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La violencia de género no descansa ni en las fiestas de fin de año

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • 26 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Hay gestos que parecen chiquitos, casi administrativos, pero en realidad ordenan el aire. Y después están los otros: los que patean el tablero. El flyer que sacó la Municipalidad de Río Gallegos no es decorativo ni para cumplir.

Es una señal clara, directa, sin vueltas: en estas fiestas se refuerza la guardia de género. Hay un número, hay disponibilidad y hay decisión política. En un contexto donde históricamente se miró para otro lado, eso no es poco. Es un montón.


Porque las fiestas no son sólo brindis y luces. También son reencuentros incómodos, vínculos forzados, alcohol corriendo, emociones a flor de piel y silencios que vienen fermentando hace años. Y ahí, cuando el clima se pone espeso, la violencia aparece. A veces de frente, a veces disfrazada de costumbre, de “así somos”, de “no fue para tanto”. Que el municipio salga a decir acá estamos es, básicamente, correr el eje: poner el foco donde siempre se evitó ponerlo.


Río Gallegos, como toda ciudad chica, tiene una cultura del “todos se conocen”. Y con eso viene el combo completo: el rumor, el acomodo, la protección cruzada, el “mejor no te metas”. Esa red invisible que termina funcionando como colchón para tipos que repiten patrones de control, manipulación y violencia sin que nadie los frene. No son monstruos de película. Son personas comunes, integradas, con buena imagen pública, con discurso correcto. Y justamente por eso, durante años, hicieron lo que quisieron.


La cultura —en sentido amplio— también educa. Marca lo que se tolera y lo que no. Cuando el mensaje dominante es aguantar, callar, perdonar rápido o relativizar, el resultado es siempre el mismo: la carga queda del lado de quien sufre. Y del otro lado, impunidad. Por eso es clave que desde el Estado se rompa esa lógica. Que no haya que explicar demasiado. Que no te pregunten primero qué hiciste vos. Que no te pidan paciencia.


Este refuerzo de la guardia de género no es sólo un recurso operativo. Es un posicionamiento. Es decir: la responsabilidad no es de la víctima. Es reconocer que la violencia no empieza con un golpe, sino mucho antes: en el control, en el miedo, en el desgaste emocional, en esa sensación de culpa que te meten de a poco hasta que dudás de todo. Y cuando alguien logra hablar, lo último que necesita es un portazo institucional.


También es una invitación incómoda para el resto de la sociedad. Para dejar de bancar actitudes porque “siempre fue así”. Para dejar de justificar con el contexto, la edad, el carácter o la historia personal. Para entender que no alcanza con no ser violento: hay que dejar de ser cómplice. El silencio, en una ciudad como esta, no es neutral. Es parte del problema.


Que el número esté grande, visible, en rojo, no es casual. Es una forma de decir que no hay que pedir permiso para pedir ayuda. Que no hay que esperar a estar rota para llamar. Que hay alguien del otro lado. Y que eso esté claro, sobre todo en fechas sensibles, habla de una gestión que entendió algo básico: prevenir también es cuidar.


Si molesta, si incomoda, si genera ruido, mejor.

Las cosas que valen la pena nunca son cómodas.

Y cuando la cultura empieza a correrse del lado de quienes se animan a hablar, ya no hay vuelta atrás.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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