El fenómeno de las frutinovalelas
- Santa Cruz Nuestro Lugar
- hace 16 minutos
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Hay algo rarísimo —y al mismo tiempo hipnótico— pasando en ese rincón medio turbio pero adictivo de internet donde una banana le mete los cuernos a una cereza, la historia escala a niveles ridículos y terminás con un bebé que parece un ananá. Sí, suena a delirio, pero no: es el nuevo vicio colectivo. Las historias más vistas ya no tienen influencers, ni actores, ni gente real. Son frutas viviendo dramas dignos de telenovela mexicana pero con esteroides digitales. Bienvenido al universo de las “frutinovelas”, empujadas a fondo por eso que algunos llaman slope AI: contenido que no pide permiso, te engancha y te arrastra.

¿Y qué chucha tienen estas historias que no podamos soltar? Fácil: están hechas con la fórmula más vieja del mundo, pero tuneada para el algoritmo. Conflicto emocional al palo, exageración sin filtro y personajes que, aunque sean una pera o una uva, te hacen decir “uh, esto ya lo vi en la vida real”. No inventaron nada… pero lo hicieron más adictivo. Es como ese plato medio berreta que sabés que no te hace bien, pero igual repetís.
Acá entra un concepto clave: el refuerzo variable. Traducido a lo criollo, nunca sabés con qué locura te van a salir. Un capítulo estás viendo a Teresita —ponele— viviendo como reina, y al siguiente está en la lona porque el hijo salió “del color incorrecto”, la echan, queda en la calle y todo se va al carajo. Un sube y baja emocional que no te da respiro. Y como no hay lógica, tampoco hay límite. Todo puede pasar. Literal.
Ahora, ¿por qué frutas? Porque ahí está el truco maestro. Al no haber humanos, el cerebro afloja. Lo que sería tremendo si lo actuaran personas, con frutas se vuelve “mirable”. Es como si la crueldad viniera con filtro de dibujito. Eso en psicología tiene nombre: desconexión moral. Sabés que está mal… pero no te pega igual. Entonces seguís mirando. Y el algoritmo, chocho.
Encima, estos personajes están en ese punto incómodo entre lo expresivo y lo artificial —lo que se conoce como el “valle inquietante”—: tienen gestos, emociones, drama… pero no terminan de ser reales. Y ahí quedás, enganchado como un boludo, mirando cómo una mandarina le arruina la vida a otra.
Y ojo, porque no todo es joda. Si rascás un poco, aparecen los mismos vicios de siempre: roles repetidos, cuerpos juzgados, minas puestas a competir, humillaciones que no son accidente sino el motor de la historia. La que “vale”, la que “no vale”, la que accede, la que queda afuera. Viejo como la tele… pero ahora en versión fruta HD.
Lo más incómodo de todo no es que existan estas cosas. Es que funcionan. Y funcionan porque las dejamos correr. Cada vez que mirás uno sin cortarlo, el sistema aprende: “esto gusta, metele más”. Entonces lo que parecía una boludez pasajera empieza a colonizar todo. Más extremo, más rápido, más absurdo.
Y vos ahí, scrolleando, viendo cómo una sandía llora desconsolada porque la engañaron con un kiwi.
Ahora, querido lector de Santa Cruz nuestro lugar, no te hagás el distraído. El día que aparezca una historia con fruto de El Calafate o con las cerezas de Los Antiguos, bien metidas en un drama tóxico de esos… te quiero ver. Vas a decir “nah, esto ya es personal”, pero te vas a quedar mirando igual.
Por @_fernandocabrera
