Caso Agostina Vega: ¿Por qué a los hombres nos cuesta tanto hablar de este tema?
- Santa Cruz Nuestro Lugar
- hace 22 minutos
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Cuando me enteré del aberrante crimen de Agostina Vega, la nena de 14 años asesinada en Córdoba, me crucé casi de inmediato con un reel de Eial Moldavsky (Sí, el mismo pelotudo que ante cámaras se jactaba de haberse encamado con Lali) . Y lo que me llamó la atención no fue una frase brillante ni una bajada de línea espectacular. Fue, justamente, su incomodidad. Su reconocimiento de que, como varón, no sabía bien cómo carajo intervenir frente a algo tan monstruoso.

Y capaz que ahí está el punto. Porque cada vez que aparece un caso así, una parte enorme de los tipos se queda congelada entre dos reflejos bastante pelotudos: o el silencio absoluto o la necesidad compulsiva de aclarar "yo no soy así". Como si alguien los hubiera acusado personalmente. Como si el centro del debate fueran ellos y no una nena asesinada.
Agostina tenía 14 años. Catorce. La estaban buscando desde hacía una semana cuando encontraron su cuerpo en un descampado de Córdoba. La investigación preliminar habló de asfixia mecánica y extrema violencia. El caso conmocionó al país entero.
Y sin embargo, cada vez que sucede algo parecido, una parte de la conversación pública se desvía hacia cualquier lado. Aparecen los expertos de Facebook, los fiscales de Twitter, los opinólogos profesionales, los que buscan culpar a la víctima, a la madre, al padre, al barrio, a la ropa, al celular, al algoritmo o a cualquier cosa menos mirar de frente el problema.
Porque el problema tiene una dimensión estructural que la sociología y los estudios de género vienen señalando hace décadas: la violencia contra mujeres y niñas no surge de un repollo. No son monstruos que aterrizan de otro planeta. Son hombres socializados dentro de una cultura que todavía sigue premiando formas tóxicas de masculinidad, naturalizando relaciones de poder y minimizando señales de violencia que deberían encender todas las alarmas.
Y acá es donde muchos tipos se ponen nerviosos. Porque escuchar esto no significa que todos los hombres sean asesinos. Eso sería una estupidez. Lo que significa es que la responsabilidad de transformar determinadas conductas también recae sobre nosotros.
No alcanza con decir "yo respeto a las mujeres". Fenómeno. Es el mínimo indispensable. Es como esperar una medalla por no manejar en contramano.
La pregunta heavy y es otra.
¿Cuántas veces escuchaste a un amigo decir una barbaridad y te hiciste el boludo? ¿Cuántas veces viste una situación de hostigamiento y preferiste no meterte? ¿Cuántas veces escuchaste a un compañero controlar obsesivamente a su pareja y lo tomaste como una jodita? ¿Cuántas veces alguien habló de una piba menor de edad como si fuera un objeto y nadie le paró el carro?
Porque la violencia extrema no aparece mágicamente de un día para otro. Hay una cadena previa de naturalizaciones, silencios, complicidades y guiños sociales.
Y eso nos trae directamente a Río Gallegos. Porque si algo tienen las ciudades chicas es que todos sabemos más de lo que decimos. Acá también existen esos machitos maltratadores, manipuladores y pisadores que aprendieron a esconderse detrás de personajes cuidadosamente construidos. Algunos lo hacen detrás de un cargo. Otros detrás de un micrófono. Otros detrás de una sonrisa. Y otros detrás de una guitarra eléctrica (cosa ahora que abunda y muchas pintas los padecen).
Sí, estoy hablando de esos tipos que se cuelgan una viola, se creen poetas del dolor, tiran dos acordes melancólicos y ya se sienten habilitados para venderse como almas sensibles. El personaje del artista sufrido. El romántico incomprendido. El rebelde con causas nobles. El defensor de las libertades.
Pero cuando se apagan los amplificadores y se corre el humo del escenario, muchas veces aparece otra película completamente distinta.
Pero ojo...No todos son así. Ni esto es exclusivo del arte. Sería injusto y falso decirlo. Hay músicos extraordinarios, bandas hermosas, pibas que la rompen arriba y abajo del escenario, artistas comprometidos y gente que construye espacios sanos todos los días.
Pero también existe otro fenómeno.
El tipo que utiliza el prestigio cultural como blindaje moral. El que cree que por escribir canciones ya no tiene nada que revisar. El que supone que la sensibilidad artística lo convierte automáticamente en buena persona.
El que usa el discurso progresista como maquillaje mientras en privado reproduce las mismas prácticas de control, manipulación y violencia que después denuncia en público.
Y no es un fenómeno nuevo. No.
Hace años varios investigadores que trabajan sobre masculinidades vienen señalando cómo ciertos espacios culturales pueden transformarse en ámbitos donde el prestigio simbólico funciona como mecanismo de impunidad. No porque el arte produzca violencia, sino porque el reconocimiento social puede generar zonas de protección donde determinadas conductas dejan de ser cuestionadas.
Dicho en santacruceño básico: hay tipos que usan el talento como paraguas para tapar sus miserias.
Y Río Gallegos conoce perfectamente esa lógica. Está lleno de personajes que todos conocemos. Está lleno de historias que todos escucharon.
Está lleno de rumores que durante años fueron tratados como simples anécdotas.
Y ahí aparece otro problema enorme.
El silencio.Porque muchas veces el problema no es solamente el agresor.
El problema es el ecosistema que lo rodea. El amigo que sabe.
La colega que escuchó algo.
El compañero que vio algo.
El jefe que prefiere mirar para otro lado. El funcionario que no quiere quilombos.
El periodista que decide no publicar.
La institución que protege.
La comunidad que normaliza.
Todos aportando un ladrillo más a la pared del encubrimiento.
Y mientras tanto seguimos escuchando las mismas frases de siempre.
"No te metas."
"Es así desde siempre."
"Ya cambió."
"No hagas quilombo."
"Separá la obra del artista."
"Son problemas privados."
Las pelotas.
Cuando una conducta genera daño sobre otras personas deja de ser un asunto privado.
Y esto no se limita al mundo del rock.
También pasa en talleres culturales.
También pasa en espacios educativos.También pasa en ámbitos deportivos. También pasa en medios de comunicación.También pasa en organizaciones sociales.También pasa en la política.También pasa en profesiones que supuestamente deberían estar asociadas al cuidado.
Hay músicos. Hay actores. Hay comunicadores. Hay docentes.
Hay psicólogos.Hay dirigentes.
Hay referentes sociales. Hay de todo.
Porque el problema nunca fue una profesión.
El problema es la impunidad.
Y si algo debería enseñarnos el horror que produjo el asesinato de Agostina Vega es justamente eso.
Que el silencio no es neutral.
Que mirar para otro lado tiene consecuencias.
Que las mujeres vienen señalando estas dinámicas hace décadas.
Y que los varones no podemos seguir comportándonos como observadores externos de una problemática que también nos interpela.
La propia investigación sobre masculinidades y prevención de violencia de género muestra que trabajar con los hombres es una de las herramientas fundamentales para reducir conductas abusivas y desarmar estereotipos que todavía siguen vigentes entre adolescentes y jóvenes.
Por eso me pareció tan potente aquella incomodidad de Moldavsky.
Porque tal vez el primer paso no sea tener todas las respuestas.Tal vez el primer paso sea aceptar que hay algo que revisar.
Que la poesía no da inmunidad moral.
Que la guitarra no te vuelve mejor persona.Que el feminismo no necesita aplausos masculinos sino compromiso real. Que el arte, cuando deja de cuestionarse a sí mismo, puede transformarse en una coartada perfecta.Porque el arte puede iluminar.Pero también puede tapar.
Puede denunciar. Pero también puede encubrir.Puede abrir preguntas.Pero también puede servir para esconder miserias detrás de una estética cuidadosamente construida.
Y en Río Gallegos, como en cualquier ciudad del mundo, el desafío es exactamente ese: que el arte como tantos otros ámbitos deje de ser guarida para quienes no quieren cambiar. Que los espacios culturales dejen de funcionar como refugio de privilegios disfrazados de sensibilidad. Que el talento deje de ser una excusa. Y si eso incomoda, mejor. Porque generalmente el que se incomoda frente a estas discusiones tiene una oportunidad.
La oportunidad de preguntarse por qué.La oportunidad de revisar qué cosas normalizó.La oportunidad de dejar de ser parte del problema.
Porque mientras algunos siguen preocupados por defender personajes, prestigios o carreras, hay familias enteras destrozadas por violencias que pudieron haberse frenado mucho antes.
Y porque después de Agostina, después de tantas Agostinas, ya no alcanza con decir que uno no es así.
Es hora de demostrarlo.
Para finalizar, querido lector de Santa Cruz nuestro lugar, si sos varón y no sabés cómo carajo pararte frente a temas como este, arrancá por algo básico: no te borrés.
No hace falta que te conviertas en especialista en género ni que salgás a dar cátedra en redes sociales. Hace falta que te importe. Que cuando veas una injusticia no mirés para otro lado. Que cuando escuchés una burrada machista no te rías por compromiso. Que cuando una mujer necesite apoyo no aparezcas recién cuando la tragedia ya ocurrió.
Porque esto no se resuelve con discursos lindos ni con el clásico "yo no soy así". Se resuelve involucrándose, aunque sea incómodo, aunque genere discusiones y aunque obligue a revisar cosas que uno daba por normales.
Después de todo, los violentos no caen del cielo. Viven entre nosotros. Y mientras algunos siguen haciendo silencio, otras y otros siguen pagando las consecuencias.
Por @_fernandocabrera
