¿Qué quieren decir las pintadas en las escuelas?
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 12 horas
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Hay algo que está pasando y no da para hacerse el boludo. En estos días, caminando escuelas, hablando con pibes, viendo paredes escritas con fibrones gruesos que dicen “mañana se pudre todo”, “voy a caer armado”, entendés que el problema ya no es algo que miramos por YouTube en Estados Unidos. Esto ya está asomando en Río Gallegos.

Y no, no es solo una joda pesada. Tampoco es automáticamente un futuro tirador. Pero sí es un síntoma. Y bastante claro.
Porque cuando un pibe escribe eso en una pared, no está solo “amenazando”. Está diciendo: mirenmé, escuchenmé, existo. A su manera, medio torcida, medio oscura, pero es eso. Y si lo observás con lo que dicen los análisis sociológicos, todo empieza a cerrar… y a preocupar más.
Primero: dejemos de repetir la cómoda de “está loco”. La mayoría de los casos grosos en el mundo no arrancan por ahí. No es un villano de película. Es, muchas veces, un pibe que viene acumulando bronca, vergüenza, humillación. Que se siente afuera del juego. Que no encaja. Que lo boludean. Que no la pone ni en pedo en términos sociales: no tiene lugar, no tiene tribu, no tiene respeto.
Y ahí aparece algo que se escucha mucho: la masculinidad herida. Sí, suena académico, pero bajado a santacruceño básico es simple: el chabón siente que no vale una verga ante los demás. Que es invisible o, peor, que es el descanso del curso. Y en ese caldo, la fantasía de “un día van a ver quién soy” empieza a tomar forma.
Las pintadas van por ahí. Son como un tráiler. Un aviso. Un “ojo conmigo”. No necesariamente porque lo vaya a hacer, sino porque necesita construir una imagen de poder que no tiene. Es revancha simbólica. Es decir: “no me jodan más porque puedo pudrirla”.
Después tenés el combo aislamiento + desconexión. Pibes que están en la escuela pero no están. Nadie los registra en serio. O están rodeados de gente pero igual se sienten solos. Y ahí hay una falla más grande que el individuo: falló la red. Falló la escuela, falló el grupo, falló el adulto que tenía que leer entre líneas.
Porque seamos honestos: las señales están. Siempre están. El tema es que aparecen fragmentadas. Uno ve una cosa, otro ve otra, nadie arma el rompecabezas. Entonces cuando aparece la pintada, recién ahí todos dicen “uh, esto era en serio”.
Y hay otra cuestión que incomoda, pero hay que decirla: el efecto contagio. Hoy los pibes consumen todo. Ven videos, hilos, historias de otros casos, juegos en línea. Saben nombres, métodos, detalles. Y algunos flashean con eso. No porque quieran morir o matar, sino porque ven ahí una forma extrema de dejar de ser nadie.
En ese contexto, la pintada también copia. Replica. Es lenguaje aprendido. No nace de la nada.
Ahora, traigamosló a lo nuestro. Río Gallegos no es una burbuja. Que aparezcan estas amenazas no significa que mañana va a haber un tiroteo. Pero tampoco es “una boludez de pibes” y listo. Es un termómetro.
Algo se está tensando.
Y ojo con la respuesta fácil: más control, más sanción, más mano dura. Sirve hasta ahí. Si el pibe ya está en esa, castigarlo sin entender qué lo llevó es como tapar humedad con pintura: queda prolijo dos días y después vuelve peor.
Acá hay que laburar más fino. Detectar antes. Escuchar en serio. Meter adultos que no miren para otro lado. Y sobre todo, entender que estas pintadas no son el problema final. Son el aviso de que algo viene mal parido desde antes.
Porque el peligro no arranca cuando alguien dispara. Arranca cuando nadie escucha… y el único idioma que le queda a un pibe es escribir en una pared que todo va a explotar.
*La escuela que fabrica pibes rotos (y después se sorprende)*
Si las pintadas son el aviso, el bullying es la máquina que viene laburando hace rato. No es un accidente ni “cosas de chicos”. Es un sistema que muchas veces produce jerarquías, expone, humilla y deja a varios afuera. Y después, cuando alguno amaga con romper todo o aparece una amenaza escrita en una pared, los adultos se miran entre sí como si hubiera caído un rayo de la nada. No cayó de la nada. Se vino gestando.
La escuela, que en el discurso es contención, en la práctica muchas veces funciona como una fábrica de posiciones. Ahí adentro se define quién manda, quién cae bien, quién pasa desapercibido y quién queda marcado. Y eso no lo arman solo los pibes: hay reglas no escritas, silencios que convienen y adultos que, por cansancio o desborde, permiten correr. Entonces el bullying deja de ser una cargada aislada y se vuelve un mecanismo. Repetición, público, impunidad. Un pibe queda expuesto, el resto se ríe, el apodo se pega, el video circula, la historia sigue. Y lo más jodido no es el chiste en sí, es la certeza de que nadie lo va a frenar de verdad.
Ahí empieza el desgaste fino, el que no se ve en un parte disciplinario. El que recibe no solo la pasa mal: empieza a armar una identidad alrededor de eso. El raro, el lento, el que no encaja. Y cuando esa etiqueta se te pega, moverte es carísimo. Si te defendés, quedás como el loquito; si te callás, te pasan por arriba; si te vas, confirmás el lugar que te dieron. Entonces acumulás. Bronca, vergüenza, aislamiento. Acumulás esa sensación de no valer nada en ese mundo que, quierás o no, te ocupa media vida.
Mientras tanto, el grupo aprende rápido cómo sobrevivir: algunos agreden para subir, otros se suman para no caer, varios miran para otro lado para no quedar pegados. Y la rueda gira. La escuela no integra, clasifica. Ordena a los pibes como si fueran fichas y fija roles que después cuestan un huevo (y la mitad del otro) romper. Si además le sumás redes, el asunto no termina cuando suena el timbre. Sigue en el celular, en los grupos, en las historias. No hay descanso. Es 24/7. Es pertenecer o desaparecer.
En ese caldo, las amenazas y las pintadas no aparecen como un capricho suelto. Son lenguaje. Son un intento torcido de recuperar poder cuando todo lo demás falló. Es el “mirenmé” llevado al extremo. No porque todos los que escriben eso vayan a hacerlo, sino porque necesitan salir del lugar de nadie aunque sea por un rato. Y eso debería encender alarmas, no para entrar en pánico, sino para entender qué se está produciendo adentro de las escuelas.
Lo jodido es admitir que los adultos suelen ver fragmentos y subestimarlos. “Son bromas”, “arreglen entre ustedes”, “no exageren”. O intervienen tarde, cuando el daño ya está instalado. Falta tomar en serio lo que pasa entre pibes como parte central de la vida escolar, no como un ruido de fondo. Porque no es un teatro menor: es el corazón de cómo se construye la identidad ahí adentro.
Entonces seguimos en la contradicción: un sistema que naturaliza la humillación cotidiana y después se escandaliza cuando alguien responde mal o cuando aparece una amenaza escrita en una pared. No es misterioso, es incómodo. Y si no se toca esa lógica, vamos a seguir corriendo detrás del síntoma. Porque el problema no arranca cuando alguien cruza un límite extremo. Arranca mucho antes, cuando la escuela deja de ser un lugar donde todos tienen lugar y pasa a ser una máquina que decide, todos los días, quién vale y quién no.
*Todos venimos del bullyng*
Hay que ser sinceros y decir en voz alta: todos venimos del bullying. En mayor o menor medida, todos aprendimos la escuela como un sistema de posiciones, de etiquetas, de ver quién está arriba y quién abajo. Algunos la ligaron más fuerte, otros pasaron raspando, otros sacaron ventaja. Pero nadie salió del todo limpio. Esa lógica se te mete en la cabeza y después la replicás en el laburo, en la política, en las redes, en la vida.
Por eso, cuando mirás figuras públicas como Javier Milei, más allá de si te gusta o no, hay un patrón que cierra: alguien que creció en un entorno de confrontación, de exposición, de tener que afirmarse a los gritos para no quedar aplastado. No es un caso aislado ni excepcional, es bastante representativo de una cultura que premia al que se impone y castiga al que duda. El tema es que cuando ese estilo escala a niveles de poder, deja de ser una dinámica de aula y pasa a ser una forma de gobernar vínculos.
Y acá viene lo más filoso: la escuela no solo tolera esa lógica, también la institucionaliza con gestos que parecen positivos. El ejemplo más claro es el de los abanderados y escoltas. A simple vista, es reconocimiento al mérito. Suena justo. Pero si lo mirás sin maquillaje, es otra forma de ordenar públicamente a los pibes: los “mejores” adelante, el resto atrás mirando.
Al abanderado lo subís a un pedestal que también pesa. Lo convertís en símbolo, lo exponés, le cargás expectativas y le pegás una etiqueta que no siempre eligió. Y al resto le estás diciendo, aunque nadie lo diga así: “vos no llegaste”. Es una jerarquía oficializada, con acto, aplauso y foto. Un ranking de mierda
No hace falta que haya insultos para que haya violencia simbólica. A veces alcanza con comparar todo el tiempo. Con medir el valor de los pibes en una sola dimensión y hacerlo visible delante de todos. Eso también ordena quién se siente capaz y quién se empieza a correr solo.
Después nos preguntamos por qué hay tanta necesidad de validación, por qué el reconocimiento se vuelve una obsesión o por qué algunos se endurecen y otros se apagan. Y bueno… si te formaron en un sistema donde siempre hay un podio y un resto, es lógico que te manejés así. Competís o te escondés.
Esto no es demonizar el esfuerzo ni decir que da lo mismo todo. Es cuestionar cómo se reconoce y qué efectos tiene. Porque una cosa es valorar procesos, acompañar, ampliar oportunidades. Otra muy distinta es armar escenas donde se fija, frente a todos, quién vale más.
Si lo conectás con lo que veníamos viendo —bullying, amenazas, necesidad de ser visto— cierra un poco más el cuadro. La escuela, muchas veces sin querer, sigue jugando el mismo partido: clasifica, expone, compara. Y después se sorprende cuando esa lógica reaparece en formas más crudas.
Capaz el desafío no es bajar la exigencia, sino cambiar la lógica del reconocimiento. Menos podio, más trayectorias. Menos etiqueta fija, más movimiento. Menos espectáculo de “los mejores”, más construcción de pertenencia para todos.
Porque mientras sigamos educando en un sistema donde siempre hay uno arriba y varios abajo, no estamos saliendo del bullying. Lo estamos administrando con mejores modales.
*La política como patio de colegio (pero con poder de verdad)*
Si entendés que muchos de nosotros nos formamos en una escuela que clasifica, expone y ordena a los pibes en ganadores y perdedores, entonces no debería sorprenderte demasiado el nivel de choque que vemos hoy en la política argentina y en Santa Cruz. No es que de grandes nos volvimos así de la nada. Es que estamos jugando de adultos lo que aprendimos de chicos.
Los actores sociales que hoy ocupan lugares de poder —políticos, dirigentes gremiales, funcionarios, referentes mediáticos— no salieron de un laboratorio neutral. Salieron de aulas donde había que hacerse lugar como sea, donde el respeto se negociaba con carácter o con exposición, donde quedar como débil era sinónimo de quedar afuera. Ese entrenamiento no se borra: se transforma en estilo.
Por eso la escena pública muchas veces parece un patio de colegio agrandado. Chicanas constantes, necesidad de tener la última palabra, operaciones para dejar al otro en offside, discursos que buscan aplauso propio más que entendimiento común. No es solo estrategia política: es una forma de vincularse que viene de atrás. Es el mismo reflejo de “no me dejo pisar”, pero con cámaras, cargos y decisiones que impactan en todos.
En ese clima, ceder es imposible. Negociar se lee como rendirse. Escuchar al otro sin buscar ganarle parece ingenuo. Entonces cada actor se planta fuerte frente a su tribu, sobreactúa firmeza, endurece el discurso y convierte cualquier diferencia en un ring. Y así, lo que podría ser conflicto productivo termina siendo desgaste permanente.
En Santa Cruz eso baja directo a la calle. Conflictos largos, posiciones rígidas, discursos que se radicalizan para no perder legitimidad interna. Hay reclamos reales, sí, pero también hay una lógica de fondo donde nadie quiere quedar como el que aflojó. Porque aflojar, en el código aprendido, es perder estatus. Y perder estatus es volver a ese lugar que todos evitamos desde pibes.
Incluso la forma en que se construyen liderazgos tiene esa marca. Se valora al que “se planta”, al que “no negocia”, al que “dice lo que otros no se animan”. Eso garpa porque conecta con esa vieja necesidad de ver a alguien que no sea vulnerable. Pero también te encierra en un modelo donde la dureza es la única moneda válida y todo lo demás parece debilidad.
El resultado es una coyuntura cargada, áspera, donde cuesta horrores bajar un cambio. No porque falte inteligencia o capacidad, sino porque sobra reflejo aprendido. Ese que te dice que si no ganás, perdés; que si no imponés, te pasan por arriba; que si no exponés al otro, te exponen a vos.
Y mientras tanto, la sociedad queda en el medio, viendo cómo se repite una lógica vieja en escenarios nuevos. Distintas caras, misma dinámica. Cambian los nombres, no el juego.
La salida no es ingenua ni mágica. Pero sí empieza por algo básico: entender que lo que hoy vemos no es solo política. Es cultura. Es formación. Es una manera de vincularnos que viene de larga data. Y si no se cuestiona eso, vamos a seguir atrapados en el mismo guion, discutiendo fuerte, avanzando poco y repitiendo, una y otra vez, el mismo patio… pero con consecuencias mucho más grandes.
Por @_fernandocabrera




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