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Jairo Guzmán, el ejemplo vivo del analfabetismo político

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • hace 8 horas
  • 3 min de lectura

El querido lector de "Santa Cruz nuestro lugar" seguramente estará al tanto de las recientes y lamentables declaraciones del diputado nacional Jairo Guzmán a propósito del quilombo policial y estatal en Santa Cruz que exponen una de las pelotudeces conceptuales más comunes de la dirigencia contemporánea: la creencia de que un conflicto social puede ser "puramente salarial" y que la irrupción de identidades partidarias —en este caso, un sector identificado con el kirchnerismo— tiene la propiedad mágica de "desvirtuar" una supuesta naturaleza apolítica del reclamo.

Al afirmar suelto de cuerpo que la discusión "dejó de ser exclusivamente un reclamo salarial y pasó a tener un fuerte componente político", Guzmán no solo mete la pata con el diagnóstico, sino que incurre de lleno en lo que desde la teoría social se denomina "analfabetismo político".


Para entender por qué está meando fuera del tarro, hay que volver a la raíz. Antropológica y sociológicamente, el ser humano es un zoon politikon (un animal político), no por una elección de militancia, por llevar una bandera o por transar con una unidad básica, sino por su condición de habitante de la Polis. La Polis griega no era meramente un trazado urbano o un amontonamiento de casas; era, y es, el espacio de lo común, el territorio donde se gestionan los recursos, se distribuye el poder y se dirimen las tensiones y las cagadas de la convivencia.


No existe tal cosa como un vacío apolítico dentro de la sociedad, por más que nos quieran vender ese buzón.


Cuando un cuerpo policial o un sector estatal salta a pedir una mejora salarial, no está haciendo un trámite administrativo aséptico ni llenando un formulario de mierda. Está disputando la torta del presupuesto público, cuestionando el valor que el Estado le otorga a su laburo y tensionando la balanza del poder adquisitivo en una provincia. El salario es, en sí mismo, un nodo de relaciones políticas y económicas hasta la médula. Por ende, el reclamo original de los efectivos ya era radicalmente político antes de que cualquier actor partidario se sentara a la mesa a meter la cuchara.


Pensar que existen ciudadanos o conflictos "apolíticos" es un oxímoron, una terrible contradicción. Incluso aquel que se autopercibe neutral, apático o que dice "a mí la política no me toca", está tomando una posición política de la puta madre: la de convalidar el status quo o cederle el orto y el espacio de decisión a otros. En la Polis, hacerse el leso y abstenerse es una acción que produce efectos reales. Nadie puede desvincularse de la red de decisiones colectivas que nos configuran la existencia, por más que jueguen a los indignados.


El analfabetismo político de la lógica de Guzmán radica en confundir la "política" (la gestión de lo común y el conflicto social) con la "política partidaria" (la rosca electoral, el chicana a chicana y la disputa de facciones).


Al suponer que la legitimidad de una demanda depende de que se mantenga en un estado de "pureza" técnica o económica, el diputado vacía de sentido la naturaleza del tejido social. Los conflictos sociales no ocurren en un termo ni en laboratorios aislados; se desarrollan en el ágora, en la calle, donde las identidades políticas locales, las memorias colectivas y las facciones (en este caso, el kirchnerismo y el oficialismo provincial) inevitablemente convergen, se alían o se van a las manos.


Sin embargo, lo más reputamente fascinante desde una lectura sociológica es que el propio analfabetismo político de Guzmán no es un defecto individual, una tara de nacimiento o un error aislado; es, también, un hecho político que le atañe a la Polis.


La narrativa que intenta disociar lo "lícito" (lo salarial-económico) de lo "ilegítimo" (lo político-partidario) es una estrategia discursiva berreta. Al instalar la idea de que el conflicto fue "desvirtuado", se construye un marco conceptual que justifica patear la pelota para adelante, dilatar las respuestas o restarle autoridad a la contraparte en la mesa de negociación. El diagnóstico de Guzmán de que "la incorporación de intereses políticos dificulta encontrar una solución" es, en realidad, una jugada política que busca blindar al poder institucional de la presión de los actores movilizados.


La resolución de la tensión en Santa Cruz no va a llegar mediante una imposible evaporación de los intereses políticos, sino a través del reconocimiento explícito de estos. Negar la dimensión política de un conflicto salarial es como negar la gravedad mientras caés de culo al piso. El diálogo verdadero en la Polis comienza cuando los actores dejen de tratarse como si fueran manchas de grasa que contaminan una pureza inexistente y asuman, de una vez por todas, que en el espacio público toda demanda de dignidad es, inevitablemente, un acto político.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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