¿Qué se esconde en la mente de un descuartizador?
- Santa Cruz Nuestro Lugar
- hace 34 minutos
- 4 Min. de lectura
Esta columna está pensada con absoluto respeto hacia los lectores de Santa Cruz nuestro lugar y, especialmente, hacia las víctimas y sus familias. No busca caer en el golpe bajo ni en el morbo berreta que suele aparecer alrededor de estos hechos, sino intentar aportar una mirada de análisis sobre una clase de crímenes que, lamentablemente, Río Gallegos ya conoció demasiadas veces. Porque detrás del espanto no solamente hay una causa judicial: también existe una pregunta humana, psicológica y social que sigue retumbando en la cabeza de cualquiera que prende la tele, abre una página de noticias o escucha comentarios en la cola del súper.

Hay algo particularmente estremecedor en los homicidios donde aparece el descuartizamiento. No únicamente por la violencia física del acto, sino porque detrás de esa modalidad suele esconderse un mecanismo mental distinto al asesinato impulsivo tradicional. En Río Gallegos, ciudad chica, ventosa, de rutinas repetidas, persianas bajas temprano y silencios larguísimos, este tipo de episodios sacuden distinto porque revientan esa fantasía de normalidad que muchas veces creemos tener comprada. Y no es la primera vez que pasa. La historia policial santacruceña arrastra varios antecedentes donde el cuerpo deja de ser solamente la víctima para transformarse en algo a manipular, ocultar, fragmentar o directamente hacer desaparecer.
El caso de Aníbal Cepeda vuelve a abrir esa cicatriz.
Un jubilado de 72 años desaparece. Pasan días de incertidumbre. La Policía rastrilla descampados, intervienen distintas divisiones, hay allanamientos, movimientos, comentarios por debajo de la mesa y esa sensación pesada que empieza a circular cuando en una ciudad todos sienten que algo fulero está pasando. Hasta que el horror aparece repartido en partes: restos hallados dentro de un tanque de agua sobre Gobernador Moyano al 500 y otros encontrados en un pozo ciego de una vivienda cercana. Fragmentos humanos escondidos como si el asesino hubiese querido licuar la identidad de la víctima dentro de la propia estructura doméstica de la ciudad. Agua, cloaca, profundidad, encierro. Sitios pensados para tapar aquello que nadie quiere tener enfrente.
Y ahí es donde el análisis forense psicológico empieza a ponerse verdaderamente pesado.
Porque el descuartizador rara vez mata solamente para matar. El desmembramiento posterior suele hablar de otra necesidad mental: dominio absoluto, eliminación de rastros, despersonalización de la víctima o, en ciertos casos, una relación emocional completamente torcida con el cadáver. El cuerpo deja de representar a una persona y pasa a convertirse en un problema logístico, un símbolo de sometimiento o un objeto sobre el cual el homicida siente control total.
En criminología, los especialistas diferencian muchas veces entre el “descuartizamiento funcional” y el “descuartizamiento emocional”. El primero busca facilitar traslado, ocultamiento o desaparición del cuerpo. El segundo contiene un componente psicológico muchísimo más oscuro: bronca acumulada, resentimiento, humillación, deseos de destrucción simbólica o una necesidad enfermiza de arrasar incluso con la identidad física de la víctima. Y en ocasiones ambas cosas se mezclan en una combinación espantosa.
En ciudades chicas como Río Gallegos aparece además otro factor clave: la cercanía emocional. Acá casi nadie desaparece completamente en el anonimato. Las distancias humanas son cortas. Los vecinos se cruzan todo el tiempo. Los nombres corren rápido de boca en boca. Eso provoca que muchísimos hechos violentos nazcan dentro de vínculos previos: conocidos, convivencias detonadas, amistades deterioradas, guita de por medio, resentimientos silenciosos o personalidades que durante años logran camuflarse detrás de una apariencia común y corriente.
El asesino desorganizado suele actuar desde el caos, dejar huellas impulsivas y mandarse errores inmediatos. Pero quien desmiembra un cuerpo muchas veces atraviesa etapas posteriores al crimen que requieren tiempo, frialdad y una tolerancia psicológica brutal. Ahí aparece una pregunta verdaderamente perturbadora: ¿qué pasa dentro de la cabeza de alguien capaz de permanecer durante horas manipulando restos humanos?
Los peritos criminalísticos observan varios patrones. Uno de ellos es la cosificación absoluta de la víctima. El homicida necesita “deshumanizar” el cuerpo para soportar lo que está haciendo. Otro patrón frecuente es el intento de recuperar control frente a una situación que lo sobrepasa. El cadáver fragmentado representa, para ciertas mentes criminales, la ilusión de poder reordenar el escenario después del crimen, como si despedazar pudiera borrar lo ocurrido.
Pero existe algo todavía más escalofriante: el mecanismo mental de compartimentación. Muchos descuartizadores consiguen alternar entre actos monstruosos y conductas cotidianas casi normales. Pueden cocinar, fumar, dormir, mirar televisión, revisar redes sociales o incluso hablar con alguien mientras conviven temporalmente con el cadáver o con sus restos. Ese mecanismo psicológico revela una desconexión emocional severa, una capacidad de bloquear empatía y culpa para priorizar supervivencia, ocultamiento o satisfacción psicológica.
En Santa Cruz ya existieron casos donde el espanto convivió durante días detrás de paredes comunes, patios internos o viviendas aparentemente normales. Y quizás eso sea lo más bravo de aceptar para cualquier comunidad: entender que el horror no siempre viene de afuera. A veces comparte vereda, saluda, charla, hace compras y construye una máscara social perfectamente funcional.
Por eso estos episodios generan una conmoción distinta. El descuartizamiento toca un miedo profundamente primitivo: la destrucción de la identidad humana. El cuerpo fragmentado deja de ser solamente evidencia judicial y se transforma en un mensaje brutal. Hay una intención de borrar a la persona incluso después de muerta.
Mientras el médico forense Francisco Echandi trabaja para confirmar científicamente la identidad de los restos hallados y la Justicia avanza sobre la situación procesal de Félix Marcelo Curtti, Río Gallegos vuelve a quedar frente a una pregunta áspera que aparece cada vez que sucede un crimen de esta magnitud: cuánto puede esconderse detrás de una vida aparentemente normal antes de que la violencia termine reventando todo.
Por @_fernandocabrera
