Las desconocidas memorias de Helen Gooderham: Un Río Gallegos que ya no existe
- Santa Cruz Nuestro Lugar
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En 2013, buscando fotos antiguas de Río Gallegos que quizás fueran inéditas o estuvieran perdidas en algún rincón olvidado de internet, terminé encontrándome casi de casualidad con un texto gigantesco alojado en Patbrit - La Presencia Británica en la Patagonia Austral. Y la verdad, fue uno de esos hallazgos que te dejan el bocho dado vuelta. Ahí aparecían las memorias de Helen Livingston Gooderham, escritas en diciembre de 2010 y publicadas el 3 de febrero de 2014, un relato monumental que reconstruye la vida en Río Gallegos desde aproximadamente 1910 hasta 1947. Y lo impresionante es que no se trata de una historia oficial ni de una investigación académica fría, de esas que parecen redactadas por un burócrata con olor a archivo húmedo, sino de una memoria viva, emocional y completamente humana donde la autora va mezclando anécdotas familiares, tragedias, escenas absurdas, humor involuntario, racismo de época, ternura y una cantidad descomunal de detalles cotidianos que terminan convirtiendo el texto en una especie de cápsula emocional de la Patagonia antigua. Un pedazo de mundo perdido, medio fantasmal, medio entrañable, donde el viento parecía cagarte a trompadas desde que abrías la puerta de tu casa.

Helen cuenta que en realidad se llamaba Victoria Eleonor Argentina Gooderham, aunque durante toda su infancia fue simplemente “Baby Gooderham” y “Elena” cuando la anotaron en la escuela primaria. Recién a los 13 años, al sacar la cédula de identidad para ingresar al secundario, descubrió horrorizada cuáles eran sus verdaderos nombres. “Victoria” porque nació el 24 de mayo de 1929, el mismo día del cumpleaños de la Reina Victoria y del Empire Day británico; “Argentina” porque, según le explicaron, “le habían pifiado al 25 de mayo por un día”; y “Eleonor”, una deformación de Eleanor, el nombre de una hermana de su padre. Desde las primeras líneas el relato ya tiene algo increíblemente cinematográfico: una chica nacida en el culo del mundo patagónico, criada hablando inglés en una casa británica plantada en medio de calles de tierra, barro, viento santacruceño y perros flacos cruzando la calle Roca.
Su padre, Francisco Gooderham, había llegado a Río Gallegos en 1910. Antes había intentado hacer fortuna en Australia trabajando cerca del ferrocarril porque suponía que habría relojes para reparar, pero terminó colocando vías y arruinándose las manos de artesano. Después pasó por Paraguay, que “no le gustó porque hacía mucho calor”, y por Trelew, donde tampoco encajó entre la comunidad galesa. Finalmente siguió bajando hacia el sur hasta instalarse definitivamente en Río Gallegos, donde abrió una joyería y relojería sobre calle Roca, primero al 800 y luego frente al Banco de Londres y Tarapacá. La madre de Helen, Jane Florence English, llegó en 1915 en plena Primera Guerra Mundial cruzando el Atlántico en un barco con las luces apagadas por miedo a submarinos y minas. Después de casarse en Buenos Aires viajaron hacia el sur y cuando desembarcó en Río Gallegos vio apenas un conjunto de construcciones de chapa corrugada y preguntó: “¿Dónde está el pueblo?”. Y Francisco le respondió: “Es eso que ves y es donde vas a vivir”. Helen dice que probablemente su madre jamás le perdonó del todo haberla arrastrado hasta semejante rincón olvidado de la mano de Dios.
La descripción de la vida familiar es brutalmente honesta. Dice que en su casa solamente se hablaba inglés porque sus padres seguían convencidos de que algún día regresarían a Suffolk y no veían demasiado sentido en integrarse. “Era algo así como nosotros los ingleses y ellos los nativos”, escribe. Y ahí aparece una de las cosas más incómodas e interesantes del texto: esa mirada colonial medio aristocrática, medio inconsciente, que atraviesa varios pasajes como una corriente subterránea. Porque mientras describe con ternura a ciertos pobladores o recuerda el afecto de su padre por algunos tehuelches, también deja entrever la distancia social brutal entre los británicos acomodados y el resto de la población patagónica. Y hay algo todavía más llamativo: en centenares de recuerdos sobre estancias, comerciantes, policías, peones rurales y vida cotidiana de Santa Cruz, no aparece prácticamente ni una sola referencia profunda a las huelgas obreras de 1920 y 1921 ni a la masacre de peones fusilados durante la Patagonia Trágica. Y eso pesa. Pesa muchísimo. Porque mientras uno lee esas memorias llenas de bailes, negocios, té inglés, carnavales y anécdotas pintorescas, inevitablemente piensa que debajo de esa Patagonia “civilizada” que recuerdan ciertos sectores acomodados también hubo sangre obrera enterrada en el viento, tipos fusilados en los campos y un silencio de clase que, aunque nunca se diga explícitamente, se siente flotando entre líneas como un fantasma incómodo. Como si el relato mostrara con una mano la ternura de una época y con la otra escondiera, aunque sea sin intención, una parte jodidísima de la historia santacruceña.
Pero inmediatamente después aparece la contradicción: su padre amaba profundamente la Patagonia y tenía excelente relación con los tehuelches que entraban al negocio. Helen lo recuerda como un hombre cálido, confiable y protector, alguien a quien incluso los presos liberados de Ushuaia iban a visitar cuando hacían escala en Río Gallegos porque sabían que “don Francisco no hacía preguntas”. Murió de cáncer el 21 de mayo de 1941 y ella todavía décadas después seguía hablando de él con una ternura enorme, de esas ternuras secas, patagónicas, sin grandes discursos pero cargadas de verdad.

La memoria está atravesada por una sensación permanente de aislamiento. Cuando Helen nació, Río Gallegos tenía todavía dimensiones de pueblo remoto. Cuando dejó la ciudad el 7 de febrero de 1947, la población apenas rondaba los 9.000 habitantes. Las calles seguían sin pavimentar y las veredas tenían desniveles ridículos donde había que subir y bajar escalones constantemente. El viento era una presencia psicológica permanente, una especie de personaje hijo de puta metido dentro de cada escena. Ella recuerda que a su hermano George el viento lo arrastró cruzando calle España mientras iba a hacer compras a La Anónima y que todos caminaban “pechando” contra el aire por reflejo. Habla de ráfagas de más de 100 kilómetros por hora, del polvo golpeando la cara como un arenado continuo y de esos atardeceres patagónicos “con rosados y turquesas imposibles de reproducir”. Cualquiera que haya vivido en Gallegos sabe perfectamente de qué mierda está hablando.
En el medio de esa Patagonia hostil también aparece una vida social increíblemente intensa. El carnaval era uno de los grandes acontecimientos del año. Las carrozas avanzaban por calle Roca mientras las murgas saltaban de lado a lado cantando versos pícaros y la gente se arrojaba serpentinas, papel picado y agua perfumada. Helen recuerda perfectamente una murga que cantaba: “La murga se compone por altos y petisos, es por eso que la llamamos la murga de los chorizos”. Pero en medio de ese recuerdo alegre aparece una escena traumática: siendo apenas una nena vio cómo un hombre acuchillaba a una mujer durante el carnaval y su padre tuvo que taparle los ojos y meterla rápidamente adentro del negocio. Esa mezcla entre inocencia, violencia y descontrol atraviesa toda la memoria como un cuchillo oxidado.
Las descripciones del cine Colón son maravillosas. Antes de cada función explotaban una bomba de estruendo y luego sonaba una sirena igual a la de incendios avisando que faltaban minutos para empezar la película. Las proyecciones eran por actos de quince minutos y mientras el proyeccionista cambiaba los rollos se prendían las luces y “las parejitas del fondo volvían a acomodarse”. Las películas tardaban años en llegar y la gente se cansaba de mirar los pósters colgados en las paredes. Las chicas de Castro entraban gratis porque eran parientes del dueño y las familias respetables tenían prohibido ir a las funciones gratuitas porque “iba toda la gente pobre del pueblo y no fuera cosa que te vieran de pobre”. Un clasismo recontra naturalizado, dicho con una sinceridad brutal que hoy te deja medio incómodo pero justamente por eso vuelve tan potente el texto.
Las memorias están llenas de personajes extraordinarios. Está Rothschild, el borracho del pueblo que terminaba pegado a la vereda por la escarcha. Está el exboxeador negro que trotaba por calle Roca haciendo sombra con medias viejas como guantes. Está Trinchant, un hombre del que todos los chicos tenían prohibido acercarse. Están las hermanas Castro, las familias Baya y Payne, los Davidson del Pig and Whistle, la partera Doña Casimira, que jamás cobraba un parto y además regalaba aritos cuando nacía una nena. Helen habla de ella con una admiración inmensa, recordando su pelo gris trenzado y esa calma de mujer curtida por la vida, de esas mujeres patagónicas que parecían bancarse cualquier tormenta sin chistar.
Hay además una cantidad increíble de escenas absurdas o inolvidables. Cuenta el día en que un supuesto viajante dejó un baúl pesadísimo en el Hotel París y desapareció para siempre; cuando finalmente lo abrieron descubrieron que estaba vacío y clavado al piso. Una tomada de pelo delirante digna de un cuento de Fontanarrosa. Cuenta cómo una mujer alemana viajó hasta Río Gallegos para casarse con un trabajador rural y recién al llegar descubrió que el tipo había omitido contarle que le faltaba un brazo. Cuenta cómo el dueño de una estancia logró capturar ladrones porque uno de ellos había usado billetes de libra esterlina como papel higiénico dejando rastros entre los matorrales debido a una diarrea durante la fuga. Patagonia pura: barro, viento, ovejas, miserias humanas y situaciones completamente bizarras.

También aparecen episodios oscuros y tremendos. Escondida detrás de un sofá escuchó a sus padres recordar a un estanciero escocés llamado Bond que contrataba mercenarios para matar indígenas y solamente pagaba si le llevaban las orejas como prueba. Ahí el texto deja de ser simple costumbrismo y se transforma en un documento brutal sobre la violencia de la colonización patagónica. Y otra vez aparece esa sensación rara: la memoria británica contando ciertas barbaridades casi al pasar, como quien recuerda una tormenta o un invierno duro, mientras el lector actual siente un escalofrío terrible entendiendo la dimensión salvaje de lo que significó poblar Santa Cruz.
La Segunda Guerra Mundial atraviesa muchos pasajes. En 1939, cuando Gran Bretaña declaró la guerra a Alemania, a Helen le prohibieron seguir jugando con su amiga alemana Dorotea Susalek. Ella recuerda verla pasar por la vereda de enfrente evitando mirarla y entendiendo que a Dorotea también le habían prohibido esa amistad. Décadas después todavía se preguntaba qué habría sido de su vida. En las tardes escuchaban la BBC de Londres en una radio Marconi “con ojo verde”, siguiendo el avance de la guerra con alfileres clavados en un mapa mientras sonaban las campanadas del Big Ben. Su padre murió sin llegar a conocer el desenlace final del conflicto.
Las memorias son además un mapa completo del viejo Río Gallegos. Desfilan negocios históricos como La Favorita, La Anónima, Casa Alegre, Farmacia Puig, Bar Conin, Hotel París, Hotel España, Hotel Covadonga, Club Hispano Americano, Ferretería Tanarro, Frigorífico Swift, Foto Roil, Topcic y decenas más. Helen recuerda la llegada de los barcos José Menéndez y Asturiano trayendo pasajeros, verduras, revistas y novedades del mundo. El pueblo entero iba a mirar el desembarco de las chatas balanceándose sobre el río encrespado para ver si llegaban familias nuevas con chicos “para traer nueva vida al pueblo”. Y ahí está quizás lo más poderoso del texto: esa sensación de comunidad aislada, medio precaria, medio heroica, donde cualquier barco que llegaba parecía traer un pedazo del planeta exterior a esta punta olvidada de la Patagonia.
Hay pasajes enteros dedicados a las estancias, los caminos destruidos por el barro, los mercachifles que recorrían el campo vendiendo mercadería, los compradores de lana, los radioaficionados rurales y los gimnasios improvisados durante fiestas benéficas organizadas para enviar dinero a Inglaterra durante la guerra. Helen recuerda incluso la llegada del explorador Hubert Wilkins, el paso de Juan Manuel Fangio durante las carreras de Turismo Carretera de 1937 y la fundación del British Club en 1911, donde cada 24 de mayo los chicos recibían regalos creyendo que los enviaban personalmente el rey Jorge V y la reina Mary.
Y entre toda esa gigantesca acumulación de recuerdos, probablemente la escena más conmovedora sea la última. El 7 de febrero de 1947, el día antes de partir definitivamente a Buenos Aires con apenas 17 años, el hijo del dueño de La Favorita golpeó la puerta de su casa y le regaló una lata de galletitas Terrabusi. Helen escribe: “Nadie antes me había hecho tan lindo regalo”. Y ahí uno entiende finalmente qué carajo son estas memorias. No un archivo histórico frío. No una cronología perfecta. Sino el intento desesperado, hermoso y profundamente humano de salvar del olvido un Río Gallegos que ya desapareció, pero que sigue respirando en cada una de esas escenas donde el viento, el barro, los barcos y la gente todavía parecen estar vivos. Un Río Gallegos áspero, desigual, contradictorio, lleno de ternura y también de silencios incómodos. Un pueblo donde convivían el té inglés y la miseria obrera, las carrozas de carnaval y los fusilamientos olvidados, las radios de la BBC y los peones rurales enterrados en la estepa. Y quizás justamente por eso estas memorias pegan tanto: porque muestran no solamente lo que una comunidad recuerda, sino también todo lo que eligió callarse mientras el viento patagónico seguía soplando como un hijo de puta sobre las calles de tierra.
Lo último que se supone sobre la autora es que, por lo menos hasta 2024, continuaba viviendo en Londres, todavía cargando encima esa memoria gigantesca de un Río Gallegos perdido que probablemente ya no volvió a ver jamás igual al que había quedado guardado en sus recuerdos.
Por @_fernandocabrera
