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Desaparecidos en Santa Cruz

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • hace 2 minutos
  • 3 Min. de lectura

Hay frases que se repiten tanto que terminan sonando a verdad. Acá, en el sur, una de las más instaladas es esa de “acá no pasó nada”. Como si la distancia con Buenos Aires hubiera sido una especie de escudo moral. Como si el frío, el viento y la lejanía hubieran anestesiado la historia. Pero no. No fue así. Y cada vez que alguien se toma el trabajo de rascar un poco, aparece lo que durante años se quiso dejar tapado.

En ese punto entra el laburo de Ricardo Villagra, nacido en Río Gallegos, que decidió hacer algo bastante simple en apariencia, pero tremendamente incómodo en la práctica: juntar nombres, historias y datos sobre desaparecidos vinculados a Santa Cruz durante la dictadura. Así nació el blog “Desaparecidos Santa Cruz”. No como un gesto épico ni como una bajada de línea, sino como una necesidad concreta: entender qué había pasado realmente en este rincón del país donde muchos todavía repiten que no pasó nada.


Y claro, cuando empezó a buscar, se encontró con lo que suele pasar en estos casos: información dispersa, datos cruzados, errores, confusión. Listas armadas desde otros lugares, nombres mal ubicados, historias incompletas. Entonces el trabajo dejó de ser solo recopilar y pasó a ser filtrar, contrastar, verificar. Laburo fino, paciente, casi obsesivo. Porque en estos temas no alcanza con repetir: hay que sostener lo que se dice.


El problema de fondo es otro, más estructural: la historia argentina reciente siempre se contó con el foco puesto en los grandes centros urbanos. Lo que pasaba en el interior quedaba como un apéndice, una nota al pie. Y en ese esquema, provincias como Santa Cruz quedaron medio borradas del mapa narrativo. Entonces el vacío no es casual: es consecuencia de cómo se construyó el relato durante años.


Pero ese vacío no significa que no haya pasado nada. Al contrario. Hubo presencia fuerte de fuerzas armadas, hubo circulación de gente vinculada a la represión, hubo vecinos que formaron parte del aparato del Proceso y que después siguieron siendo figuras públicas como si nada. Hubo detenciones, hubo persecución, hubo historias que quedaron dando vueltas en voz baja, como secretos a media voz que nunca terminaban de salir.


Villagra lo entendió de pibe, cuando en la escuela preguntaba y nadie le sabía responder con claridad. Todo era difuso, impreciso, como si la memoria estuviera desordenada o, peor, incompleta a propósito. Y ahí aparece algo clave: cuando no hay información, crece el mito. Y el mito de “acá no pasó nada” es cómodo, porque te exime de revisar, de incomodarte, de mirar de frente.


El blog, que arrancó chiquito, terminó teniendo peso. Incluso fue citado cuando se puso en duda públicamente la existencia de desaparecidos en la provincia. Ahí dejó de ser solo un espacio de memoria para transformarse también en una herramienta de discusión. Porque cuando alguien dice “no hubo”, lo más fuerte que podés hacer es mostrar nombres, historias, pruebas.


Y cuando te metés en esas historias, ya no hay distancia posible. Aparece la crudeza. Casos como el de María Inés Uhalde, con relatos de torturas que te dejan helado, que te sacan cualquier romanticismo o teoría liviana. Ahí entendés que no importa si fue en una gran ciudad o en un pueblo chico: la lógica del horror fue la misma.


A nivel país hubo avances, juicios, condenas, reconstrucciones. Pero a nivel local todavía hay una deuda. Se hicieron homenajes, sí, pero parciales. Se nombran algunos casos, pero no todos. En las escuelas el tema sigue siendo medio superficial. Y lo más preocupante: todavía hay gente convencida de que acá no pasó nada.


Por eso el valor de este tipo de proyectos no está solo en el archivo, sino en la incomodidad que generan. En obligarte a mirar donde no querías mirar. En correrte de la comodidad del relato fácil. Porque la memoria no es un acto automático: es una decisión.


Y en ese sentido, el laburo sigue abierto. Porque todavía falta información, faltan testimonios, faltan voces. La historia no está cerrada. Y quizás lo más honesto que se puede hacer hoy es eso: seguir preguntando, seguir buscando, seguir armando un mapa más completo de lo que pasó.


Para todo aquel que quiera meterse, leer, chequear y sacar sus propias conclusiones, el blog sigue disponible y abierto:


Porque si algo queda claro después de todo esto es que el problema nunca fue la falta de hechos. El problema fue —y en parte sigue siendo— la falta de ganas de verlos.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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