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José Honorio Ortega y el heroísmo argentino como genética

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • 15 ene
  • 3 Min. de lectura

Esta es una historia que suelo recordar en fechas como esta. Fechas como el 15 de enero, cuando en enero de 2018 se anunció la identificación de los restos de José Honorio Ortega, soldado argentino caído en Malvinas en 1982. Tenía 19 años. Era de Río Gallegos. La identificación fue posible tras la exhumación realizada por el Comité Internacional de la Cruz Roja, donde una pertenencia del soldado santacruceño resultó clave: un anillo de plata con una inscripción mínima y demoledora, “Graciela”, el nombre de la madre de las mellizas, y una fecha grabada como una promesa interrumpida: “01/01/81”. Por eso hoy, para "Santa Cruz nuestro lugar", vuelvo a esta historia:


Es 2 de abril de 2023. Feriado nacional. Viento cruzado, viento bravo, de esos que en Río Gallegos te ponen a prueba desde el primer pedalazo. Salgo del barrio Belgrano en la bici, cabeza gacha, piernas duras, pedaleando a contrapelo como si el viento fuera una idea fija que no me quiere dejar pasar. Voy para lo de los hermanos Mutti, del otro lado de la ciudad, con esa sensación rara que siempre trae esta fecha: banderas, memoria, Malvinas latiendo en el pecho.


Quince minutos después, cuando empiezo a arrimarme a la avenida Balbín, pasa lo inevitable. ¡PUM! Seco. Traicionero. La rueda trasera revienta como si también ella no diera más. Se raja la cubierta, se muere la cámara. Me quedo parado ahí, mirando el desastre, con una bronca muda y una desazón espesa. Sé que no me auxiliará nadie. Lo sé porque es 2 de abril, porque es feriado, porque la ciudad baja la persiana y se pone solemne.


Manoteo el celular. Instinto puro. Entro a un grupo público de Facebook y escribo, medio resignado, medio en joda:

“¿Algún bicicletero disponible hoy?”


No pasan ni segundos. Un tal Héctor responde. Así, sin vueltas.

“Venite a mi taller. Mi dirección es…”


Camino. Empujo la bici como quien lleva un animal herido. Cruzo hacia un barrio detrás de la autovía, calles quietas, silencio de feriado, ese silencio que no es paz sino respeto. Le aviso por inbox que llegué. Sale de su casa y me hace pasar.


Héctor es más bajo que yo, flaco, barbudo, con una colita de pelo. Cara de tristeza mansa. Podría ser un pintor posmoderno, un poeta maldito, uno de esos tipos que cargan algo pesado pero no hacen alarde. Sin preguntarme demasiado, se pone a laburar. Desarma la rueda en silencio. Revuelve entre sus bártulos como quien busca recuerdos. Saca una cámara nueva. La cubierta… no aparece. Entonces, sin dudar, le quita la cubierta a su propia bicicleta y se la pone a la mía. Así. Natural.


Para romper el silencio le digo que me sorprende encontrarlo laburando un día como hoy. Ni levanta la vista de la llanta.

—Es lo menos que puedo hacer para honrar a mi hermano.


Ahí algo me hace ruido adentro. Un nombre empieza a empujar desde algún rincón de la memoria. Y de golpe, en la cabeza, vuelve a hacer ¡PUM!, como el pinchazo de hace unos minutos atrás, cuando me confirma eso: que es el hermano de José Honorio Ortega, con apenas uno o dos años de diferencia.


El silencio se estira. Se vuelve denso. Lo corto como puedo:

—¿Y cómo era él?


—Él era como yo —me dice—. Éramos muy unidos. Sabíamos mucho de este oficio, nos lo enseñó mi viejo. Pero lo que nos apasionaban eran las motos.


Me cuenta que lo admiraba. Que él también quiso ir a Malvinas, pero no pudo por la edad. Que después intentó la escuela militar y tampoco se le dio. Mientras habla, el taller parece otra dimensión: repuestos, herramientas, estantes cargados de bicicletas, armazones y cuadros colgados en las paredes, como un museo íntimo del trabajo y la perseverancia. Pierdo la noción del tiempo.


Hasta que dice:

—Listo. La mano de obra no te la cobro. Sos argentino y esto es un servicio a la patria.


Le sonrío con el alma. Le transfiero la plata a su alias, con una propina como corresponde. Salgo. Me subo a la bici y pedaleo rumbo a lo de los Mutti. Y mientras avanzo, con el viento todavía pegando pero ya sin doler, pienso que el heroísmo argentino también es genética. Que así como en Honorio, o en su hermano, ese fuego silencioso está oculto en cualquier argentino, esperando el momento indicado para salir.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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