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  • Foto del escritorSanta Cruz Nuestro Lugar

¡Por portarse mal! ¡Por portarse mal!

Esta historia se dice que sucedió en una ciudad del sur, en los principios de 1900 aunque nadie puede precisar la fecha con exactitud ya que los matutinos no registraron los hechos acaecidos en este relato. La desgracia acecharía a una familia pequeña recién llegada en busca de un mejor pasar.

Un hombre, con su joven mujer y su pequeño hijo llegaban al sur con la promesa laboral del frigorífico local, del que hoy sólo quedan ruinas. El padre era un hombre trabajador, curtido de sol a sol que no escatimaba sudor en su cometido, de curiosa habilidad de carnicero se decía que con dos vaivenes de cuchillo despostaba cualquier animal. Era un buen hombre, sólo tenía un problema: era de mal tomar y en veces violento.


A medida que se iba ganando el respeto de sus compañeros era invitado a pasar tiempos de charla y debate en un bar cercano al frigorífico, lo que sin saberlo sería su mayor desgracia.


Por esos días al regresar a su casa; ya no era el mismo con su mujer, ni mucho menos con su pequeño Juan. El niño, curioso, pequeño, travieso por naturaleza, al extrañar tanto a su padre en sus largas horas de jornada laboral no esperaba que éste llegase a casa para correr hacia él y colgarse de sus brazos.


Con su par de meses por encima de los 3 años hacia las travesuras típicas de su edad, tal vez por mojarse en algún paseo por alguna laguna, por despertarse de noche con alguna pesadilla o por romper algún que otro adorno con la pelota pagaba las consecuencias con su iracundo padre. Quien acostumbraba golpear al pequeño en sus extremidades con sus fuertes y ásperas manos de carnicero al grito de: “¡Por portarse mal! ¡Por portarse mal!”.


Una tarde luego de salir de su agobiante jornada laboral, habiendo pasado más de una ronda de licores por su garganta y con su ira evidentemente incinerada ya en las llamas del alcohol; regresó a su casa tambaleante. Allí lo esperaba Juancito para escalar la fisionomía de su padre como hacía todos días, pero algo aquella tarde sería distinto.


Apenas cruzó la pesada puerta del humilde hogar, el niño saltó sobre él y éste tan fuera de equilibrio como pocas veces se lo ha visto cayó pesadamente en el piso de la precaria vivienda haciendo retumbar todo a su alrededor. En vano serían los intentos de su madre por defender a su pequeño hijo. La ira había invadido a aquel tozudo padre cegándolo de toda conciencia.


-¡Por portarse mal! ¡Por portarse mal! ¡Por portarse mal!, vociferaba mientras azotaba sus bestiales manos contra las del indefenso Juan. Una vez agotado cesó el castigo y la madre corrió en socorro del niño.


Juntos escaparon a la pieza de la criatura y se refugiaron esa noche sin más que decir, ni que hacer que consolar los llantos casi silenciosos del pequeño niño.


Por la mañana las manos de Juancito ya no se veían igual, eran grotescas, los dedos pequeños apenas se divisaban en un mar violeta oscuro de carne inflamada y huesos rotos. La pobre mujer corrió con el pequeño al hospital de la ciudad. Magro sería el panorama que la medicina le ofrecería a su hijo.


-En mi carrera profesional he visto extremidades en tan penoso estado. Le confesaba el Doctor del pueblo a la desconsolada madre que vislumbraba el destino de las pequeñas manos de su hijo.


“Amputación total de ambas manos” figuraba desde entonces en la historia clínica del niño. Largas serían las horas de padecimiento que de allí en más vendrían.


Los días se transformaron en semanas y las semanas en meses. Fueron en total 137 puestas de sol, transcurridas en las frías y blancas paredes de aquel hospital. Sólo su madre y el olor típico de medicamentos, gasas y dolor eran compañía de Juan por esos eternos días de internación.


Finalizado ese tiempo, el doctor le otorgó el alta médico, no sin antes darle un enorme abrazo a la madre y al hijo mientras más de una lagrima caía con destino certero a su tupida barba. Era hora de volver, de volver a casa.


El humilde hogar ya no era tan humilde, ni el padre era ya aquel hombre que tanto sufrimiento había causado. Ya no bebía. Ya no maldecía. Ya no era tozudo. Había cambiado completamente consumido en los hervores del arrepentimiento. Ya nada quedaba del padre que Juan había conocido.


El pequeño aun retorcido por los recuerdos de aquella salvaje noche dudaba de entrar al lugar que supo ser su hogar. Animado por su madre, su única y fiel compañera de vida cruzó la puerta y fue recibido por su padre con un eterno abrazo. El hombre no escatimaba lágrimas que durante cerca medio año estuvieron esperando aquella oportunidad.


Esa misma tarde de reencuentro, aprovechando que su madre se encontraba en otra sala de la casa, el niño ya con poco más de 4 años se acercó a su padre para saber un poco más de aquel hombre.


-“Papá, ¿cómo me he portado hoy?”, le consultó curioso.


-“Bien Juancito, muy bien te has portado.”, contestó el padre algo confundido.


-“Mmm… bueno… entonces… ¿puedes devolverme mis manos?” gritó Juan.


El padre impactado corrió a su habitación y sollozando abrió el cajón de la mesa de luz dejando caer todo lo que allí había.


Un fuerte estruendo retumbó en todo el hogar, mientras se teñía de rojo intenso la madera del piso de aquella pequeña habitación. Gota a gota escapaba el último aliento del padre que había decido quitarse la vida ante tan certero y penoso reclamo.


Desde aquel día el silencio de ese lugar sólo es interrumpido por el llanto desconsolado de un hombre y un sollozo que susurra: “Perdón… perdón…perdón…”

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