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El día que Río Gallegos casi tuvo un cabaret para mujeres

Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
Santa Cruz Nuestro Lugar
hace 1 hora
3 min de lectura

Corría septiembre de 2014 y en Río Gallegos (¿cuándo no?) había rosca política de la buena. En medio de un clima picante, donde el Concejo Deliberante y la Subsecretaría de la Mujer venían metiendo pata a fondo para erradicar whiskerías y cabarets tras la bisagra histórica que fue el cierre de "Las Casitas", de repente estalló una bomba en Facebook: la apertura de “Amor Mío”, un boliche pensado 100% para la tribuna femenina.

Ubicado allá por la zona de la Laguna María La Gorda, en la esquina de Germán Vidal y Ladvocat, el boliche tiró toda la carne al asador con una promesa picante: mozos con la bandeja en alto, música al taco y, el plato fuerte de la noche, un show de strippers descamisados listos para hacer delirar a las pibas. La iniciativa levantó un revuelo bárbaro entre las riogalleguenses que ya armaban las previas en sus casas con sus amigas para ir a meter baile y noche de chicas.


Pero la alegría duró lo que un pedo en una canasta. La movida cayó como un balde de agua helada en el Concejo Deliberante. Ediles de todos los colores —con la peronista Rosana Larcher y el radical Pablo "Pato" Fadul a la cabeza— se pusieron como locos y salieron a cruzar la iniciativa de plano. Alegaron que, en plena batalla contra la trata de personas y con las ordenanzas firmes contra la noche turbia, no se podía abrir un "cabaret para mujeres" así como si nada.


Mapearon los papeles en un pestañeo y mandaron un pedido de informes urgente al municipio. La bajada de línea fue cortita y al pie: el boliche solo figuraba en los papeles como "bar convencional". Sin vaselina, les avisaron a los dueños que si a algún fornido se le ocurría tirarse un paso o sacarse la remera arriba del escenario, la clausura iba a caer más rápido que la escarcha en invierno.


A los organizadores no les quedó otra que recular en chancletas. El tan mentado show de strippers se pinchó del todo y "Amor Mío" no tuvo más remedio que debutar de entrecasa: sirviendo tragos, poniendo musiquita y operando estricta y aburridamente como un bar más del montón.


Ahora bien, llegado este punto de esta humilde columna, será saludable que el buen lector de "Santa Cruz nuestro lugar" observe que este fenómeno no dejaba de ser un verdadero cachetazo al machismo de entrecasa y un síntoma social fascinante de la época. En una comunidad con escala de "pueblo chico" pero con una dinámica urbana atravesada por culebrones de parejas, maridos enganchados in fraganti y una cultura del secretismo institucionalizada, el proyecto operaba como una grieta en el pacto implícito de la doble moral santacruceña. Durante décadas, el deseo y la nocturnidad masculina contaron con una infraestructura tolerada —desde las históricas "Casitas" hasta una llamativa densidad de moteles por metro cuadrado que funcionaban como las verdaderas catedrales del sesgo patriarcal—, donde la clandestinidad de ellos se daba por sentada y el recato de ellas se exigía por defecto.


Desde una lectura más analítica, la irrupción de “Amor Mío” intentó disputar el monopolio del consumo del cuerpo y del ocio erótico. No se trataba únicamente de un show de strippers, sino de una reapropiación del espacio público para el goce femenino, donde el rol de la mujer mutaba drásticamente: dejaba de ser el objeto contemplado para asumir el papel de sujeto activo que consume, mira y celebra colectivamente. Al habilitar la previa y el "noche de chicas" sin la mediación del mandato familiar ni la mirada sancionadora del varón, la propuesta desnudaba una tensión estructural.


La virulenta respuesta de la política institucional —que apeló apresuradamente a la figura del "cabaret" y al fantasma de la trata— reveló cómo la burocracia local reaccionó con pánico moral cuando las categorías normativas de género se invirtieron. El sistema podía procesar la erradicación del comercio sexual tradicional bajo una agenda de derechos, pero le resultaba inasimilable que la demanda erótica partiera del público femenino en pleno centro urbano. La cancelación del espectáculo no fue entonces solo un tecnicismo administrativo sobre habilitaciones comerciales, sino un mecanismo de disciplinamiento social destinado a clausurar un antecedente incómodo y a restaurar el statu quo del deseo en la Patagonia profunda.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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