El embole de tener que festejar y cerrar el año
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- 27 dic 2025
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Llega diciembre a Río Gallegos y arranca el mismo loop de siempre: lucecitas chotas peleándole al viento, playlists navideñas que nadie pidió y esa presión invisible pero bien densa de “dale, loco, hay que festejar”. Festejar qué, cómo, con quién y con qué ánimo, nunca queda del todo claro. Pero hay que hacerlo. Porque si no brindás, si no sonreís, si no subís la historia con la sidra tibia y el emoji de arbolito, sos un amargo, un ortiva, un antisocial. Y la verdad… ya fue.

Este humilde redactor de "Santa Cruz Nuestro Lugar", curtido por navidades fuleras de toda laya —familias rotas, mesas largas con silencios incómodos, brindis que eran puro acting— llegó hace rato a una conclusión simple y cero épica: hoy prefiero un té con pan dulce, una peli pochoclera en Netflix y a mimir temprano. No para hacerme el distinto, sino para no amargarme con nadie ni caer en reflexiones que después no llevan a nada. Porque en esta Santa Cruz castigada, la Navidad y el Año Nuevo no son para todo el mundo, aunque moleste decirlo.
El problema es que en estas fechas se instala ese mandato raro, medio pesado, del “deber ser”. De golpe pareciera que hay una forma correcta de vivir las fiestas: reunirse, estar contento, emocionarse, agradecer, cerrar etapas. Y si lo que sentís no coincide ni ahí con ese guion, aparece el malestar, la culpa, el cansancio mental. Como si uno estuviera fallando en algo básico cuando en realidad lo único que pasa es que no da.
A eso se le suma el paisaje urbano versión pesadilla: calles y comercios hasta la jeta de gente, colas eternas, empujones, bocinazos, bolsas, caras largas. Un infierno chico pero constante. Una prueba de resistencia que sería letal para cualquier agorafóbico promedio. Salís a comprar pan dulce y volvés con ganas de mudarte al campo y apagar el celular por una semana.
Y como si todo eso fuera poco, en la mesa navideña aparece otro clásico inoxidable: el **“no hablemos de política”**. Dicho en tono de ruego o de amenaza suave, como si la política fuera una mala palabra, una bomba que puede arruinar la armonía ficticia del brindis. Ahora bien, seamos sinceros —o mínimamente coherentes—: estamos festejando el nacimiento de un tipo que vino a cuestionar el orden establecido, a hablarle a los pobres, a incomodar a los poderosos y que terminó asesinado por el Estado romano con la complicidad de las élites religiosas de la época. Pero claro, mejor hablar del clima, del asado o de lo rico que salió el vitel toné.
Porque el nacimiento de Cristo no fue un hecho naïf ni meramente espiritual: fue político desde el minuto uno. Un pibe nacido en un pesebre, fuera del sistema, anunciado como “rey” en un territorio ocupado por un imperio. Un mensaje peligroso, subversivo, que no cerraba ni ahí con la Pax Romana. Y su asesinato tampoco fue un malentendido histórico: lo mataron por agitarla, por juntar gente, por cuestionar quién mandaba y para quién. Si eso no es política, la política arranca recién cuando hay spots de campaña y promesas vacías.
Pero no, en Navidad mejor hacerse el boludo. Despolitizar todo para que no incomode. Como si la fe pudiera separarse prolijamente del poder, la historia y las disputas bien terrenales. Como si la Navidad fuera solo luces, regalos y buenos deseos, y no también un recordatorio bastante incómodo de las desigualdades, las injusticias y los conflictos que seguimos sin resolver. Decir “no hablemos de política” es, en el fondo, una forma elegante de decir “no hablemos de lo que molesta”.
Y hablando de celulares: las redes se llenan de balances que nadie pidió. Hilos eternos sobre lo aprendido, posteos emotivos con fotos cuidadosamente elegidas, reflexiones profundas escritas entre el vitel toné y la sidra. Todo muy intenso, muy definitivo, muy “cierro este capítulo”. Como si la vida funcionara por temporadas y no por puro ensayo y error. Como si no supiéramos ya que en enero todo sigue más o menos igual, solo que con menos feriados.
Acá, en el sur del sur, todo eso pesa más. Porque al cansancio emocional se le suma el contexto: laburos inestables, bolsillos flacos, incertidumbre a corto plazo. Y sin embargo, el entorno insiste. El laburo arma su comida de fin de año, los amigos quieren juntarse “sí o sí”, alguien siempre tira la frase mágica: “hay que cerrar el año”. ¿Cerrar qué, maestro, si en dos semanas arranca otro igual o más imprevisible que este que se va?
Ese cierre forzado no alivia: satura. Te exige estar, participar, ponerle onda cuando lo único que querés es que te dejen tranquilo. Y cuando decís que no, que no tenés ganas de festejar ni de hacer balances emocionales, quedás marcado como el raro del grupo, el que baja la espuma del brindis.
Por eso vuelvo a lo básico, a lo honesto: té caliente, pan dulce, una peli pochoclera en Netflix y a dormir. Sin discursos, sin balances, sin promesas grandilocuentes para un futuro que nadie tiene claro. No porque no quiera a nadie, sino porque a veces cuidarse es correrse del ruido. No amargarse ni amargar.
Al final, capaz que las fiestas son eso: una inercia social de la que no podemos zafar del todo. Un ritual que se repite aunque no tenga mucho sentido, porque siempre fue así. Y uno, como puede, decide cómo atravesarlo. Algunos brindan, otros se esconden un poco. Y en ese gesto mínimo, tal vez, está la única libertad que nos queda en diciembre.
Por @_fernandocabrera




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