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Denuncia al ginecólogo Sergio Daniel Sesnic por mala praxis: Una muerte que todavía sangra en el silencio de la impunidad

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • 30 mar
  • 3 Min. de lectura

En Río Gallegos hay historias que incomodan porque rompen el pacto tácito del “acá no pasa nada”. La de Celeste Maldonado es una de esas. No es solo la muerte de una docente joven y sana; es la sospecha cada vez más firme de que la dejaron morir. Y peor: de que nadie, hasta ahora, está dispuesto a hacerse cargo.

El 8 de marzo de 2024 Celeste entró al Sanatorio Medisur para una cirugía que le habían vendido como simple, casi de rutina. Una miomectomía, ambulatoria, de esas que no deberían torcer el destino de nadie. Pero lo que empezó como un trámite terminó en tragedia dos días después. Y desde entonces, lo único que abunda es el silencio.


La familia no habla desde la especulación, habla desde la escena cruda que les tocó vivir. “Mi hermana entró por una operación que era simple, estaba bien, no tenía problemas de salud”, cuentan. Y enseguida aparece lo que hiela la sangre: “Después de la cirugía algo salió mal y nadie apareció. El médico que la operó no dio la cara”.


Lo que describen no es una demora menor ni un descuido aislado. Es abandono. “Estuvo casi tres horas en una habitación desangrándose, esperando que la atiendan. Nadie fue”, relatan. La frase cae pesada, sin anestesia. Porque no hay forma de suavizar eso. No hay protocolo que justifique tres horas de sangrado sin intervención.


Recién cuando otra médica, que ni siquiera estaba asignada al caso, la vio por casualidad, se activó una reacción. “Una doctora que estaba de casualidad se dio cuenta de la gravedad y la mandó a terapia intensiva. Ya era tarde”. A las 48 horas, Celeste murió.


Desde entonces, la familia camina un desierto burocrático que indigna. Dos años esperando una pericia de autopsia que nunca llega. Dos años golpeando puertas que no se abren. “Queremos la autopsia para saber qué pasó. Hace dos años que esperamos y nadie nos da una respuesta”, dicen.


Pero el dolor no viene solo. Viene acompañado de bronca. Porque mientras ellos esperan, el médico señalado —el ginecólogo Sergio Daniel Sesnic— sigue atendiendo con normalidad. “La operó y la abandonó. La dejó a la deriva”, denuncian sin rodeos. Y agregan algo todavía más grave: “Hoy vas, sacás turno y sigue ejerciendo como si nada”.


La crítica ya no apunta solo a una persona. Apunta a un sistema que, según la familia, eligió mirar para otro lado. “Nadie en la clínica nos dio una explicación. Nadie se comunicó con nosotros. Nadie se hizo cargo”, aseguran. Y la acusación escala: “La clínica también es responsable, porque lo siguen sosteniendo”.


En el medio, aparecen organismos que deberían controlar y no lo hacen. Ministerio, colegio médico, justicia. Todos señalados por la misma palabra: ausencia. “Fuimos a todos lados y nadie respondió. Nadie nos atiende. Nadie da la cara”, repiten.


Entonces la discusión deja de ser técnica y pasa a ser moral. Porque si lo que dicen es cierto —y nadie lo desmiente con pruebas concretas— no estamos frente a un error médico inevitable. Estamos frente a una cadena de negligencias que terminó en muerte.


Y hay algo más que duele todavía más: la sensación de que esto no es un caso aislado. “Hay antecedentes, hay otros casos que se van a conocer”, advierten. Si eso se confirma, el problema ya no es individual. Es estructural.


Mientras tanto, la ciudad sigue girando como si nada. Pero hay una familia que todos los días se levanta con la misma pregunta clavada: qué pasó realmente en esas horas en las que Celeste se desangraba y nadie apareció.


“Mi hermana tenía derecho a vivir”, dicen. Y no es una frase hecha. Es el núcleo de todo.


Porque cuando alguien entra a una clínica caminando y sale en un cajón, la explicación no puede tardar dos años. Y mucho menos puede no llegar nunca.


Acá no alcanza con promesas ni con tiempos judiciales que se estiran hasta volverse obscenos. Acá hay una responsabilidad que alguien tiene que asumir.


Porque si nadie responde por Celeste, el mensaje es claro y brutal: en Río Gallegos, la impunidad también atiende con turno.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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