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  • Foto del escritorSanta Cruz Nuestro Lugar

Un clásico en peligro: ¿Laguna de los Tres o de los Miles?

Es el título de un artículo que preocupa e invita a la lectura por su relato en primera persona de La Nación, redactado por Carolina Reymúndez quien puntualiza “El trekking más popular de El Chaltén, que da acceso a una de las vistas más espectaculares y cercanas del Fitz Roy, se ha convertido en una atracción masiva, sin registro ni control”.

La camioneta que nos trajo hasta acá se aleja por el ripio llevándose el ruido. Quedamos en silencio ante el circo de montañas. Solas frente al camino por conocer. Ajustamos las mochilas y enseguida estamos andando por los pastizales. Cruzamos un arroyito de un salto y nos detenemos a ver una flor roja, diminuta.


El objetivo es la Laguna de los Tres, desde donde, si la brecha lo permite, veremos el cordón del Fitz Roy en primer plano. “Tenés la montaña ahí nomás”, me dijeron antes de viajar. En la jerga chaltense, la brecha es la grieta de buen tiempo, y siempre se espera. Más que a un amor.


A diferencia de la mayoría, haremos el trekking en dos días. Esta noche dormiremos en un campamento medio secreto –no es el campamento Poincenot– y mañana temprano subiremos el tramo más empinado.



–Tenemos tres horas hasta el campamento y eso es lo que queda de luz.

Dice Martina Oyola, que camina conmigo a buen paso. Tiene 21 años y es escaladora. Como muchos de su edad, llegó a El Chaltén para hacer la temporada. Trabaja en una empresa de turismo y cuando está de franco hace boulder enfrente del pueblo o se va a escalar. Le dicen Martu y tiene la espalda ancha como un superhéroe. Entre el pelo negro, largo, se cuela un mechón rosa. Martu es hija de escalador y le gusta decir que aprendió a caminar en el refugio Jakob, en Bariloche. Desde hace unos meses tiene novio escalador. Es brasileño; lo conoció en El Chaltén: uno de los cientos de extranjeros que llegan a escalar. Mientras caminemos me contará historias de vida y muerte en paredes, rocas, grietas, y comprobaré que Martina sueña en vertical.


–Cuando era chiquita le dije a mi papá que quería ser un gigante para abrazar a las montañas.


Comienzo este trekking sin saber de escalada y cuando salgo tengo la sensación de haber pasado por una Ted Talk sobre el tema.


No hay contrastes con el cielo blanco de nubes. Transitamos el paisaje abierto del Parque Nacional Los Glaciares, el mismo parque del glaciar Perito Moreno, pero en el sector norte. El ambiente está húmedo y fresco. Subo el cierre del polar.


Antes del mirador del glaciar Piedras Blancas entramos en un bosque antiguo de lengas con líquenes y barbas de viejo colgantes. Bosque andino patagónico, cerca de los hielos continentales. Además de lengas hay ñires, que se adaptan bien a la estepa y de a poco viran al naranja. Los coihues, en cambio, necesitan más agua, por eso no se ven en este camino.


Un golpe seco y constante pincha la calma del bosque. Paramos para escuchar al carpintero. Me saco la mochila despacio, salgo del camino y sigo el sonido hasta tenerlo a un par de metros. No se va. La cabeza roja, los ojos amarillos y el cuerpo negro con detalles de plumas blancas. Carpintero patagónico, uno de los más grandes, también se lo llama gigante. Golpea tan fuerte el tronco que no se entiende cómo el pico no se le quiebra. Pero no: el carpintero picotea y picotea rápido en busca de larvas que comerá con su lengua larga. Los árboles de alrededor están ahuecados; más atrás la hembra, de color negro brillante, pica y pica. Vuelvo al camino llena de fotos del pájaro loco.



Después de un puente con capacidad para una persona vemos el desvío: Km 7,5. La penumbra nos pisa los talones y cuando entramos en el bosque apenas se ve, pero está todo listo. Como un duende del nothofagus, aparece Fernando Recia, el campamentero que nos da la bienvenida.


–Las estaba esperando.

Hay dos empresas que ofrecen la posibilidad de comer y dormir a medio camino y, por la mañana, fresco y descansado, seguir al objetivo.


Fernando nos muestra las carpas impecables y entrega bolsas de dormir abrigadas.

–Las espero en diez minutos en el carpón grande para cenar.


La oscuridad lo cambia todo. Adentro del bosque no se ven las estrellas ni nada. Enciendo la linterna de minero para caminar desde la carpa hasta el carpón.


Nos acomodamos en una mesa larga, bien puesta. Enseguida llega la sopa de calabaza y al rato el lujo de los montañistas: Sabor de Reyes, comida casera termoestabilizada que se cocina a baño María y en seis minutos está lista. Risotto, cazuela, lentejas, hay para elegir. Mientras cenamos, el refugiero cuenta sus días alejado de la conexión wifi y cerca de la naturaleza. Conversamos en la semipenumbra cuando se escucha un estampido que se acerca.


–¿Qué es eso?

–¿Animales?

–No, gente corriendo. ¡El atardecer!

–¡Vamos!

Nos sumamos al trote de una familia extranjera y, unos metros después, el monte Fitz Roy aparece recortado sobre el cielo naranja, rosa, lila. Podría ser chafalonería del Barrio Chino, pero estoy acá, me pellizco, este momento es real. Fotos, muchas fotos, la misma foto varias veces por esa obsesión de llevar algo tangible de esta tarde etérea que cambia segundo a segundo y es dramática, única, divina.


El cordón del Fitz es el patio trasero del campamento secreto. Una línea de agujas y torres de distintas alturas.

–Yo lo veo como un electrocardiograma –dice Fernando.

Por la noche volvemos y sigue la brecha: veo una estrella fugaz gorda como un balón de oro que atraviesa el cielo delante de las agujas. Espero haber pedido un deseo porque se ve poderosa.

Temprano, antes del amanecer, volvemos al patio del tesoro. Antes del alba distingo la roca blancuzca en la noche ciega. A medida que aclara se ilumina el paisaje. Fernando, el campamentero, señala huellas sobre un sector arenoso entre las rocas.


–Anduvo rondando un puma.

Media hora más tarde, la roca se ve amarilla y con una nitidez asombrosa. Creo que después de recitarlo y dibujarlo lo aprendí de memoria, quizás por eso de que conocer es amar: Techado Negro, Mojón Rojo, Aguja S, Saint Exupéry, Rafael Juárez, Poincenot, Fitz Roy, Pilar Goretta, Val Biois, Jean Mermoz, Guillaumet. Son los cerros y agujas principales. Le pido a Martu que me tome la lección.


A las ocho de la mañana salimos del campamento secreto y nos incorporamos en el trekking Nº 1 de El Chaltén. Dejamos peso en la carpa y lo buscaremos de bajada, vamos con lo indispensable, livianas. Pasamos por el campamento Poincenot, que es gratuito y también tiene una gran vista del Fitz. Cuento 20 carpas. Hablo con un inglés y con tres chicos de Lomas de Zamora; saludo a un alemán y admiro el equipo impecable de un japonés.



Desde Poincenot hasta el objetivo, la cantidad de turistas crece en forma exponencial. Tanto que en un momento parece una autopista internacional en hora pico.


Cuando hable con Jorge Lenz, guardaparques encargado de la Zona Norte del Parque Nacional Los Glaciares, dirá:

–La balanza está desequilibrada: llega mucha gente sin la infraestructura necesaria. Lo peor de todo es que las curvas de crecimiento no son alentadoras: cada vez vienen más turistas y el deterioro de los senderos se empieza a notar.


En los últimos diez años, el turismo en El Chaltén despegó con envión. En la última temporada llegaron más de 500.000 visitantes.


–Antes, la gente que iba al glaciar Perito Moreno no venía a El Chaltén –mi mamá, por ejemplo– porque implicaba otro tipo de turismo. Recordá que es Capital Nacional del Trekking, es un lugar para caminar cinco, ocho, diez horas por jornada. Hoy esa gente viene y hace trekking, muchas veces sin estar preparada. Sin el calzado adecuado para andar entre las piedras.


En esta temporada, cuenta Lenz, hubo 60 evacuaciones por caídas, tobillos, manos, quebraduras, golpes.



No vemos zorros ni piches, pero hay. Sí vemos un carancho precioso con cuello tornasolado, como si se hubiera lookeado para recibir a los caminantes. Ya no hay árboles: 1200 sobre el nivel del mar es el límite de vegetación. Caminamos entre las piedras grandes, chicas, más o menos sueltas. Martu va adelante y mientras subimos –la última etapa es una escalera– cuenta de cuando escaló la aguja Guillaumet, hace unos meses. El plan surgió en el bar Fresco, “donde pasa todo”. Un amigo escalador que llevaba a un cliente suizo a la Guillaumet le ofreció acompañarlo. Ella dijo que sí y fue su primera cumbre de escalada tradicional o alpina.


–La roca natural no es lo mismo que un muro, la conexión con la escalada es total. Las maniobras de seguridad son distintas, para llegar caminás sobre un glaciar, y por nieve. Es más técnico. La Guillo fue mi primera cumbre alpina –dice Martina, que ya tiene un objetivo para este verano: Rubio y Azul, la aguja de la medialuna, en el valle del Torre.


Hablamos y, por momentos, hay tantos caminantes que la conversación se enreda entre palabras en francés, alemán, inglés, chino, portugués. En este trekking se ve gente de muchos países y muchas edades. Algunos vienen con la lengua afuera por la subida y por el calor. La brecha trajo este sol que calienta la mañana.


En la Guillaumet, a Martina le fue bien: dio seguro en los rapeles, cargó peso y acampó en un vivac. Antes de llegar a la cumbre le dijo a su amigo: “Tengo miedo”. Él respondió: “Tranqui, Martu, vos sabés caminar”. Saber que él confiaba en ella le devolvió su propia confianza.


–Yo sabía que era capaz de hacerlo. En la montaña ese saber es importante: hasta dónde puedo y dónde no. Eso me lo enseñó mi papá.


Parada de hidratación con agua potable que cargamos en un arroyo del camino. Seguimos con la mirada el vuelo de un cóndor andino que viene de las lagunas Madre e Hija, sobrevuela el cañadón y enfila hacia la laguna Sucia. Estamos a un par de cientos de metros de llegar y el monte Fitz Roy parece un edificio de roca, inalcanzable para los que no escalamos. Los antiguos lo llamaban Chaltén, que quiere decir “montaña humeante”. Como suele coronarlo una nube, pensaban que era un volcán. Tiene 3405 metros de altura y lajas verticales y resbaladizas que complican la escalada. En el Centro de Interpretación del parque nacional, hay un museo de escalada con las primeras expediciones, logros y nombres que resuenan, como Lionel Terray y Guido Magnone, los primeros que lo escalaron en1952.



Los escaladores de todo el mundo todavía llegan hasta aquí con la ilusión de coronarlo y el libro Patagonia vertical, de Rolando Garibotti, en la mano. Vienen en busca de retos con la naturaleza. Para que ellos los transiten de ida o de vuelta, los senderos permanecen abiertos día y noche. Por esa oscuridad sin control ingresan muchos caminantes que andan toda la noche para ver el amanecer en la Laguna de los Tres. Como las dos alemanas que encontré en un bosque, pasadas de sueño. Como tres brasileños. Como la francesa. Caminan toda la noche con la visión corta que provee la linterna, sin ver el paisaje y con altas posibilidades de caerse.


–No puedo cerrar el sendero porque tengo al mejor escalador del mundo que va a batir un récord y, para llegar al Fitz, al Torre o a cualquier aguja, usa el mismo sendero de trekking –dice Jorge Lenz, el guardaparques que está en la zona hace nueve años.


En cada temporada, varios –cinco, ocho, diez, según el año– escaladores mueren en la montaña. La mayoría de las veces se quedan ahí para siempre porque bajarlos es arriesgado y costoso. Viven y mueren por la cumbre, y lo saben y lo eligen. Marcos Gorostiaga, uno de los que no volvió la temporada pasada, era amigo de Martu: un médico de 28 años que vivía en Bariloche y murió por un desprendimiento de roca en el cerro Torre.


–Cuando te toca de cerca por un amigo que muere o cuando ves a alguien lastimado en un rescate, la cabeza te hace clic, decís: “Ah, esto pasa de verdad”. Pero no dejás de escalar por eso.


Transitamos los últimos pasos en modo pan y queso. Ayer nos faltaba todo el camino y en un rato habremos llegado a Laguna de los Tres. Caminé, trepé y hasta arañé las rocas para verlo de cerca y aun así estaba lejos. Me cansé, tuve sed y primero calor y después frío. Me dolieron los pies. No lo vi sólo con los ojos, usé todo el cuerpo para llegar hasta acá.


Algunos bajan abrigados y los que subimos nos sacamos capas. La mañana está llena de sonrisas. Siento el privilegio de la brecha. La arista completa del Fitz se ve en primer plano, dan ganas de quedarse acá toda la tarde. Nos sentamos en una piedra, comemos fruta, sacamos fotos, escuchamos las exclamaciones de otros.


–¡Alto día!

Una pareja de franceses en su luna de miel posa con el Fitz detrás. Un hombre sólo pierde la mirada en las piedras. Una chica ensaya una postura de baile sobre una roca. Se abren tuppers y films con viandas y sándwiches. Desfilan medias y zapatillas de colores. La plataforma de llegada se va colmando, cuento más de cien personas. Me imagino que en algún tiempo habrá un DJ musicalizando la cumbre y será una fiesta auspiciada por marcas de ropa deportiva y frutos secos.


La bajada es larga y llevará varias horas, pero con la satisfacción de haber llegado parece que tuviéramos alas.



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