Diabetes tipo 1: la batalla silenciosa de cientos de familias
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 12 horas
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Este humilde redactor de "Santa Cruz nuestro lugar" se mandó el jueves pasado a la Caja de Servicios Sociales, buscando una fuente confiable para un informe que vengo realizando. Pero entre gente que esperaba, vi algo que me caló hondo: una mamá, con los ojos llenos de lágrimas, parada en un box, reclamando insumos para su pibe, un nene chiquito que tiene diabetes tipo 1. Y ahí, en ese instante, me di cuenta de que esta crónica no sería solo un recorte, sino la historia de tantos afiliados pero en especial de una madre que no baja los brazos, que pelea las 24 horas del día por su hijo.

Mirá querido lector, la diabetes tipo 1 en chicos no es algo que nace con ellos, no es que lo traigan de fábrica. Es una enfermedad autoinmune. ¿Y qué chucha significa eso? Que el propio cuerpo se descontrola y empieza a destruir las células del páncreas, las que producen insulina. No es una cuestión heredada fija, es una falla del sistema inmune, que se dispara sin aviso. Entonces, un pibe crece normal, juega, estudia, hasta que de repente, sin que nadie se lo espere, aparecen los primeros síntomas: sed que no se sacia, ganas de mear todo el tiempo, cansancio extremo. Y ahí, pum, llega el diagnóstico y todo cambia. Es insulina todos los días, todo el tiempo, cada comida, cada juego, cada rato. Y como si fuera poco el bajón psicológico para la familia.
Esa madre que vi ayer no solo cuida a su hijo, se convierte en su páncreas. Es la que no duerme, la que se levanta cada dos por tres, revisando un sensor, ajustando dosis, midiendo carbos. Es la que cada día le explica a la escuela, a los abuelos, a otros padres, que esto no es una boludez, que si no se controla, la situación puede volverse peligrosa en un segundo.
En Argentina, según distintas asociaciones médicas y registros sanitarios, miles de chicos viven hoy con diabetes tipo 1. Se estima que cada año aparecen cientos de nuevos diagnósticos en menores y que la enfermedad viene creciendo de forma sostenida. Pero también hay algo importante que muchas veces no se cuenta: con tratamiento, controles e insumos adecuados, esos pibes pueden tener una vida completamente normal. Pueden estudiar, hacer deportes, enamorarse, formar una familia, recibirse de médicos, docentes, ingenieros o lo que se les cante. La diabetes tipo 1 no les corta los sueños. Lo que sí les duele, muchas veces, es la ignorancia ajena.
Porque hay pibes que, además de aprender a convivir con pinchazos, sensores y controles, tienen que bancarse comentarios de boludos importantes que no sabe un joraca de diabetes tipo 1 y aun así se creen con derecho a decirles cómo vivir, qué comer o qué deberían hacer. Gente que opina sin conocer el miedo de una hipoglucemia en plena madrugada, sin entender el agotamiento mental que significa estar pendiente de un número las 24 horas. Y aun así, esos chicos siguen adelante. Aprenden demasiado temprano a ser fuertes.
Los miedos, loco, son interminables. Esa madre vive con el corazón en la garganta. Se despierta a cualquier hora, con el pálpito de si el azúcar subió o bajó. Vive en alerta: cada bajón, cada subida, cada alarma en el sensor es una pesadilla que no descansa. Y, aun así, sigue. Es mamá, es enfermera, es contadora de carbohidratos, es psicóloga. Es la que hace malabares para que todo funcione. Y mientras se desvela, trabaja, atiende al resto de la familia, nunca deja de temer. Porque lo que le pasa a su hijo no se ve, pero está ahí, 24/7, sin tregua.
La cosa es que cuando observé todo esto, me acerqué. La vi llorar, entre bronca y desolación, y le dije, tomándole la mano, “Decime, ¿qué puedo hacer por vos? Yo soy periodista. Decime a quien putear y lo hago sin exponerte” Y ahí, con la mano en la mía, entre lágrimas, me contó que solo quiere que alguien la escuche, que le aseguren los insumos, que su hijo no tenga que sufrir más porque se le complicó un trámite. Así de simple.
Y, con esa escena, esta crónica se me hizo carne. Porque no es un trámite, no es un número más. Es una familia entera, es una madre que da todo, y solo pide que alguien, del otro lado del mostrador, se ponga a la altura. Porque nadie debería estar solo en esta pelea, ni tener que explicar una y otra vez que lo único que pide es un respiro, un derecho, una mano amiga.
Así que, estimada mamá que encontré en la Caja el jueves a la mañana: espero que vos también seás una querida lectora de “Santa Cruz nuestro lugar” y que estas palabras te lleguen. Que sepás que no estás solita. Que a la par de cada mina como vos que pelea por un hijo hay quienes entendemos que también una comunidad entera debe aprender a mirar con más humanidad, con más empatía y con menos ignorancia. Y que esto le pasa a tantos otros afiliados y derivados con otras dolencias. Porque tus lágrimas no fueron un signo de debilidad. Fueron la prueba del amor inmenso con el que sostenés la vida de tu hijo todos los putos días.
Por @_fernandocabrera




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