Escándalo: Mercado Libre te caga según tu cara
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 3 horas
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Hay algo que está pasando en internet y que huele bastante feo. Muy feo. No es un error, no es casualidad y tampoco es una pavada técnica. Es un sistema que empieza a instalarse en silencio: el precio de las cosas ya no es el mismo para todos. Y eso, dicho en santacruceño, es una tremenda avivada.

Funciona más o menos así: dos personas entran a la plataforma de Mercado Libre a ver exactamente el mismo producto. Misma publicación, mismo vendedor, mismo día. Pero a uno le aparece a un precio y al otro a otro bastante más salado. No porque haya cambiado el stock, ni porque haya una promoción distinta. No. Simplemente porque el sistema calcula cuánto cree que cada uno está dispuesto a garpar.
O sea: te cobran según la cara digital que tenés.
Si el algoritmo ve que comprás seguido, que tenés tarjeta, que vivís en cierto barrio o que solés gastar más, te suben el precio. Total —piensan— este boludo lo va a pagar igual.
Y así aparecen diferencias ridículas. Una cortadora de pasto que a un usuario le figura a 190 mil pesos y a otro a 280 mil. La misma máquina. El mismo vendedor. El mismo día. No es mercado, es discriminación disfrazada de tecnología.
Pero la cosa no queda ahí.
En este punto y para continuar, este humilde redactor de "Santa Cruz nuestro lugar" te sugiere hacer lo siguiente: entrá a ver el mismo producto desde otro usuario, desde otro celular o usando un VPN. Descubrirás algo que te dará por las bolas: los precios cambian. Y cambian bastante.
No es magia. Es inteligencia artificial analizando tu comportamiento de compra, tu historial, cuánto tardás en decidir, cuánto gastaste antes. Todo eso alimenta una máquina que calcula el punto exacto donde te puede sacar más guita sin que te vayas.
Es el viejo “si este puede pagar más, cobremos más”, pero automatizado.
Un curro finoli.
Y encima lo hacen desde empresas que se pasan la vida caminando al borde de la ley.
Porque esto no empezó con los precios. Antes vino con los créditos. Durante años las plataformas financieras cobraron tasas obscenas. A uno le prestaban plata al 80% anual y a otro al mil por ciento. Sí, mil. Una animalada que empujó a muchísima gente directo a la incobrabilidad.
El argumento siempre fue el mismo: “es el riesgo”. Pero en realidad era otra forma de segmentar pelotudos y exprimirlos distinto.
Ahora el modelo se traslada a los productos.
En teoría las empresas dicen que no personalizan precios según el usuario. Que los precios los ponen los vendedores. Que cambian por promociones, stock o logística. Que existe una herramienta de precios dinámicos que ajusta valores automáticamente para ser más competitivos.
Suena lindo.
Pero también suena a verso corporativo.
Porque si los precios realmente fueran iguales para todos, no aparecerían estas diferencias tan groseras entre usuarios. Y porque además sabemos cómo funcionan estas plataformas: prueban todo el tiempo microvariaciones para ver qué pasa. Suben, bajan, testean reacciones. Son experimentos permanentes con millones de consumidores como conejillos de indias. El problema es que en ese punto dejan de ser mercados.
Un mercado funciona cuando el precio surge del encuentro entre oferta y demanda. Cuando todos juegan con las mismas reglas. Cuando el precio que ves es el precio que hay.
Pero cuando una empresa puede analizar tu vida digital y decidir cuánto sacarte según tu perfil, eso ya no es mercado.
Eso es manipulación. O más bien: hijoputez.
Y no es un debate teórico. En el mundo ya explotaron escándalos por cosas parecidas. En Gran Bretaña, por ejemplo, hubo un quilombo enorme cuando salieron a la venta entradas para ver a la banda Oasis. Bots compraron miles de tickets apenas se habilitó la venta y después el sistema empezó a aplicar precios dinámicos para los fans desesperados por conseguir lugar.
Resultado: entradas que duplicaban o triplicaban su precio original.
La bronca fue tan grande que asociaciones de consumidores empezaron a exigir regulaciones.
Porque el problema de fondo es simple: cuando los algoritmos manejan los precios sin control, el mercado se vuelve una caja negra.
Nadie sabe cuánto debería costar realmente algo.
Y mientras tanto los gigantes tecnológicos siguen acumulando poder. Los tipos que manejan estas plataformas —gente como Marcos Galperin o Jeff Bezos— no solo dominan el comercio digital. También pueden influir en cómo se forman los precios.
Es un poder enorme.
Demasiado enorme para que nadie lo controle.
Y ahí aparece el problema más argentino de todos: la política mirando para otro lado. Como si esto fuera un tema técnico o lejano, cuando en realidad le pega directo al bolsillo de millones de personas.
Porque si dejamos que el precio dependa de lo que un algoritmo cree que podés pagar, el futuro es bastante claro: al que tiene más guita lo van a ordeñar más… y al que tiene menos lo van a exprimir hasta dejarlo seco.
Y todo eso sin que nadie vea cómo funciona la máquina.
Un negocio perfecto.
Para ellos.
Para nosotros, una cagada.
Por @_fernandocabrera




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