada y productiva. Pero al fallar las bases materiales —es decir, al no haber guita para bancar los sueldos—, esa dominación carismática se desploma y deviene en una dominación puramente coercitiva y burocrática que la gente ya no respeta. El fuego en las cubiertas no es solo una agresión fÃsica; es también un hecho simbólico, un ritual de purificación y visibilización de la bronca colectiva frente a una simulación democrática donde las paritarias son una parodia y el diálogo es una puesta en escena. Cuando el de arriba se caga en la palabra empeñada y el de abajo siente que no tiene nada que perder, la calle se convierte en el único espacio real de disputa, y el sálvese quien pueda pasa a ser la única ley vigente.
Por @_fernandocabrera
