top of page

El Lupo y el barro de donde todos venimos

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • hace 4 minutos
  • 4 min de lectura

Antes de hincarle el diente a la lectura de esta columna, le pido al querido lector de "Santa Cruz nuestro lugar" un favor fundamental: despójese por un momento de todo prejuicio moralista e ideológico. Acérquese a estas líneas sin el dedito levantado, con la guardia baja y la mente limpia, para poder asomarnos sin filtros a la compleja y encandiladora naturaleza humana.

Las declaraciones que el exintendente Marcelo Cepernic hizo días atrás en Liebre TV tiran del hilo de una historia que pega directo en el pecho. Cepernic desempolvó una escena clave en los pasillos del Colegio Nacional de Río Gallegos: cuando un joven Néstor Kirchner evaluaba si orientarse hacia el magisterio, la rectora de entonces lo expuso públicamente por su seseo y sus dificultades de habla, sentenciando con saña que «alguien con ese defecto no podía ser maestro». Una humillación gratuita, un descanso cruel. Pero ahí se cocina la paradojal encrucijada: la discriminación no lo congeló. Al contrario, le armó una piel de chancho para lo que venía, lo empujó a estudiar Derecho y terminó metiéndolo en el sillón de Rivadavia.


De hecho, ese mote que lo acompañaría toda la vida, "Lupo", no nació de la nada: le venía de Lúpin, el recordado personaje de la historieta humorística de aviación creada por Guillermo Guerrero y Héctor Sídoli. Un apodo marcado por la caricatura de sus rasgos física y gestualmente expuestos, pero que terminaría reconfigurado como la mismísima marca de su identidad política.


Vale meter un freno de mano para que no haya malos entendidos: esto no es una apología del bullying. El acoso escolar es una porquería que rompe pibes y deja marcas indelebles. Sin embargo, hay que tener la honestidad intelectual de mirar para atrás: lo que hoy conceptualizamos con el término anglosajón "bullying", en otra época estaba absolutamente naturalizado, asimilado como parte del folclore casi "inevitable" de la crianza de cualquier pibe. ¿Quién de los que peina canas —o los que no— en esta provincia no sufrió un descanso encarnizado, o quién no fue, en algún arranque de crueldad infantil, el verdugo de otro? Esa pulsión violenta y de dominación anida en las capas más profundas del ser humano desde que el mundo es mundo.


No lo justifico ni un tramo, desde ya. A modo de ejemplo doloroso: este humilde redactor tuvo la oportunidad histórica de entrevistar en vida a la consagradísima escritora Liliana Bodoc en alguna visita a la Feria del Libro de Río Gallegos. En aquella charla profunda, ella confesó la cicatriz indeleble de también haber sido humillada brutalmente en la escuela por su propia maestra. La docente la hizo pasar al frente, le levantó el pantalón para mostrarle a toda la clase cómo llevaba el tobillo sucio, buscando la risa burlona de los compañeros. Todos se rieron y la expusieron al escarnio, sin que nadie en ese aula —ni la maestra ni los alumnos— supiera la triste realidad de que la piba no tenía a nadie en su casa que cuidara de ella. En ese mismo instante en que su propia docente la humillaba, Liliana supo y entendió que esa maestra la estaba marcando y poniendo en un lugar para siempre.


Analizado desde el devenir humano, el sufrimiento actúa muchas veces como un catalizador impensado. El pibe expuesto al rechazo aprende a la fuerza a descifrar el mapa del poder, a leer de reojo las debilidades ajenas y a forjar un carácter defensivo que el pibe criado entre algodones jamás desarrolla. La hostilidad te obliga a rearmarte o a desaparecer.


Acá es donde la psicología social argentina de Enrique Pichon-Rivière nos da la clave de lectura: Kirchner fue, antes que nada, un emergente social. Para Pichon, un emergente no cae en un paracaídas ni sale de la nada. Es el hecho o el individuo que hace visible lo implícito, sacando a la luz las tensiones, los deseos reprimidos y las angustias de una comunidad.


El surgimiento de un emergente ocurre en el cruce exacto de dos ejes: la verticalidad (la historia singular del tipo: el bullying, la estigmatización en la Patagonia, el estrabismo, la obsesión por el poder) y la horizontalidad (el proceso colectivo: el colapso del 2001, el "que se vayan todos" y la necesidad de un liderazgo fuerte tras la disolución de la autoridad). Kirchner funcionó como el portavoz de esa masa golpeada; no "inventó" el escenario, sino que su biografía herida encajó de manera quirúrgica en las demandas de una sociedad rota. El defecto que en el colegio usaron para postergarlo ("no puede ser maestro") lo resignificó como la marca de agua del tipo común, imperfecto, lejos de las élites solemnes que habían llevado al país al desastre.


Con un amigo solemos repetir una frase gráfica: el hongo no sale solo, sale porque hay un ecosistema que lo favorece e inconscientemente lo cultiva. En el fondo del inconsciente colectivo, la sociedad va acumulando rabia, violencia y frustración. Cuando eso madura, la masa termina pariendo al sujeto capaz de encarnar esa época. Desde la teoría social no hay emergentes "buenos" o "malos" por pura moral individual; las sociedades tienen los arquetipos que fabrican. Si criamos un ecosistema violento, desigual y picante, los líderes que emerjan van a llevar esa misma impronta en la sangre.


Cepernic traza con lucidez esa dualidad: un tipo de origen modesto y talento político feroz que gambeteó sus propias limitaciones físicas para convertirse en un líder indiscutido. Luces y sombras rabiosas de un mismo personaje.


En definitiva, los próceres, los tiranos y las figuras emblemáticas de nuestra historia no son meteoritos caídos del cielo: fueron paridos, amamantados y moldeados por la sociedad argentina de su tiempo. Nos encanta señalar con el dedo al que llega arriba, pero convendría mirarnos al espejo: el barro del que salen los gigantes lo amasamos entre todos.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

Comentarios


bottom of page