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TSJ: Una justicia adicta a un patrón de estancia con toga

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • hace 4 horas
  • 2 min de lectura

En la Argentina, la maña de armarle la quinta propia al Poder Judicial no pasa nunca de moda. Cuando en la Legislatura de Santa Cruz rebotó el intento de juicio político contra las vocales del Tribunal Superior de Justicia, en el Ejecutivo provincial desempolvaron el pizarrón de las picardías administrativas.

La jugada fue rápida y sin anestesia: apelaron al Decreto 608 para jubilar de guapo y «de cajón» a las magistradas Alicia Mercau, Reneé Fernández y Paula Ludueña. Aunque el buen lector de "Santa Cruz nuestro lugar" sabe que nadie se va de oficio, la propia Ludueña saltó con los tapones de punta a aclarar que de renuncia nada, que las pasaron a retiro al toque. Cristian Sánchez, el vocal por los activos en la Caja, ya avisó que la maniobra huele a rosca encubierta y vuelve a la carga en los tribunales para frenar este manotazo a la institucionalidad.


El trasfondo de esta tramoya no es otro que liberar tres sillones para enviar nuevos pliegos a la Cámara de Diputados y moldear una mayoría adicta en el máximo tribunal. La receta es más vieja que la escarapela y encuentra antecedentes memorables en nuestra historia criolla. Ya en 1947, el peronismo le metió un juicio político exprés a la Corte conservadora para poner jueces de su propio palo.


Décadas más tarde, en los noventa, Carlos Menem amplió la Corte Suprema de cinco a nueve miembros para garantizarse una «mayoría automática» que le votara los fallos a pedido. Más acá en el tiempo, el kirchnerismo perfeccionó el método mediante presiones sistemáticas, amansadoras presupuestarias y el copamiento de juzgados vacantes con militantes de la primera hora.


Esta costumbre de transformar los tribunales en una escribanía del gobierno de turno no es un mero internismo entre rosqueros de la política. Cuando la Justicia se convierte en un apéndice de la Casa de Gobierno, el ciudadano de a pie queda totalmente en bolas frente al poder estatal. Sin jueces independientes que le pongan un freno a las arbitrariedades del Ejecutivo, las libertades individuales se vuelven un concepto abstracto y la seguridad jurídica pasa a ser un chiste de mal gusto.


En cualquier rincón del mundo donde el poder político mete la mano en los tribunales, la regla del juego se vuelve impiadosa: para los amigos del poder hay contemplación y ley flexible, mientras que para el resto del pueblo solo queda la guadaña. Un pueblo sin una Justicia neutral carece de instituciones republicanas y termina viviendo, sencillamente, bajo la voluntad de un patrón de estancia con toga.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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