Chancho Colorado: el nombre propio del genocidio fueguino
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 56 minutos
- 3 Min. de lectura

Arranquemos con fecha y escena, sin postal turística ni metáforas gastadas. 5 de junio de 1917, Punta Arenas. En una ciudad levantada con guita manchada, aparece muerto Alexander MacLennan, el escocés pelirrojo al que todos conocían como “Chancho Colorado”. Capataz, cazador de indígenas, mano derecha de José Menéndez en Tierra del Fuego. Tenía 45 años y se fue como vivió: solo, borracho y fuera de sí. Dicen que antes de caer convulsionando gritaba: “Ahí vienen… ahí están… ¡los indios!”. Los fantasmas, cuando llegan, no piden permiso.
Y no fue una muerte llorada, eh. Al contrario. En el pobrerío se escuchaba sin culpa: “Reventó, por fin reventó”. Para los de abajo era una especie de justicia tardía. Para los de arriba, un alivio: el tipo ya hablaba de más, se le soltaba la lengua con el alcohol y empezaba a incomodar.
Pero vayamos para atrás, porque nadie nace Chancho Colorado de un día para el otro.
Alexander MacLennan llegó a Tierra del Fuego alrededor de 1886, cuando José Menéndez estaba armando su imperio ovino. El escocés traía currículum: sabía de ganadería lanar, había visto mundo, había sido sargento del ejército británico en Omdurman, bajo las órdenes de Kitchener. Colonias, guerras imperiales, pueblos arrasados: la escuela ya la tenía hecha. Cambió las pizarras húmedas de Escocia por la lógica cruda del Imperio. Y la aprendió rápido.
En esos años, los estancieros alambraron todo. Campo cerrado, negocio en expansión. El problema —para ellos— eran los pueblos originarios, los selk’nam, cazadores pedestres que se movían libremente desde siempre. El guanaco empezó a escasear, quedaba atrapado en los alambrados, y entonces las ovejas pasaron a ser los nuevos “guanacos blancos”. Lógica básica: hambre más alambrado igual conflicto.
Respuesta del poder: armas para los capataces. Y ahí MacLennan se destacó. No por tibio, justamente. Su doctrina era clara y barata: “Para civilizar primero hay que educar; mejor es meterles una bala, se termina enseguida la historia”. Eso decía. Eso hacía. Eso le festejaban.
Así se ganó el apodo. Así pasó a liderar cacerías humanas con aval total de estancieros, comerciantes y nuevos ricos que se llenaban los bolsillos bien lejos de las miserias que habían dejado en Europa. Nadie se escandalizaba. Al contrario: se aplaudía.
Dos episodios lo pintan de cuerpo entero.
El primero: la masacre de la playa de Santo Domingo. MacLennan convenció a cientos de selk’nam de sellar la paz con una fiesta. Promesas, alcohol, familias enteras: mujeres, niños, todos. Más de 300 personas, dicen algunos relatos. Cuando ya estaban mamados y confiados, el Chancho dio la orden. Sus hombres, apostados en las alturas del cabo, dispararon hasta no dejar a nadie vivo. Una matanza planificada.
El segundo lo cuenta Garibaldi, descendiente selk’nam, y es igual de brutal. Cabo Peñas. Marea alta, acantilado, centinelas armados. Los fueron empujando. Al que intentaba escapar, bala. Mujeres y chicos arrinconados contra la piedra. El mar hizo el resto. No hay relato edulcorado posible acá: solo terror organizado.
Y por si quedaba corto, el sistema se profesionalizó. Primero se pagaba por orejas. Cuando aparecieron indígenas vivos pero desorejados, se afinó el método: una libra esterlina por los genitales masculinos y por los pechos de las mujeres. Todo normalizado, bancado por el capital y ejecutado por tipos como MacLennan.
¿Menéndez sabía? Obvio que sabía. No solo sabía: premiaba. Le regaló un reloj grabado como reconocimiento. En 1906, incluso, logró que lo nombraran juez de paz en San Sebastián. Sí: cazador de indígenas convertido en autoridad judicial. Patagonia, 1906. Archivo puro.
Igual, no era invencible. El arquero selk’nam Täpelt, especialista en ajustar cuentas con asesinos blancos, lo eligió como objetivo. Lo encontró cazando personas junto al jefe de policía local. Una flecha atravesó el cuello del policía. Otra se clavó en el hombro del escocés. MacLennan zafó. Tanto que después usó la punta de la flecha como alfiler de corbata, de recuerdo. Nivel de crueldad difícil de procesar.
Pero el cuerpo pasa factura. El alcohol lo fue comiendo vivo. La familia Menéndez lo echó de la estancia: borracho, inservible, peligroso. Terminó con su esposa Bertha en una cabaña miserable, en las afueras de Punta Arenas. Deambulaba por la ciudad entre ataques, delirios y convulsiones. José María Borrero lo describió perfecto: ojos fuera de órbita, gritos, terror puro. No actuaba: veía lo que había hecho.
Cuando murió, nadie lo lloró. Los pobres porque representaba la muerte que mandaban los poderosos. Los poderosos porque el Chancho se había vuelto un problema. “Cuanto menos se sepa, mejor”, dicen que murmuró José Menéndez cuando le avisaron. Silencio empresario.
Así terminó Alexander MacLennan, Chancho Colorado. No fue el único. No fue una excepción. Fue una pieza clave de un sistema que necesitó sangre para hacerse rico y después pidió olvido. Hoy esta columna de "Santa Cruz nuestro lugar" es para él. Mañana, para los otros. Porque la historia no se borra: se cuenta. Aunque incomode. Aunque duela.
Por @_fernandocabrera




Comentarios