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Ignacio Riquelme y la nobleza eterna del uniforme

Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
Santa Cruz Nuestro Lugar
hace 23 minutos
3 min de lectura

Es el mediodía de un sábado de primavera, aquel 1 de octubre de 1994, y la siesta de Río Gallegos se hace pedazos en un instante. En un distribuidora de vinos de Parque Industrial y Mariano Moreno, la tranquilidad se evapora cuando dos asaltantes irrumpen cubiertos con pasamontañas.

Adentro, reducen violentamente a la secretaria, le roban apenas 30 pesos y, desesperados al no conseguir la clave de la caja fuerte, la atan de pies y manos con alambre mientras la angustia y el terror la paralizan.


El dueño, Darío Arnaldo, entra al local, divisa el cañón de un revólver y el pánico lo hace reaccionar al toque: se da vuelta y sale corriendo a pedir auxilio. Los delincuentes emprenden la fuga y un empleado, Orlando Gómez, intenta frenarlos con impotencia hasta que un plomazo a quemarropa en la pierna lo deja tendido en el suelo.


Afuera se arma la rosca. Un ladrón logra esfumarse, pero Arnaldo, cegado por la bronca y la adrenalina, se sube a su auto y sale a perseguir al otro. Con la ventanilla baja y a puro grito, va alertando a los vecinos mientras el delincuente—armado con un revólver calibre 38 cargado con munición de punta hueca— le vacía el cargador al vehículo a lo largo de siete cuadras. En su desesperación por escapar, el tipo intenta meterse en una camioneta, pero la conductora, sobrepuesta al susto, le encaja un portazo seco que lo desplaza antes de acelerar.


Atrás del coche se va formando una masa enfurecida de vecinos que quiere linchar al ladrón. En el Cuartel Central de Bomberos, la radio escupe la alarma. El sargento Ignacio Riquelme escucha el pedido de auxilio: vienen disparando y con la muchedumbre detrás. Riquelme siente que el deber no le da tregua; sabe que hay familias en riesgo y no duda un segundo. Sale a la calle decidido a interponerse entre el peligro y la gente.


Frente al cuartel, Arnaldo le frena el auto encima y dos efectivos acorralan al prófugo. Riquelme le pone el pecho a la situación con la temple de un tipo cabal. El delincuente levanta las manos fingiendo entregarse, pero la traición lo domina y vuelve a gatillar: una bala traicionera le da a Riquelme de lleno en la cabeza.


Mientras el bombero cae herido de muerte, el agresor se atrinchera tras un auto en el patio de una casa en Lisandro De La Torre 246. Llegan los refuerzos de la Comisaría Segunda y durante más de media hora el tiroteo es feroz hasta que la Policía logra abatirlo.


Riquelme es trasladado al Hospital Regional. Comienzan cuatro días de agonía en la terapia intensiva donde todo un pueblo reza por un milagro, pero el 5 de octubre de 1994 su corazón dice basta. Partió como un mártir y la fuerza lo asciende a Sargento Primero post mortem.


Como bien solía decir Julio Cortázar, de todos los uniformes de la seguridad y el orden, el de bombero es el que realmente la gente ama. Porque no representa la fuerza, sino el alivio y el sacrificio desinteresado. Eso fue Riquelme para Río Gallegos: un hombre que entregó todo para cuidar a los suyos.


A 32 años de su partida, el sargento sigue más vivo que nunca. Se lo siente al pasar por la calle que lleva su nombre, en la autobomba del cuartel que ostenta su chapa y, sobre todo, en el orgullo de sus hijos, que hoy visten el mismo uniforme y cuidan a la ciudad en las mismas guardias donde su padre se convirtió en leyenda.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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