Diego Torres pintó nuestro frío de color esperanza
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- 17 dic 2025
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Son las 19.30 de un martes 16 en Río Gallegos y el viento sopla como la mierda. No hay metáfora posible: es ese viento atravesado, mala leche, ese viento que te culea y te acomoda las ideas a los empujones. Mi plan como cronista de Santa Cruz nuestro lugar es simple, casi ingenuo: hacer una cobertura tranqui del escenario mayor, sin épica forzada, sin exagerar nada. Que pase lo que tenga que pasar.

Primero me guarezco un rato en el galpón de la Sociedad Rural. Ahí adentro el humo de los stands de comida arma una niebla tibia, grasosa, amable. Choripanes, hamburguesas, frituras varias. La gente charla, se ríe, se pasa el vaso. Afuera el viento no afloja ni un segundo, sigue soplando como si tuviera algo personal con nosotros. Espero un poco, pero ya está: me mando igual.
Cuando llego al escenario, algo cambia. El viento y el frío se me disipan en el cuerpo, no porque aflojen, sino porque quedo atrapado en una modesta turba apretada al pie del escenario. No somos miles todavía, pero somos los suficientes. Los que estamos celebramos y coreamos los clásicos de The Beatles versionados en vivo por Caloventores. Cantamos como si no hubiera viento, como si no estuviéramos en la Patagonia profunda, como si Liverpool quedara a la vuelta de la esquina.
Después salen The Rockets y el viaje es directo a los 80 y 90. Hits sin culpa, estribillos que todos sabemos aunque juremos que no. La gente se suelta un poco más, aparecen los primeros saltos, los primeros abrazos entre desconocidos.
Al cabo de ese reci, el movimiento atrás del escenario avisa lo que viene. Llegan los músicos del tan esperado Diego Torres, enchufan equipos, prueban sonido. El viento, la ansiedad y la gente que empieza a copar el predio del Boxing Club apuran todo. Yo, mientras tanto, me acerco al dispositivo de seguridad, muestro mi acreditación y paso al corralito de prensa. Sin vueltas, sin drama.
Desde ahí lo veo aparecer a los pocos minutos: el mismísimo Diego Torres. Y estalla todo. El público explota con esos viejos éxitos que no envejecen nunca. Cantan todos: los rockeros más duros, los metaleros de campera negra, los de oído fino y los que simplemente vienen a pasarla bien. Ahí entiendo —y me lo digo— el poder del pop bien llevado a lo largo de tantos años de carrera.
Pero lo que más me sorprende, posta, es el equipo que trae. Una banda y un staff técnico de la hostia. Y entre ellos aparece Magalí Bachor, una leyenda silenciosa de la música argentina. Para el que no la tenga: Bachor es una de esas voces que marcaron época desde los 90, corista y partenaire de gigantes, con una carrera sólida, elegante, sin estridencias, pero con un peso artístico enorme. Y acá se luce como pocas, firme, precisa, con una autoridad que no necesita levantar la voz.
A su lado —y acá es donde se me rompe el cráneo como melómano— descubro a Felipe Herrera, líder y vocalista de Cindy Cats, una banda que por estos días vengo escuchando fuerte en Spotify. Los Cindy Cats son parte de esa camada nueva del mainstream nacional que mezcla groove, soul, funk y pop con oficio y personalidad. No vienen a copiar nada: vienen a ocupar un lugar. Y lo están haciendo.
Diego, entre tema y tema, no para de dialogar con el público. Hay chistes, guiños, bromas constantes. Desde abajo le ceban mates que él acepta agradecido, cebados por manos anónimas. Cuenta, entre risas, que hace 30 años que no visitaba Río Gallegos. Treinta años, pienso. Treinta años, me repito, mientras el show avanza y no afloja. Y no puedo evitar pensar en Lolita Torres, su mamá, en sus 50 años de trayectoria y vigencia, en esa herencia artística que sigue girando, todavía viva.
El recital termina, la gente se va desarmando de a poco y el viento vuelve a ser viento. Recién cuando llego a casa y estoy en el sobre, abajo de las sábanas calentitas, me digo: “¿Qué frío? ¿Qué viento? Yo no sentí nada”. Y así me duermo. A las cinco de la mañana me levanto y escribo esta crónica nada más para recordarle a nuestros lectores que eventos de esta magnitud es lo que siempre nos merecemos. Aún cuando unos pocos arguyen que no hay guita y menos para tirarla en la cultura, ese alimento para el alma.
Por @_fernandocabrera




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