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¡Hace 20 años que el Complejo Cultural Santa Cruz no se pinta!

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • hace 2 días
  • 6 Min. de lectura

El Complejo Cultural Santa Cruz no nació como una obra decorativa para cortar cintas y listo. Fue una apuesta fuerte para que Río Gallegos tuviera un polo cultural en serio, en un espacio cargado de historia como el predio del viejo hospital.

La inauguración (año 2000) se dio en dos etapas bien marcadas. Primero se habilitó la parte frontal, con la sala de Historia. Después vino la segunda etapa, la gran apertura: sala de las Columnas, Archivo Histórico Provincial, Biblioteca Lenzi, áreas administrativas y la sala de conferencias Luis Villarreal. Ahí el complejo dejó de ser promesa y pasó a ser estructura cultural completa, funcionando a pleno.


En esa gran inauguración estuvo María Elena Walsh, acompañada por Sara Facio. Para la ciudad fue un hito simbólico enorme: no todos los días una figura así pisa suelo santacruceño para inaugurar un espacio cultural.


Ya entre 2004 y 2007, desde la Subsecretaría de Cultura se consolidó el funcionamiento interno del complejo. Y en 2006 se activó formalmente una gestión clave: el mantenimiento integral y la renovación de la imagen exterior del edificio, impulsada por el entonces secretario de Cultura Rubén Radosaldovich.


La pintura original estaba muy deteriorada por el clima patagónico, y la intervención no fue improvisada. Se trabajó con Obras Públicas, con renderizados en AutoCAD y distintas pruebas de color hasta definir la versión final. El techo blanco fue una decisión estratégica: le dio más luminosidad, más presencia y un “despegue” visual que cambió radicalmente la silueta del edificio en el paisaje urbano. Hubo debate, críticas, opiniones cruzadas —como siempre en esta ciudad— pero la decisión fue técnica y planificada.


El complejo no era sólo cemento y metros cuadrados. Era archivo, biblioteca, danza, exposiciones, radio, conferencias, cine, artesanos produciendo en el mismo espacio. Era un punto de encuentro donde la identidad santacruceña se pensaba, se mostraba y se discutía.


Con sus momentos de brillo y sus etapas de desgaste, el Complejo Cultural Santa Cruz marcó un antes y un después en la vida cultural de la capital provincial. En el Sur, donde muchas veces la cultura queda relegada, levantar y sostener un espacio así fue —y sigue siendo— una decisión política de fondo.


Y eso no es relato: es historia concreta.


Así fue el Complejo Cultural hasta antes de su caída

Si vamos al momento fundacional, todo había comenzado por decisión política de Néstor Kirchner, cuando todavía era gobernador. Antes de la etapa de Rubén Radosaldovich, había sido designado como subsecretario el historiador Miguel Ángel Auzoberría, quien llevó adelante una gestión centrada, ordenada y muy respetuosa del contexto cultural santacruceño. Bajo su órbita se terminó de consolidar la inauguración del Complejo Cultural Santa Cruz como una apuesta estructural y no meramente simbólica.


En pleno centro de Río Gallegos se había inaugurado un complejo edilicio imponente, destinado a la producción, enseñanza, difusión y exhibición de múltiples disciplinas artísticas y comunicacionales. No fue una apertura tibia: fue un acto político y cultural con presencia de funcionarios provinciales, referentes culturales de todo el país y un público que entendía que estaba viendo nacer algo fuera de escala para la ciudad y para la región patagónica.


El complejo ocupaba 12.000 metros cuadrados, con 6.500 cubiertos y el resto distribuidos en plazas secas, anfiteatro, parquización y estacionamiento. La provincia ya había invertido 4 millones de pesos —de los 6 previstos para la totalidad del proyecto— en una obra que contrastaba fuerte con la realidad nacional, donde la cultura solía quedar relegada en la agenda pública.


Desde su inauguración, el complejo concentró buena parte de la actividad cultural local. Funcionaban allí el Archivo Histórico —diseñado con estándares técnicos adecuados y proyección a veinte años, con documentación desde 1887 hasta fines del siglo XX—, el Museo Regional Provincial, la Escuela Provincial de Danzas, una biblioteca pública con salas de lectura, varias salas de artes visuales, un estudio de radio “sin antena” para producir programas enlatados, una sala audiovisual digital donde ya se habían realizado 28 cortometrajes, un gran auditorio con cineclub dedicado al cine no comercial y un centro de producción de artesanías donde los artesanos trabajaban a la vista del público. Incluso se había previsto una confitería concesionada, completando el esquema.


Una de las decisiones más comentadas de aquella inauguración fue haber bautizado una sala con el nombre de Alfredo Portillos, artista vivo, algo poco habitual. Allí se había montado una retrospectiva que abarcaba el período 1945-2000, generando debate, curiosidad y posicionamiento artístico en la escena local.


En paralelo a los actos inaugurales, se había desarrollado el Segundo Simposio de Escultura. Trabajaron a la vista del público Hernán Dompé, Omar Estela, Susana Gutiérrez y Tulio Romano. Sus obras fueron emplazadas alrededor del complejo, incorporándose al patrimonio urbano como parte de una política cultural que buscaba dejar huella más allá del edificio.


Así había sido la inauguración: no sólo el corte de cinta de una estructura enorme, sino el lanzamiento de un proyecto cultural que aspiraba a generar contenido, formar público y sostenerse en el tiempo. El desafío, desde el primer día, no había sido levantar paredes, sino llenarlas de sentido.


2008: el comienzo de la desidia

A partir de 2007, cuando Rubén Radosaldovich dejó la gestión con mandato cumplido, el Complejo Cultural Santa Cruz empezó a entrar, de a poco pero sostenido, en una pendiente fulera. No fue de un día para el otro. Fue esa desidia que no hace ruido al principio, pero que cuando te querés acordar ya te comió la mitad del edificio y el espíritu.


En ese período asumió la gobernación Daniel Peralta, y el personal del complejo —cansado del abandono presupuestario y del manoseo administrativo— terminó haciéndole un paro. La medida tuvo impacto y derivó en una decisión que, en los papeles, parecía un ascenso histórico: el área dejó de ser Subsecretaría para convertirse en Secretaría de Estado de Cultura.


Sonaba "¡pum, para arriba!". Pero en la práctica fue más maquillaje que transformación real. Cultura siguió siendo un órgano dependiente de un ministerio, sin manejo propio de presupuesto. Sin “caja”. Para cada actividad, cada reparación, cada contratación, había que salir a pedir recursos casi de rodillas. Así, la plata destinada a cultura quedaba atada al humor, al criterio —o al mal ingenio— de los funcionarios de turno.


Y cuando la conducción es débil o improvisada, lo que se resiente primero es la infraestructura y después el contenido. El edificio empezó a mostrar desgaste sin mantenimiento serio. Las áreas técnicas se fueron vaciando. La oferta cultural, bajo el sello marketinero de “innovación”, terminó siendo monótona, repetitiva, sin riesgo ni vuelo. Mucha etiqueta nueva, poca sustancia.


Lo más injusto de ese proceso fue que debajo de cada Secretario de Estado de Cultura que pasó hubo —y hay— personal altamente idóneo, talentoso, formado, con vocación real. Técnicos, docentes, artistas, administrativos que conocen el complejo de memoria. Gente mal utilizada y muy mal paga, que sostuvo como pudo lo que desde arriba no se sabía o no se quería sostener.


Hoy, muchas áreas están directamente desmanteladas o atadas con alambre. Lo que alguna vez fue un laburo cultural integral, con proyección regional y ambición de diálogo nacional, quedó reducido a sobrevivir con lo mínimo indispensable.


Y esto hay que decirlo sin vueltas: los edificios no se caen solos. Se caen cuando la política cultural se vacía de decisión, de presupuesto y de conducción seria. El resto es relato.



Y ojo: la noticia más triste de hoy no es el anecdotario vergonzoso que quedó flotando en algunas gestiones. No es —por ejemplo— aquel secretario de Estado de Cultura que alguna vez viajó en representación oficial a una localidad del interior, desapareció cuando cayó la noche y horas después fue encontrado por la policía en el cementerio del pueblo, consumiendo hongos alucinógenos junto a una directora o coordinadora de vaya uno a saber qué área. Una escena tan surrealista que, si la escribías en un guion, te la rechazaban por exagerada.


Tampoco es el funcionario que habría chocado móviles oficiales después de noches más vinculadas a la joda que a la agenda cultural, dejando a la gestión como meme antes de que existieran los memes.


Ni siquiera es el paso de Adriel Ramos, intentando dibujarla por todos lados, mostrando en redes sociales una pila prolijita de libretitas negras como despedida anticipada en plena mitad del mandato de Claudio Vidal, como si acumular anotaciones fuera sinónimo de resultados. Mucha fotito aesthetic, poco impacto estructural.


No. Nada de eso es lo más triste.


Lo más triste es algo mucho más simple y mucho más brutal: hace casi veinte años que el Complejo Cultural Santa Cruz no es pintado completamente como se hizo en la etapa impulsada por Radosaldovich. Veinte años. Dos décadas. Una generación entera.


Ese color rosadito que hoy vemos, entre graffitis, humedad, descascarados y parchones que demuestran el eterno “después vemos” y el amague de pintar para la foto, no es una nueva impronta estética ni una intervención urbana cool. Es el resto desteñido de la pintura integral realizada en 2006. Es lo que quedó de la última vez que alguien encaró en serio el mantenimiento exterior.


Y cuando un edificio de esa magnitud no se pinta durante veinte años, no estamos hablando sólo de brocha y látex. Estamos hablando de prioridades.


Los nombres pasan. Las anécdotas —por más bizarra y real que haya sido la del cementerio— quedan para el folklore político. Pero el deterioro material es otra cosa: es acumulativo, es visible y es una declaración silenciosa.


Y esa declaración dice, sin vueltas, que lo que alguna vez fue una apuesta grande para Río Gallegos y la Patagonia hoy sobrevive más por inercia que por decisión.


Ahí está el verdadero problema. Y eso sí que no se tapa con pintura de apuro.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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