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  • Foto del escritorSanta Cruz Nuestro Lugar

Norita, la amada Madre de los dos pañuelos

Con su pañuelo blanco en la cabeza, y el verde en la muñeca, siempre estuvo presente donde pudiera ensalzar una lucha: social, ecológica, feminista. Primero salió a la calle a buscar a su hijo, en una lucha colectiva, y después supo que las mujeres tenían derechos, no sólo deberes. Enseñó a politizarlo todo.

Norita Cortiñas vivirá por siempre, porque la estela de su intenso paso por esta tierra incendiada será eterna. Nora Morales de Cortiñas, la Madre de todas las Batallas, la que enseñó a luchar, la que creó el “lado Norita de la vida” a puro coraje, la que iba a las movilizaciones feministas, a los acampes de pueblos originarios, a la marcha de los barbijos contra los agroquímicos, a los reclamos por gatillo fácil, a los piquetes en la 9 de julio. La que siempre estuvo allí donde hubiera una lucha que su pañuelo blanco pudiera ensalzar.

 

La desaparición de su hijo Gustavo, el 15 de abril de 1977, sacó a Nora -todavía no era nuestra Norita- de su casa, de su trabajo como costurera, de la vida doméstica. Salió a la calle y descubrió su fuerza leonina para pelear.

 

Exigir, reclamar aparición con vida, rondar en la plaza. La vida de Nora cambió para siempre, y su vida transformó la nuestra. Ya nunca abandonó la calle, las luchas, la inagotable capacidad de aprender y comprender. Y esa fue una escuela para muchas generaciones.




 

“Antes no era feminista, yo me crié en un hogar machista y patriarcal por años, y cuando se llevaron a mi hijo se me cayó un velo, y tomé toda la fuerza y el impulso para salir a la calle y vencer todos los obstáculos. Encima del dolor, nos decían que no saliéramos a la calle, que nos quedáramos adentro. Tuvimos que despojarnos de un sistema que teníamos prendido en nuestro cuerpo y en nuestro ideario hasta ese momento, y conocer que tenemos derechos”, contó Norita más de una vez.

 

Psicóloga social, Nora participó en el primer Encuentro Nacional de Mujeres (así se llamaban) en 1987. Recuerda con una sonrisa que en un programa de radio de entonces dijo que era “femenina, no feminista” y las risas fueron “la primera lección”. “Ahí fue el primer paso para darme cuenta de que, además de deberes, tenía derechos. Hasta ese momento, era un ama de casa y creía que tenía todos deberes, pero cuando pegué el salto, ahí se terminó todo y se encaminó al camino de estar en la calle, con todas las mujeres”.

 

Tanto cambió que Norita se convirtió, también, en un ícono de las luchas lesbotransfeministas.




 

En la memoria feminista vivirá siempre

Feminista. Lo dijo, lo hizo, llevó esa lucha desde la selva zapatista hasta las montañas de Kurdistán, pasando por las plazas donde hubiera que gritar Ni Una Menos, los paros internacionales de mujeres, los reclamos por el aborto legal, seguro y gratuito. Norita, con su voz potente, aunque hablara casi en susurros.

 

La que hizo carne el nexo entre los pañuelos blancos y los verdes en su cuerpo menudo, ya que salía con su identificación de Madre de Plaza de Mayo en la cabeza y el emblema del aborto legal atado en la muñeca. Nora Cortiñas, la inmensa mujer que vivió 94 años en su cuerpo, y para siempre en la memoria.

 

Coherente. Su nombre estará asociado para siempre a una conducta ética inclaudicable. Norita es brújula, refugio, faro, la línea que traza un recorrido para seguir y, ojalá, imitar.

 

“A mí me gustaría que las banderas que levantaron nuestros hijos e hijas, ya se pudieran levantar con el orgullo que tenemos de estar en una Argentina país de resistencia”, dijo Norita en el homenaje que le hicieron como parte de Proyecto Ballena, en mayo del año pasado. “Me siento orgullosa de todos y todas las que lucharon antes, en el medio de esta vida y ahora, porque nadie baja los brazos, porque toda la gente está en esas concentraciones con la cara orgullosa de estar en la calle luchando”, afirmó la Madre, ante la mirada amorosa de la periodista Ana Cacopardo.

 

Y también rogó: “Lo principal que voy a decir acá es que no queremos que haya más hambre. Argentina no tiene que tener hambre”. “No tenemos que pagar un peso más de una deuda que no debemos, y vamos a tener que salir a la calle muchas, muchas, porque esta situación la vamos a llevar adelante las mujeres, porque somos las que pagamos más cara la pobreza y la falta de posibilidades de avanzar con esa vida digna para todas las mujeres y varones de nuestro país”, dijo en ese escenario.

 

Como antes había dicho en todos los palcos de todas las plazas de todos los actos que eligió habitar.

 

“Me gustaría ser recordada como mujer que quiere exaltar el género, en el sentido de que valoro y aprendí la lucha de las mujeres en el mundo, en cualquier rincón y así sea la más humilde”, dijo en una entrevista realizada por Graciela Di Marco.




 

Norita siempre abrió sus alas para cobijar a lxs luchadorxs, cuanto más pichones fueran, más disfrutaba de enseñar a volar con la fuerza del deseo de cambiar el mundo.

 

“Ahí estaba Norita para salir a reclamar durante el macrismo. También ahí estaba Norita cuando la metieron presa a Higui. También ahí estaba Norita cuando nos mataban a las travestis, víctimas de travesticidio y transfemicidios, que no teníamos adónde ir a llorar más que a la Plaza de Mayo los jueves a las tres de la tarde, porque sabíamos que ahí estaba Norita”, la homenajeó la activista travesti Alma Fernández.

 

“A mí me gustaría simplemente que me recordaran y dijeran: ‘Te acordás de Nora, uyyy, venía a todos lados’”, dijo. Es el recuerdo que talló en la memoria de un país que será para siempre su país. El país de quienes pelean por pan, paz, trabajo, memoria.

 

Ese recuerdo se multiplica por miles, por millones en un mundo que necesita muchas Noritas, en un mundo huérfano de la Madre de todas las batallas.

 

Siempre estará en la piel de quienes salgan a luchar.

Por Sonia Tessa – Página 12



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