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El peligroso negocio de las constelaciones familiares en Río Gallegos

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • hace 12 horas
  • 3 Min. de lectura

Esta columna nace de algo bien concreto: cada tanto aterrizan en Río Gallegos tres consteladores que, por dos mangos, te prometen ordenarte la vida en un par de sesiones. Y lo hacen en una ciudad bastante castigada por los quilombos de salud mental. Entonces, perdón, pero hay que decirlo sin vueltas: esto no es inocente.

A ver, se entiende por qué las constelaciones familiares enganchan. Te tiran una historia que pega: que tu ansiedad, tu depresión, tus vínculos hechos mierda no son solo tuyos, sino que vienen de un bisabuelo, de una tragedia familiar, de algo que ni sabías. Y que con un par de dinámicas grupales medio teatrales podés “liberarte”. Es seductor, sí. Pero también es peligroso cuando se lo vende como verdad.


Este enfoque lo armó Bert Hellinger en los 90, mezclando psicodrama, gestalt, algo de terapia sistémica y hasta referencias a tradiciones zulúes. Hasta ahí, ponele, es raro pero no jode. El problema aparece cuando te quieren vender la explicación: los famosos “enredos” que se transmiten por generaciones a través de un supuesto “campo mórfico”. Y ahí ya estamos hablando de humo. Literal. Ese concepto fue descartado por la ciencia hace rato y catalogado como misticismo cuántico. O sea, suena complejo, pero es verso.


Ahora, ojo con esto: que algo te movilice no significa que sea cierto. Podés salir conmovido, llorar, sentir que algo se movió… pero eso no valida la teoría. Y si vamos a hablar en serio, hay que ir a la evidencia, no a lo que “parece”.


Por ejemplo, hay una revisión sistemática bastante citada —Konkoli Thege, B., Petroll, C., Rivas, C. & Scholtens, S. (2021), The effectiveness of family constellation therapy in improving mental health: a systematic review, publicada en Family Process (60(2), 409–423)— que analiza justamente si esta práctica sirve o no. ¿La conclusión? No hay resultados concluyentes, y los estudios tienen problemas metodológicos importantes. Traducido: no alcanza para decir “esto funciona”, ni ahí.


Y no es la única. Otros análisis más recientes, incluyendo meta-análisis con ensayos clínicos más serios, muestran que cuando se aplican métodos rigurosos, los supuestos efectos positivos desaparecen. O sea, cuando dejás de mirar con ojos ingenuos, el castillo se cae.


Y hay algo más jodido todavía: entre un 5% y un 8% de las personas reportaron efectos negativos después de participar. Sí, negativos. No solo puede no servir, sino que te puede dejar peor. En una ciudad donde la gente ya viene golpeada, eso no es un detalle, es un problemón.


Y por si hacía falta una señal más clara, en diciembre de 2025 el Colegio Profesional de Psicólogas y Psicólogos de la Provincia de Santa Cruz salió a advertir públicamente sobre estas pseudoterapias. No fue un comentario al pasar: fue un comunicado directo, marcando que este tipo de prácticas carecen de respaldo científico y pueden implicar riesgos para la salud mental. O sea, los propios profesionales que laburan todos los días con el sufrimiento real de la gente ya levantaron la mano.


Ahora bien, tampoco hay que hacerse el boludo con algo: si alguien sintió que le ayudó a hablar, a reflexionar, a conectar con su historia, perfecto. Eso puede pasar. Pero eso no viene de ningún “campo mórfico” ni de magia ancestral. Viene de cosas mucho más simples: alguien que te escucha, un espacio donde podés largar lo que tenés adentro, una dinámica grupal que te mueve. Eso existe en un montón de prácticas, incluso en las que sí tienen respaldo.


El quilombo arranca cuando esto se vende como terapia validada, cuando se le cobra a gente vulnerable como si fuera una solución seria, y peor aún, cuando reemplaza tratamientos que sí tienen evidencia. Ahí ya no es “una experiencia más”: es irresponsabilidad.


Y acá entra otro punto incómodo, pero necesario: en un contexto donde el propio Estado provincial desatiende la salud mental y donde la Caja de Servicios Sociales directamente no ofrece cobertura adecuada en este terreno, el caldo de cultivo para estas prácticas es perfecto. Porque cuando no hay respuestas, aparece cualquiera a vender soluciones mágicas. Y ahí es donde hay que estar más despiertos que nunca.


Porque si estás mal, no estás para que te chamuyen con palabras rimbombantes y teorías falopa. Estás para que te cuiden. Y cuidarse también es no comerse cualquier verso disfrazado de profundidad.


En una ciudad como la nuestra, donde el dolor muchas veces se barre abajo de la alfombra, lo último que necesitamos es que vengan a hacer negocio con eso. Y menos, vendiéndote humo como si fuera ciencia.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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