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La indecencia del TSJ

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • 14 ene
  • 3 Min. de lectura

Se quieren subir el sueldo solos. Así, sin pudor, sin ruborizarse y sin que se les mueva un pelo la toga. Los miembros del Tribunal Superior de Justicia de Santa Cruz decidieron mirarse al espejo, guiñarse un ojo y decirse: “che, estamos cobrando poco”. Y acto seguido, firmarse un autoaumento que en cualquier barrio del país tendría un solo nombre: caradurismo premium.


La maniobra quedó sellada el 30 de diciembre de 2025, a horas de que arranque la feria judicial. Bien de vivo criollo: cuando la gente está pensando en el brindis, ellos firman una resolución que aprueba un esquema de aumentos salariales escalonados para el Poder Judicial. Entre 38% y 42% acumulado hasta octubre de 2026. Todo prolijito, todo legal, todo puertas adentro. El aumento no es para “algún día”: es para ellos mismos, los mismos que levantaron la mano para aprobarlo.


¿El resultado? Según estimaciones oficiales y sindicales, algunos de los magistrados que firmaron esa resolución pasarán a cobrar más de 20 millones de pesos por mes, y en varios casos hasta 24 millones, dependiendo de la antigüedad. No estamos hablando de proyecciones delirantes ni de chismes de café: son números concretos, fríos, documentados. Una cifra que en cualquier barrio de Santa Cruz suena directamente a ciencia ficción.


Después vienen los eufemismos: “actualización”, “recomposición”, “equiparación”. Puro maquillaje semántico para tapar lo obvio: se autoaumentan el sueldo. No hay paritaria, no hay control externo, no hay voto popular. Hay toga, lapicera y corporación. Un sistema cerrado donde los mismos que deberían garantizar equilibrio y justicia deciden cuánto valen… y siempre valen más.


Mientras tanto, afuera del Palacio, el resto de la provincia hace malabares. Docentes ajustados, estatales licuados por la inflación, jubilados contando monedas, hospitales atados con alambre. Pero ellos no ajustan nunca. Ellos no esperan. Ellos no pierden. Tienen cargos vitalicios, estabilidad blindada y, como frutilla del postre, privilegios impositivos que el laburante común ni sueña. Después se sorprenden cuando la palabra “casta” les cae como un boomerang en la frente.


Y no, no es independencia judicial. No es dignidad institucional. Es desconexión total de la realidad. Es vivir en una burbuja donde el sueldo siempre corre por delante del país real. Es una falta de respeto a una provincia golpeada, donde sobran urgencias y faltan respuestas. Pero claro, para eso habría que mirar un poco más allá del propio recibo de sueldo.


Y ahora la pregunta incómoda, la que nadie quiere hacerse en voz alta: ¿qué hubiera pasado si Vidal lograba meter a todos sus muñecos en el Tribunal? Si el tablero completo quedaba copado por fichas obedientes, prolijas, levantamanos de manual. ¿Alguien cree seriamente que esto sería distinto? ¿O estaríamos hablando de aumentos todavía más obscenos, pero con comunicado prolijo, sonrisa institucional y silencio garantizado?


Porque cuando la Justicia se llena de amigos del poder de turno, lo que desaparece no es solo la independencia: desaparece el límite. El cargo es eterno, el sueldo crece solo y la provincia queda mirando desde afuera, pagando la fiesta sin estar invitada.


Ahí es donde la pelota queda de este lado. Del lector de Santa Cruz nuestro lugar. Del vecino que labura, que paga impuestos y que no puede firmarse un aumento a sí mismo. ¿Queremos tribunales llenos de muñecos del poder o una Justicia que al menos tenga la decencia de explicar por qué siempre se sirve primero? Pensarlo no es partidario: es puro instinto de supervivencia democrática. Porque cuando el último contrapeso se convierte en casta, ya no queda a quién reclamarle.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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