Han Kang: cuando el Premio Nobel no garantiza la calidad literaria
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- 17 feb 2025
- 3 Min. de lectura
En estas vacaciones me he puesto a leer religiosamente las novelas de una autora altamente recomendada por todo el mundo.

Y ¿saben qué? He llegado a la conclusión de que por años, la literatura de Han Kang (la autora de la que ahora hablaré) ha sido exageradamente elogiada por su audacia temática y su prosa depurada. Sin embargo, más allá del reconocimiento académico y del impacto emocional de sus relatos, su narrativa exhibe una estructura reiterativa que socava el efecto de sus intenciones estéticas. Novelas como La vegetariana o Actos humanos siguen una fórmula que, lejos de sorprender, conduce a un agotamiento predecible.
Uno de los principales problemas en sus libros radica en el uso reiterado de personajes alienados que transitan caminos de sufrimiento extremo. Si bien el trauma y la represión son ejes importantes en la literatura contemporánea, en el caso de Han Kang, estas experiencias parecen insertadas con calculada frialdad, sin permitir matices que doten a los protagonistas de verdadera complejidad. En La vegetariana, por ejemplo, la transformación de Yeong-hye no es explorada desde su interioridad, sino a través de observadores externos que refuerzan una imagen unidimensional de su desconexión con el mundo.
Otro aspecto que resta fuerza a sus relatos es la manera en que emplea el simbolismo. La metáfora del cuerpo como territorio de resistencia es reiterada con tal insistencia que sugiere un subrayado innecesario. En Actos humanos, el dolor se despliega en escenas calculadas para impactar, pero con una previsibilidad que diluye el efecto catártico. En lugar de invitar a la reflexión, la autora parece confiar en una acumulación de escenas de crueldad para generar empatía, sin permitir un desarrollo genuino de los personajes más allá de su papel de víctimas.
El estilo narrativo, aunque depurado, también contribuye a la monotonía (¡Y esto es culpa de los garfios de sus traductores al español!). La prosa contenida y los diálogos breves generan una atmósfera distante que, lejos de potenciar la angustia, la convierte en un recurso mecánico. Esta elección estilística puede ser efectiva en ciertos momentos, pero aplicada de manera uniforme a lo largo de sus obras, produce una sensación de frialdad que impide la verdadera conexión con los conflictos expuestos.
Si bien Han Kang ha logrado construir una estética reconocible dentro del panorama literario internacional, su obra carece de la versatilidad necesaria para mantener la tensión narrativa sin caer en fórmulas reiterativas. La exploración del sufrimiento como eje central de sus historias termina volviéndose predecible, haciendo que el impacto inicial de sus novelas se diluya en una sensación de déjà vu literario.
A todo aquel lector de "Santa Cruz nuestro lugar" que quiera evitar caer en las garras marketineras del snob literario que por estas horas sobrevalora la producción de esta surcoreana a los efectos de venderla como la primera mujer asiática en ganar el Nobel, le advierto que en la literatura argentina contemporánea, varias autoras superan ampliamente la propuesta narrativa de Han Kang, ofreciendo una riqueza estilística y temática que trascienden la simple acumulación de sufrimiento. Samanta Schweblin, por ejemplo, despliega en sus relatos y novelas una tensión psicológica que atrapa desde la primera línea, sin necesidad de subrayados innecesarios. Distancia de rescate es un ejemplo magistral de cómo la angustia y el horror pueden construirse desde la sutileza, dejando espacio para que el lector complete los vacíos con su propia interpretación. Con una prosa limpia pero cargada de matices, Schweblin consigue lo que Kang no: convertir lo inquietante en una experiencia literaria inmersiva y poderosa.
Otra exponente es Mariana Enriquez, quien en Nuestra parte de noche y sus libros de cuentos reformula el terror desde una perspectiva profundamente argentina y personal. Su escritura, lejos de caer en la repetición de fórmulas, sorprende con cada historia, explorando la oscuridad desde ángulos inesperados y con un desarrollo de personajes que los hace vibrantes y complejos. Mientras que Kang se limita a un simbolismo obvio y a la exposición casi mecánica del sufrimiento, Enriquez construye atmósferas densas y perturbadoras, donde lo sobrenatural y lo político se entrelazan de manera orgánica. Su literatura es una prueba de que el impacto emocional no depende de la crudeza explícita, sino de una pluma que sabe manejar los silencios, las pausas y el verdadero peso de las imágenes.
Por @_fernandocabrera




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