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La chonga: la doble espía selk’nam que sabía demasiado

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • hace 4 días
  • 3 Min. de lectura

La semana pasada fui a almorzar con mi hija al Covadonga. El Covadonga de acá, el hotel de antes, restaurante ahora. Mesa contra el ventanal, Avenida Kirchner pasando como un río de autos, el mediodía patagónico ese que parece calmo pero siempre viene cargado de historia aunque nadie la esté mirando.


Pedimos y, mientras esperábamos, empezó la discusión. De esas discusiones lindas, medio académicas, medio caprichosas, donde nadie quiere ganar pero ninguno afloja.


—Covadonga —me dice ella— no es por la Virgen ni por España. Es por una mujer selk’nam de Punta Arenas.


Yo la miré con esa mezcla de ternura y soberbia que uno tiene cuando cree que sabe algo.


—No puede ser —le digo—. Covadonga es un nombre europeo. Asturiano. Viene de cova dominica, “la cueva de la señora”, “la cueva de Nuestra Señora”. Virgen, Don Pelayo, Reconquista, todo eso. Historia dura, espada, religión. No hay vuelta.


Ella insistía. Yo también. Ninguno gritaba, pero los dos estábamos firmes. Ella defendiendo la memoria indígena. Yo aferrado a la etimología, a los libros, al dato preciso. Dos formas distintas de entender la historia chocando ahí, entre el pan y el agua.


En un momento se hizo un silencio raro. De esos silencios que no son incómodos, sino expectantes. Trajeron el almuerzo. Platos calientes, olor a comida recién hecha. Y entonces mi vista se fue sola hacia el ventanal. Avenida Kirchner, el cielo abierto, la ciudad siguiendo su rutina.


Y ahí me pasó.


—Pará —le dije—. Pará… me acordé de algo.


La miré y empecé a contarle.


Le hablé de Covadonga Ona. De la chonga. De esa piba selk’nam arrancada de Tierra del Fuego a los diez años y llevada a Punta Arenas como si fuera un objeto. Le conté que “Covadonga” no era su nombre, que se lo encajaron por un buque de guerra, que “Ona” era un error, y que “la chonga” era apenas un apodo puesto por costumbre, por comodidad, por desinterés.


Le dije que la chonga trabajó de sirvienta en la casa Stubenrauch, que hacía las compras, que atendía a la elite ganadera, que aprendió a leer, a escribir, alemán, que incluso la mandaron a Alemania a capacitarse para servir mejor. Le conté que no era ninguna boluda, que escuchaba todo al punto que llegó a ser una especie de doble espía que pasaba información a un cacique tehuelche perseguido por esos mismos tipos a los que ella servía.


Le dije que cuando mataron a ese cacique, encontraron una nota escrita por ella. Y que poco después la chonga murió. Oficialmente tuberculosis. Extraoficialmente, silencio. Demasiadas preguntas, ninguna respuesta. Que tres días antes estaba caminando por la ciudad como siempre. Que la enterraron con honores raros. Que su nombre verdadero, el selk’nam, se perdió para siempre porque a nadie le importó conservarlo.


Mi hija me escuchaba sin interrumpir. Con los ojos clavados en mí, pero también un poco más allá, como si estuviera viendo otra cosa.


—Entonces —le dije— capaz tenés razón vos. Capaz Covadonga no es solo un nombre europeo. Capaz también es esto. Capaz también es una piba indígena a la que le robaron el nombre, la tierra y la vida, pero no la dignidad.


Nos quedamos callados. Afuera la ciudad seguía. Adentro, el plato se enfriaba un poco.


Y pensé —sin decirlo— que la historia no siempre se está  en los libros. A veces está en una discusión con tu hija, en un restaurante, mirando por una ventana, cuando de golpe entendés que la memoria no es una cosa cerrada, sino una conversación que recién empieza.


Nos quedamos en silencio masticando los últimos bocados, hasta que ella me dijo sonriente:


—Debí apostarte el postre.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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