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  • Foto del escritorFernando Cabrera

Crónica de una noche en El Canelo: Entre rancheras y reflexiones sobre el amor

En la penumbra de la fría y ventosa noche, las calles del barrio Belgrano cobran vida con un ritmo diferente. Es aquí donde me encuentro, caminando hacia El Canelo, un rincón conocido por su ambiente único y su música en vivo. A pocas cuadras de mi casa, decido aventurarme en solitario, dejando atrás mi ego en busca de una nueva historia que contar.

Al llegar, los porteros escudriñan mi presencia con curiosidad. Con la rapidez de un viejo lobo, evito pagar la entrada presentándome como periodista cultural de "Santa Cruz nuestro lugar".

 

Hoy, el cartel anuncia a los "Charros de Magallanes", un nombre tan paradójico como "Los pingüinos de Cancún".




 

Dentro del local atestado de gente, las miradas se posan sobre mí, un extraño en este ecosistema. Me acomodo en una mesa, pidiendo agua como buen abstemio que soy. La moza, entre risas y murmullos incomprensibles, me atiende con una mezcla de sorpresa y diversión.

 

La música de los "mexicanotes australes" llena el aire, y los bailarines se entregan a las rancheras con pasión. Observo, medio expectante, medio temeroso, preguntándome si la velada terminará con un botellazo en mi cabeza o una pelea en la pista de baile o el escenario.

 

El frío de afuera contrasta con el calor humano de adentro. La cantidad de agua que he bebido me lleva al baño, donde me encuentro con un parroquiano bajito y retacón. "Traje a la bruja. Festejamos 30 años de casados", me comparte con felicidad, en tanto orina. La conversación se torna personal, y me pregunta por mi acompañante. Al revelarle que hace un tiempo me separé, insiste en que busque a mi expareja. "Traigalá que la vida no está hecha para estar solito", me dice.




 

De esa forma, le confieso que me he acostumbrado a la soledad, que "siempre busco compañeras locas e inestables, con problemas para mantener cualquier relación, igual que yo". "Usted es medio boludo", me dice con seriedad. Y es aquí donde le explico mi teoría sobre el amor de locos:

 

"Lo que pasa -le retruco- es que los locos amamos con todo nuestro ser, con una intensidad que desafía la lógica y las normas sociales. Es un amor que se enfoca en el presente, que se entrega sin reservas, que busca compartir la vida en su plenitud porque en cualquier momento podemos morir y no queremos quedarnos filosofando o meditando. Los locos sabemos que toda doctrina, por más sagrada o espiritual que sea, es mente, es pérdida de tiempo."

"El amor de los locos es valiente, auténtico, y quizás, todos llevamos un poco de esa locura cuando amamos de verdad", enfatizo.




 

Mirándome como a un perro verde, el hombre ha dejado de orinar y se ha dirigido al lavabo. Mientras yo me dispongo a usar el mingitorio, él se peina con los dedos mojados. En ese punto reflexiono para mis adentros sobre cómo las personas como él, con sus historias y sabiduría, son afortunados al no ser tan complejos como uno. Sin embargo, aumento mi energía discursiva para no dejarle dudas:

"Los locos amamos como los pobres, con el corazón en la mano, sin nada que ofrecer más que un alma desnuda, con la urgencia que en los locos perdura".

"Los locos amamos sin miedo a perder -prosigo-. Nos tiramos al vacío sin pensar en la caída.

Y las promesas de eternidad que hacemos tienen que ver con un 'ahora' compartido.

 

Amamos sin preocupación por lo que dirán, o por lo que vendrá. Amamos con locura y sin medida porque sabemos que en el amor no hay final, aunque un día el otro se vaya, aunque llegue la despedida..."

 

El hombrecito, sin entenderme, me observa apenado, me da una palmada en el hombro y sale.

 

El resto de la noche en El Canelo transcurre entre melodías y conversaciones, dejando en el aire la esencia de lo que significa amar y vivir apasionadamente. Y yo, en mi papel de observador, me llevo más que una historia; me llevo reafirmada en la consciencia la idea sobre el amor y la locura de vivir; y, sobre todo: a diferencia de cualquier relación amorosa, salgo de ese lugar, sin un solo rasguño.

Por @_fernandocabrera



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