El aguante de las minas en las marchas contra el gobierno de Claudio Vidal
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- 16 may
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Mirá, querido lector de Santa Cruz nuestro lugar: te voy a contar algo que me parte el cráneo cada vez que cubro las marchas del frente sindical en Santa Cruz, contra el gobierno de Vidal, alineado con Milei: las minas siempre, pero siempre, están presentes al frente de la lucha. Sí, ya sé, muchos te quieren vender la historia como si la pelearan solo los chabones con remera y bandera, pero acá, en nuestra provincia, las minas son las que siempre ponen el pecho.

Y te digo esto porque, viste, cuando uno cubre periodísticamente las marchas, las ve a ellas: la que va con el pibe en el cochecito, la que se banca la casa pero no se baja de la calle, la delegada que discute con los jefes mientras la guita se evapora. Y eso, loco, es pura fibra, es puro aguante de las pibas, que nunca les regalaron nada.
Mirá, esto tiene un perfil histórico: acordate de Pilar Martínez: la española que, en enero del '19, le metió una patada en las pelotas a un sargento en Río Gallegos. Una escena que te vuela la cabeza, chabón. Mientras la cana reprimía, ella, viuda, con tres bendis, les gritaba: “de acá no nos movemos, vamos a liberar a nuestros compañeros”. Esa bronca, esa rabia, es la misma que hoy se siente en las calles cuando las minas se plantan contra el ajuste, contra la precarización.
Y acordate también de Clara Labat, compañera de Albino Argüelles, ese herrero y dirigente obrero fusilado en Puerto San Julián en 1921, en plena Patagonia Trágica. La mina había quedado en Buenos Aires, embarazada, mientras él bajaba al sur a organizar peones rurales y pelear por condiciones más dignas. Terminó criando sola a su hija y durante años fue al puerto porteño a esperar noticias, mirando bajar gente de los barcos con la ilusión de verlo aparecer entre presos o deportados. Pero nunca volvió. Ya lo habían fusilado los milicos. Y ahí hay algo recontra fuerte de nuestra historia: muchas veces las mujeres no solo pelearon en la calle, también tuvieron que bancarse el duelo, el abandono y el silencio brutal que dejaba la represión. Y hoy, cuando las pibas se juntan a pelear por sus laburos y sus derechos, hay un pedazo de esa memoria dando vueltas. Porque en cada lucha, siempre están las minas, sosteniendo, aguantando, sin pedir aplausos ni likes. Es así. Y sin romantizarte nada, las minas son la posta. Y esta historia, como la Patagonia, es de ellas.
Ahora bien, si nos ponemos a escarbar en serio, lo que pasa es que las minas, desde siempre, fueron las que bancaron las estructuras más invisibles de toda comunidad. Sociológicamente, siempre ocuparon un lugar de soporte, pero eso no es un capricho ni una casualidad.
Lo que señalaré a continuación puede sonar recontra machista, pero no es lo que busco: hay un patrón que viene de la antropología, donde las mujeres, al estar más ligadas a la crianza, al cuidado, a la organización cotidiana, desarrollaron una capacidad de resistencia que va más allá de las pancartas. Es decir, ellas son las que sostienen la red, las que no aflojan cuando la cosa se pone jodida.
Históricamente, siempre se las empujó a un lugar relegado, a ser la que aguanta, la que no se ve. Pero desde una mirada antropológica, eso también generó una sabiduría colectiva. Las mujeres, al estar en la periferia del poder, muchas veces vieron antes las crisis, las injusticias, y se armaron. Entonces, ese rol histórico no es cualquier boludez: es una respuesta a siglos de opresión, donde las minas se convirtieron en las que tejen los puentes entre la dignidad y la rebeldía. Y hoy, más que nunca, en las marchas contra el gobierno de Claudio Vidal, puedo ver que a la batuta la llevan ellas, porque saben que sin ellas, no hay cambio posible.
Por @_fernandocabrera




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