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El universo paranormal de Río Gallegos

Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
Santa Cruz Nuestro Lugar
hace 4 minutos
5 min de lectura

Hay ciudades donde las leyendas urbanas son apenas un entretenimiento de fogón. Río Gallegos, en cambio, siempre tuvo algo más raro, más oscuro, más patagónico. Acá el invierno te encierra la cabeza y la sensación de aislamiento hace que cualquier historia medio turbia crezca como yuyo.

Durante los ‘80 y los ‘90, antes de que internet hiciera mierda el misterio y antes de que cualquiera pudiera chequear datos en dos pedos, la ciudad vivía alimentándose de relatos paranormales, cadenas absurdas, apariciones y delirios colectivos que corrían de boca en boca con una velocidad impresionante. Y no importaba si eran verdad o no: importaba creerlas un rato. O al menos cagarse un poco de miedo.


Porque eso eran las leyendas urbanas acá: una mezcla de paranoia social, aburrimiento, necesidad de pertenecer y esa costumbre bien del sur de inventarle sentido a un lugar donde muchas veces no pasa un carajo. El galleguense siempre tuvo algo de narrador compulsivo. En una ciudad chica, donde todos se conocen o creen conocerse, cualquier rumor adquiere categoría de verdad revelada. “Le pasó al primo de un amigo”, “mi vieja conoce al taxista”, “un vecino lo vio”. Y listo. Ya estaba. Circulaba por escuelas, por remises, por sobremesas familiares y por los recreos con una fuerza casi religiosa.


Uno de los ejemplos más delirantes fue el famoso pánico de los papelitos con LSD. Sí, esa historia falopa de que estaban repartiendo estampitas, tatuajes transferibles o papelitos con dibujos de Bart Simpson, Mickey Mouse, mariposas o payasos impregnados con droga para enganchar pibes. El relato venía importado de afuera, claramente, pero acá prendió como fuego en pastizal seco. Las madres entraban en estado de alerta total, los colegios advertían, y circulaban fotocopias horribles explicando que un simple contacto con la piel podía dejarte drogado hasta el ojete.


La cuestión sociológica de fondo era fascinante: la ciudad estaba entrando en los años donde empezaban a aparecer nuevos consumos culturales, más televisión, más influencia extranjera, más miedo al “afuera”. Entonces cualquier símbolo pop —dibujitos, stickers, tatuajes— pasaba a verse como una amenaza moral. Era el clásico pánico social conservador disfrazado de preocupación por los chicos. Y encima en una ciudad periférica como Río Gallegos, donde siempre existió cierto temor a “lo que viene de afuera”, el rumor encontraba terreno fértil. Después jamás apareció un solo caso real. Ni uno. Pero durante años hubo adultos convencidos de que existía una conspiración mundial para drogar nenes con calcomanías. Una locura hermosa.


Después estaban las adaptaciones locales de mitos internacionales. Porque el galleguense también tiene esa manía increíble de agarrar una historia global y ponerle un escenario local para hacerla más creíble. La del robo de órganos fue un clásico absoluto. Un boliche, una bebida adulterada, un tipo que despertaba en una bañera llena de hielo sin un riñón. Nunca pasó. Jamás hubo denuncias reales. Pero durante años la gente juraba conocer a alguien que conocía a la víctima. Y eso dice muchísimo de cómo funciona psicológicamente una comunidad chica: el miedo necesita proximidad. Si el monstruo vive lejos, no sirve. Tiene que estar acá a la vuelta, en el barrio, en el boliche, en la noche fría de Gallegos.


Lo mismo con la famosa pasajera fantasma. El tachero levantando una mina vestida de blanco de madrugada y descubriendo después que era un espíritu. En Río Gallegos la versión local tenía un detalle espectacular: la mina pedía ir a “Tucumán al fondo”, o sea al cementerio. Y ahí aparece algo muy típico de las ciudades australes: la relación obsesiva con la muerte. En lugares donde el clima es hostil, donde el aislamiento pesa y donde históricamente hubo tanta migración y desarraigo, el cementerio nunca fue solamente un lugar de muertos. Era casi una extensión simbólica de la ciudad. Todos conocían a alguien enterrado ahí. Entonces el fantasma no era una entidad abstracta; era casi un vecino más.


Y si hubo una religión pagana adolescente en los ‘90, fue el Juego de la Copa ¡Mamita querida! Qué cantidad de pibes aterrados después de hacerse los porongas jugando a invocar espíritus arriba de una mesa de fórmica. Eso sí era psicología social en estado puro: sugestión colectiva, presión grupal, miedo compartido y culpa religiosa mezclados en una misma escena. Bastaba que uno dijera “la copa se movió sola” para que todos empezaran a perseguirse durante semanas. Que se rompió la copa. Que no cerraron el juego. Que alguien vio una sombra. Que uno terminó enfermo. Que otro chocó el auto. Todo conectado mágicamente por una especie de necesidad humana de encontrar causalidad donde no la hay.


Porque el Juego de la Copa nunca fue realmente sobre fantasmas. Fue sobre adolescentes intentando jugar con el miedo, con la muerte y con lo prohibido en una ciudad bastante conservadora donde hablar de emociones era más difícil que manejar con escarcha. Era una catarsis colectiva disfrazada de ritual paranormal.


Y después está quizás la historia más heavy de todas. La más humana también. La de Juan Carlos “Lito” Maldonado y la doctora Mónica Costa, que tras perder a su hija Diamela en un accidente empezaron a practicar la llamada Transcomunicación Instrumental. Grabadores, ruido blanco, voces electrónicas, supuestos mensajes del más allá. Mucha gente los trató de locos, de chantas, de tener pacto con el diablo. Pero reducir esa experiencia a una simple rareza sería demasiado fácil y bastante pelotudo también.


Porque ahí lo paranormal deja de ser entretenimiento y pasa a ser una herramienta emocional desesperada para sobrevivir al duelo. Y eso cambia completamente el análisis. La necesidad de escuchar a alguien que murió, de sentir que sigue existiendo en otro plano, no nace de la ignorancia: nace del dolor insoportable. La Transcomunicación Instrumental funcionó para ellos como un puente psicológico. Un mecanismo para procesar una tragedia imposible de aceptar racionalmente.


De hecho, el fenómeno tiene mucho más que ver con la psicología social del duelo que con fantasmas flotando por el aire. Cuando una comunidad atraviesa pérdidas fuertes, aparecen rituales alternativos para sostener la idea de continuidad. Algunas personas rezan, otras van al cementerio, otras hablan con fotos, y otras intentan captar voces entre interferencias electrónicas. El cerebro humano odia el vacío. Necesita construir significado incluso en el caos más brutal.


Y en Río Gallegos eso pegó especialmente fuerte porque el sur tiene una relación muy íntima con la muerte y la soledad. Acá el silencio pesa distinto. Las distancias pesan distinto. El viento mismo parece amplificar las obsesiones. Por eso estas historias crecieron tanto. No eran solamente cuentos para asustar pendejos. Eran formas colectivas de tramitar miedos sociales profundos: la droga, la muerte, el desarraigo, la religión, la culpa, el aislamiento y la necesidad desesperada de creer que hay algo más.


Internet terminó haciendo mierda gran parte de esa magia. Hoy cualquier adolescente googlea dos minutos y descubre que la historia del LSD en stickers circula desde los años ‘80 en medio planeta. Pero también es cierto que algo se perdió. Antes las historias viajaban con el cuerpo, con la voz, con la exageración del que la contaba fumando un pucho en una cocina mientras afuera el viento silbaba como condenado. Había una construcción comunitaria del misterio.


Y capaz esa es la verdadera esencia paranormal de Río Gallegos: no los fantasmas, ni las voces grabadas, ni la mina de blanco en el taxi. Sino esa necesidad profundamente humana de inventar relatos para soportar el frío, el aislamiento y la incertidumbre de vivir en el culo del mapa. Porque al final del día, toda ciudad fabrica monstruos, milagros y apariciones. Pero en la Patagonia, bien sabe el querido lector de "Santa Cruz nuestro lugar", cualquier historia parece un poco más posible.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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