Las gemelas de Pico Truncado: a 16 años del caso que estremeció a la justicia argentina

Hay historias que no te entran en el bocho por más vueltas que les des. Pico Truncado, año 2010. Una ciudad patagónica y una postal que terminó dando la vuelta al globo no por un milagro, sino por una historia macabra que ni al mejor guionista se le hubiese ocurrido.

La gran pregunta que flotaba en el aire —y que todavía te eriza la piel— era una sola: ¿dónde chucha termina el amor y dónde empieza la obsesión o la pura locura?
Johana y Edith Casas eran por ese entonces dos gotas de agua, gemelas idénticas de 19 años. Pero por dentro, según dicen, eran el día y la noche. Johana era desfachatada, modelo del pago, le gustaba la joda y encandilar la noche. Edith, en cambio, era de perfil bajo, calladita, más bien para adentro. El 16 de junio de 2010, a tres días de soplar las 20 velas, la tragedia le pegó un roscazo a la familia: un adiestrador de perros encontró el cuerpo de Johana tirado en un descampado de Truncado. Dos corchazos a quemarropa la habían ejecutado a sangre fría.
Ahí arrancó el baile judicial y mediático. Todas las miradas fueron a parar a dos tipos. Primero cayó Víctor Cingolani, alias "El Cepi", un ex de Johana con antecedentes por ponerse espeso y violentar a la piba. El tipo era un celoso empedernido que la perseguía a sol y sombra. Aunque la investigación hacía agua por varios lados, los peritos le encontraron pólvora en la mano, así que la Justicia le metió 13 años de prisión como coautor.
Pero cuando parecía que el caso estaba masticado, estalló la verdadera bomba que dejó a todo el país con la boca abierta. Edith, la gemela "mansa", saltó a los medios para anunciar, sin que se le moviera un pelo, que estaba profundamente enamorada del Cepi, el mismísimo tipo acusado de masacrar a su hermana. Sí, así como lo leés: se quería casar con él.
La familia quedó destruida, reventada por dentro. Para la vieja y el viejo Casas no había vuelta atrás: era la traición más rastrera del mundo. Cayeron pericias psicotécnicas, acusaciones de que Edith no estaba en sus cabales, pero los profesionales determinaron que la piba estaba cuerda y sabía bien dónde se metía. Para colmo de males, la historia dio otro vuelco delirante cuando la cana agarró al verdadero tipo pesado del asunto: Marcos "El Tuerto" Díaz, otra pareja de Johana a quien le cayó la pena de 12 años como autor material del homicidio. La Justicia quedó pedaleando en el aire: dos tipos condenados por separado por el mismo tiro, una maraña insólita que recién años más tarde el Superior Tribunal intentó acomodar.
A pesar del bochorno, el escándalo y el luto escupido en la cara de sus propios padres, Edith dio el "sí" en el registro civil. Salieron caminando juntos, jurándose amor eterno, fantaseando con tener pibes y armar un proyecto de vida. La prensa se empachó de morbo, las cámaras no paraban de destellar y Truncado se convirtió en el epicentro del delirio nacional.
Pero el tiempo, que no perdona a nadie, bajó el telón. Los proyectos amorosos se fueron a pique, la atención mediática se evaporó y el encanto duró lo que un pedo en una canasta. Para 2021, la parejita confirmó la separación definitiva. El Cepi por su lado, y Edith rearmando sus pedazos lejos del ruido, borrándose del mapa.
Hoy, la Patagonia sigue guardando ese silencio helado. Pero en las charlas de los truncadenses y en el rumor del viento, la pregunta sigue picando en la nuca: ¿qué carajo pasó por la cabeza de Edith? ¿Fue una ceguera de amor, una obsesión enfermiza o la provocación más oscura contra su propia sangre? Hay heridas que la Justicia tapa con expedientes, pero que la memoria popular jamás logra cerrar.
No sé que pensará el querido lector de "Santa Cruz nuestro lugar". Pero más allá del morbo mediático, a este humilde redactor le quedó picando una duda punzante: ¿qué mierda pasaba de puertas para adentro entre esas dos pibas calcadas por fuera pero opuestas hasta la médula? Compartir el mismo rostro desde el vientre no es moco de pavo; a veces termina siendo una condena sofocante.
Entre la encandiladora que se comía la noche y la silenciosa a la sombra, quizás operaba un juego denso de rivalidad, fascinación y celos reprimidos. Engancharse con el flaco que merodeó los días —y el trágico final— de su propia gemela dista mucho de ser un simple flechazo ciego; tiene las características de un manotazo desesperado por cortarse sola y construir una identidad propia, aunque fuera a costa de cruzar un límite sagrado y romper el cordón umbilical de la peor manera. Imagino que si el mismísimo autor ruso Fiódor Dostoievski hubiese pateado las frías calles de Truncado, habría visto en este calvario otro borrador para sus ficciones más oscuras.
En "Crimen y castigo", Raskólnikov aprende a los palos y tarde que el infierno posta no son los barrotes de la cárcel, sino el carcoma de la conciencia y el desgarro moral con la propia tribu. Pero del juez interno no se huye firmando una papeleta. El castigo feroz no cayó con la sentencia del tribunal, sino con la podredumbre inevitable de ese vínculo levantado sobre una tumba, el repudio familiar y el aislamiento voraz. Cuando el show se apagó y la parejita se fue a pique, solo quedó la nada misma: la confirmación de que cuando te tirás de cabeza al abismo para desafiar tus propios fantasmas, terminás pagando con la soledad más absoluta.




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