La importancia de saber acompañar al depresivo
- Santa Cruz Nuestro Lugar

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Tu hijo, tu hermana, tu novia, tus padres, tu vecino e incluso vos, lector de "Santa Cruz nuestro lugar" son (y somos) el testimonio vivo de estos tiempos donde la salud mental está en boca de todos pero sigue brillando por su ausencia en las prioridades del gobierno nacional y provincial. Es por eso que desde este humilde medio creemos que hay algo urgente para observar: la gente común que está ahí, poniendo el cuerpo, acompañando como puede, sin herramientas y sin ningún tipo de respaldo estatal.

Porque seamos claros: la depresión es jodida. Y estar al lado de alguien que la atraviesa, también.
No es un proceso rápido, no es lineal y muchas veces no hay devolución. Y sin embargo, en medio de todo eso, aparece una de las formas más genuinas de amor: quedarse.
Pero para quedarse bien, primero hay que entender de qué estamos hablando. La depresión no es “estar triste” ni “no tener ganas”. Es algo mucho más profundo, más oscuro. Es un apagón interno. De esos que hacen que levantarse de la cama o responder un simple mensaje sea un esfuerzo gigante.
Si no entendés eso, sin querer, terminás juzgando.
Y ahí es donde muchos pifian. Porque creen que tienen que salvar, arreglar o encontrar la frase justa. No. No va por ahí. Vos no estás para curar, eso le corresponde a un profesional. Tu rol es otro: sostener.
¿Y qué significa sostener? Estar. Escuchar. Bancar.
Sin necesidad de llenar todo con palabras. Porque muchas veces el silencio, bien acompañado, vale más que cualquier discurso armado.
También hay frases que es mejor guardarlas en el bolsillo. Decir “ya va a pasar” es subestimar el proceso. Tirar un “no es para tanto” es directamente invalidar lo que el otro siente. Y el clásico “te entiendo”... muchas veces es más una necesidad tuya de cerrar la incomodidad que una realidad.
Porque sí, la incomodidad está. Nos cuesta. No sabemos cómo actuar. Y como no soportamos no tener respuestas, hablamos de más. Pero ojo: cuando hablás desde tu lógica, podés estar muy lejos de lo que le pasa al otro.
A veces, lo más honesto es no decir un carajo y simplemente estar ahí.
Igual, acompañar no es solo presencia pasiva. También implica pequeños gestos concretos: estar atento, acercar propuestas simples, dar una mano en lo cotidiano, acompañar a buscar ayuda. Siempre sin invadir, sin controlar.
Y esto es clave: la ayuda profesional no es opcional. Es necesaria. Vos no sos terapeuta. No te pongás ese peso encima. Tu lugar es otro.
Ahora bien, hay algo que también hay que decir sin vueltas: acompañar desgasta. Cansa. Frustra. A veces hasta te da bronca sentir que das todo y no vuelve nada.
Y eso no te hace mala persona.
Lo que sí sería un error es romperte vos en el proceso. Porque si te caés, no podés sostener a nadie. No sos responsable de lo que el otro siente, pero sí de cómo elegís pararte frente a eso.
Y aunque parezca que no pasa nada, que no hay avances, que todo sigue igual… tu presencia suma. Muchísimo.
A veces, ese mate compartido en silencio, ese mensaje, ese “acá estoy”, es lo que permite que alguien aguante un día más.
Y cuando alguien está peleando contra todo por dentro, un día más… puede ser la diferencia.
*El depresivo que acompaña al otro depresivo*
Al buen lector de "Santa Cruz nuestro lugar" le parecerá esto que diré podrá sonarle como el colmo del colmo, pero pasa más de lo que se dice: ¿Y que hacemos con el que todavía está ahogándose en su propia mierda y sin embargo termina sosteniendo a otro que está igual o peor?
En un escenario donde la histórica desidia institucional es moneda corriente y el Estado mira para otro lado, la red que queda es la de siempre: la gente común, rota pero de pie, haciendo lo que puede con lo que tiene. No hay manual, no hay contención formal, hay puro aguante.
Uno nunca termina de sanarse que ya tiene que asistir al otro. Y eso también desgasta de una forma silenciosa, casi invisible. Porque mientras tratás de no caerte, estás extendiendo la mano para que otro tampoco se hunda. Es una especie de equilibrio precario, donde cada paso cuesta el doble. Y sin embargo, ahí están: dos personas quebradas tratando de sostenerse mutuamente en un sistema que no aparece cuando más se lo necesita.
Y en esa escena, medio cruda pero profundamente humana, también hay algo que interpela fuerte: la resiliencia. Porque aunque falten recursos, aunque no haya respuestas desde arriba, hay vínculos que resisten. Pero ojo, romantizar eso sería un error. No debería ser así. Nadie debería tener que salvar a otro mientras intenta salvarse a sí mismo. Y sin embargo, pasa. Y pasa todos los días.
Por @_fernandocabrera




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