Gastre: cuando la imaginería católica prende en territorio de pueblos originarios
- Santa Cruz Nuestro Lugar
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En la meseta patagónica no hay catedrales ni campanarios que ordenen el cielo. Hay viento que (como suele decir este humilde redactor: “te culea”), piedra volcánica y una memoria larga, larguísima. Y sin embargo, en Gastre —ese nombre que a muchos les suena más a leyenda que a lugar real, porque desde hace años se lo vende livianamente como “pueblo fantasma” en notas apuradas y documentales de aire, y donde además se intenta instalar y vender el mito de que “ahí hay una Salamanca” como si fuera marca registrada del lugar— prende fuerte un relato con olor a incienso europeo: la Salamanca.
Entonces, la pregunta cae de madura: ¿cómo carajo un mito alusivo al infierno y de raíz católica termina haciendo nido en territorio mapuche y tehuelche? Bueno, no fue magia. Fue historia, poder y adaptación.
Primero, pongamos los pies en la tierra. Gastre existe. No es un pueblo fantasma ni una postal congelada para turistas del morbo. Existe y resiste, aunque desde afuera se lo empaquete seguido como “el fin del mundo” o como escenario de mitologías prefabricadas para sumar clics. Está plantado en plena meseta central de Chubut, a unos 360 kilómetros de Rawson, la capital provincial, hacia el oeste–noroeste, bien adentro, donde el asfalto se vuelve consejo y el GPS duda. Fue fundado en 1904, es cabecera de su departamento y hoy tiene alrededor de 600 habitantes en el casco urbano. El departamento entero no llega a 1.400 personas. Es uno de los rincones más despoblados del país. La gente se fue yendo con los años: se pinchó la lana, se achicó la ganadería ovina, el clima no perdona y laburo hay poco. Quedaron los que aguantan, los que eligieron quedarse, los que saben leer el viento y el silencio. Fantasma no: duro, aislado, olvidado, que es otra cosa.
Y en un lugar así, los mitos no sobran: ordenan.
Ahora sí, vayamos a la Salamanca. ¿Qué chucha es? En términos simples —pero sin subestimarla— la Salamanca es un lugar oculto, casi siempre una cueva, una grieta, un bajo en la piedra, donde supuestamente se accede a saberes prohibidos. Música que no se aprende, palabras que dominan, curaciones raras, poder. Todo muy tentador. Todo con precio. En la versión católica clásica, ahí manda el diablo, hay pacto, hay culpa y hay castigo. Manual europeo importado.
Pero acá pasa algo clave: la Patagonia no traga relatos enteros, los mastica y los escupe distintos.
Antropológicamente hablando, el mito prende porque no llega a un desierto simbólico. Mapuches y tehuelches ya tenían algo clarísimo: la tierra no es neutra. Hay lugares cargados, sitios con dueño espiritual, espacios donde no se entra así nomás. Cuando el catolicismo aterriza —no solo con fusiles, también con cuentos— no borra eso. Lo rebautiza. Donde había Ñgen, aparece el diablo. Donde había umbral, aparece la Salamanca.
Sociológicamente, el asunto es todavía más filoso. La Salamanca funciona como dispositivo de control: no te metas donde no te corresponde, no quieras saber de más, no desafíes el orden. El saber independiente siempre fue peligroso para el poder, y el catolicismo lo tuvo clarísimo. Miedo, culpa, castigo. Listo el pollo.
Pero ojo: no fue una adopción sumisa. En Gastre y en la meseta, el mito se patagoniza. Acá el diablo no grita ni ofrece oro. Acá es presencia, ausencia, música lejana, noche que se estira. La Salamanca no está llena de gente bailando: está sola, escondida, como el paisaje. Eso ya no es Europa. Eso es territorio.
Y hay algo más, que explica por qué el mito sigue vivo —y por qué desde afuera se lo intenta empaquetar y vender—. En comunidades históricamente castigadas por el despojo, la pobreza estructural y el olvido estatal, la Salamanca también es fantasía de revancha. El que entra sabe. El que entra puede. El que entra accede a un poder que el sistema le negó. Aunque sea en el relato. Aunque sea en voz baja.
Por eso en Gastre nadie te marca el lugar con el dedo. No porque no exista, sino porque sigue cumpliendo su función social. Se habla en potencial, en condicional, en susurro. No es superstición boba ni atracción turística: es respeto. Es memoria activa.
La Iglesia quiso meter miedo; los pueblos originarios y sus descendientes lo rearmaron a su manera. La Salamanca quedó como frontera simbólica entre lo permitido y lo prohibido, entre el saber propio y el saber impuesto. No es fe ciega: es adaptación, resistencia sin cartel.
Así que no, la Salamanca de Gastre no prueba el triunfo del catolicismo en la Patagonia. Prueba algo mucho más interesante: que incluso bajo dominación, los pueblos siguieron pensando el mundo con cabeza propia, aunque usaran palabras ajenas.
Y en la meseta, ya se sabe:
la tierra nunca repite un cuento sin cambiarlo antes.
Por @_fernandocabrera
