Depresión y suicidio: cuando el sur también te come la cabeza
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- 26 may
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Acá, en la Patagonia, se habla del petróleo, del viento, del frío, de Vaca Muerta, de las regalías, de la nieve y del turismo. Pero casi nunca se habla del bocho quemado de la gente.

Y no, no es verso “progre”, ni chamuyo de Twitter, ni una moda importada de Palermo. Los números están ahí.
Argentina registró más de cuatro mil suicidios en 2023, una cifra que viene creciendo y que ya convirtió al suicidio en una de las principales causas de muerte violenta del país.
En varias provincias patagónicas, además, las tasas suelen ubicarse históricamente por encima de la media nacional. Y aunque muchos posteos virales mezclan datos tirados así nomás, sin citar de dónde salen, el fenómeno de fondo es real: hay un deterioro emocional cada vez más visible en el sur argentino.
Porque vivir aquí en la Patagonia no es solamente subir fotitos de montañas con mate y camperita North Face para juntar likes. También es bancarse inviernos larguísimos, aislamiento, pueblos donde no pasa un carajo y laburos que te mastican la cabeza.
El clima pesa. Eso está estudiado. La falta de luz solar durante buena parte del invierno puede alterar la regulación de serotonina y melatonina, vinculadas al sueño, el ánimo y la energía. Por eso existen investigaciones sobre trastorno afectivo estacional y programas de suplementación de vitamina D en provincias australes como Tierra del Fuego.
Pero reducir todo a “el viento deprime” sería medio falopa. La verdadera bomba está en otra parte: el laburo.
Argentina tiene niveles delirantes de agotamiento laboral. Un informe regional de Bumeran mostró que el 91% de los trabajadores argentinos se siente “quemado” o atravesado por burnout.
¡Noventa y uno por ciento!
¡Una locura!
Y si eso ya pasa en oficinas de Capital Federal, imaginá lo que significa en industrias extractivas donde la lógica es “metele doce horas, aguantá y no rompás las bolas”.
En muchos sectores petroleros, mineros y de campamento, el esquema es aislamiento, turnos rotativos, dormir mal, vivir lejos de tu familia y sostener ritmos físicos y mentales recontra pasados de rosca. Eso termina generando estrés crónico, ansiedad, depresión y consumo problemático de alcohol. No hace falta romantizar al “hombre duro del sur”: hay una cantidad enorme de gente detonada emocionalmente tratando de sobrevivir como pueden.
Y encima aparece otra capa: la precarización. Porque mientras te venden el cuento de la productividad infinita y el “si querés podés”, la gente vive con miedo a quedarse sin laburo, haciendo changas, multiplicando trabajos o aceptando condiciones cada vez peores para llegar a fin de mes. El mercado laboral argentino está cada vez más roto, más flexible para las empresas y más asfixiante para el trabajador común.
Después nos sorprendemos cuando explota la salud mental. Y ojo: este quilombo no empezó ayer. Hay estudios históricos y antropológicos que muestran que los problemas sanitarios y psicológicos en la Patagonia vienen atravesados desde la propia conquista del territorio y el exterminio cultural de pueblos originarios.
Investigaciones del CONICET sobre epidemias en Pampa, Patagonia y Tierra del Fuego muestran cómo la colonización destruyó poblaciones indígenas enteras mediante enfermedades traídas por europeos —viruela, tuberculosis, sarampión, gripe— combinadas con hambre, desplazamiento forzado y violencia estatal.
En Tierra del Fuego, por ejemplo, pueblos como los selk’nam y yámanas sufrieron colapsos demográficos brutales después del avance colonial, las misiones religiosas y la expansión ganadera. Y no fue solamente una cuestión biológica: también se rompieron vínculos comunitarios, formas de vida y relaciones espirituales con el territorio.
Hoy muchos investigadores hablan directamente de trauma histórico e intergeneracional. O sea: heridas sociales que pasan de generación en generación.
Porque cuando durante décadas te expulsan de tu propia tierra, te persiguen, te obligan a abandonar tu cultura o te convierten en un “problema” para el Estado, eso deja marcas. Y esas marcas también aparecen después en alcoholismo, depresión, violencia, aislamiento y suicidio. Pero claro, de eso casi no se habla.
La Patagonia vende épica. El viento, la soledad, el sacrificio, el tipo curtido que se banca todo sin llorar. El problema es que abajo de esa postal hay mucha gente cansada, sola y emocionalmente hecha verga
Y quizá el verdadero drama sea ese: que todavía seguimos creyendo que admitirlo es una señal de debilidad, cuando en realidad el silencio ya se volvió parte de la enfermedad.
*¿Y los vende humo?*
Bue...Y como si fuera poco, en medio de todo este quilombo, aparece otro cada vez más visible y que no ayuda una mierda: mucha gente termina refugiándose en terapias alternativas sin respaldo científico porque directamente perdió la confianza en parte del sistema profesional tradicional. Ahí entran desde constelaciones familiares hasta pseudoterapias energéticas, coaching emocional falopa o gurúes del “sanar vibrando alto” que prometen arreglar traumas profundos con fórmulas mágicas. Y ojo: el problema no nace solamente de la ignorancia. También nace de la decepción. Porque una cosa es tener título colgado en la pared y otra muy distinta ejercer con ética, humanidad y responsabilidad. En ciudades chicas como Río Gallegos —donde somos pocos y nos conocemos demasiado— eso se vuelve todavía más evidente. En Río Gallegos circulan hace años historias de profesionales cuestionados, destratos, manejos poco claros y hasta especialistas de reputación muy dudosa ocupando lugares sensibles en equipos de abordaje psicológico y social. Entonces mucha gente queda atrapada entre dos extremos igual de peligrosos: un sistema de salud mental deteriorado y burocrático, o vendedores de humo que convierten el sufrimiento ajeno en negocio espiritual. Y mientras tanto, el vacío sigue creciendo.
Por @_fernandocabrera




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