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Juan “Familia” Mansilla, el patrono de los ciclistas santacruceños

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • 8 oct 2025
  • 3 Min. de lectura

Los que pedaleamos en Río Gallegos sabemos que esto no es Ámsterdam. Acá el viento no empuja: te prueba. Te corta la cara, te tira de costado y te recuerda que vivir en el sur también es un deporte extremo. Pero hay nombres que hicieron del viento un aliado, que convirtieron el frío en impulso y el esfuerzo en comunidad. Uno de esos nombres —el más querido, el más recordado— es el de Juan “Familia” Mansilla, el tipo que transformó una bici en bandera.

Le decían “Familia” por algo más que cariño: porque saludaba así, siempre, con ese “¡Hola familia!” que te abrazaba antes de que pudieras responderle. No importaba si te conocía o no. Te hacía sentir parte de algo, como si con esas dos palabras fundara un pequeño mundo de afecto y pertenencia en medio del viento y el asfalto. Ese saludo fue su marca, su sello, su manera de recordarnos que en Río Gallegos nadie se salva solo.


Su hermana menor, Luisa Mansilla, lo recuerda con ternura y orgullo:


“Juan fue el mayor de todos nosotros —me dice—. Desde chico fue solidario, servicial, un tipo de barrio que no sabía quedarse quieto. De adolescente trabajó en la heladería Díaz Ruoco, repartiendo helados en una bicicleta con carrito. Después se hizo fogista en los trenes, junto a papá, que era maquinista. Era duro ese trabajo, pero a él le encantaba.”


Ya casado y con hijos, vivió en una casita sobre la calle Juan B. Justo, entre Corrientes y Entre Ríos. En el fondo, tenía un galponcito lleno de cuadros de bicicletas, herramientas viejas y fierros".

“Iba al basural —cuenta Luisa— y rescataba cuadros tirados. Los arreglaba, los pintaba, los dejaba nuevos. Después los cargaba en su carrito y se iba a los barrios con los pibes. Les enseñaba a pedalear, les prestaba bicis para que corrieran. Cuando alguno se caía, él lo levantaba, le daba una palmada y lo alentaba a seguir. Era puro corazón"


Juan organizaba carreras de bicis en los barrios y en la ría. Cerraba calles con cinta blanca y negra, anotaba a los chicos en cuadernos y les entregaba medallas y trofeos que él mismo compraba de su bolsillo.


“Una vez —recuerda Luisa— para el Día de la Madre hizo una carrera y compró las medallas con su sueldo. Decía que los chicos necesitaban creer en algo, tener metas, sentirse parte de algo grande.”


Pero Juan no se quedaba solo en los gestos. Dibujaba planos, hacía proyectos, soñaba con un circuito de ciclismo urbano para que los pibes tuvieran un lugar propio donde correr y entrenar. Llevó sus ideas a la Municipalidad, golpeó puertas, presentó notas, pero nadie le dio la atención que merecía.


“A veces volvía triste —dice su hermana—, pero nunca bajaba los brazos. Decía que si los políticos no lo hacían, lo iba a hacer él con los vecinos. Y algo de eso pasó, porque su semilla germinó igual. Años después de su muerte se construyó el circuito cerca de la Laguna Ortiz, y hoy lleva su nombre: Circuito Familia Mansilla. Cada vez que voy, siento que él sigue ahí, empujando desde el viento.”

Su final fue injusto, doloroso.


“Murió por una mala praxis —cuenta Luisa—. Una enfermera le aplicó una inyección equivocada, que era para otro paciente. Eso le provocó una infección tremenda. Lo operaron decenas de veces, resistió como un toro, pero no lo pudo revertir. Esa enfermera se fue de Río Gallegos, cruzó a Chile, y nunca más se supo nada. Juan tenía solo 41 años.”


Aun así, su historia no terminó con su muerte. Sus hijos —Pancho, Chipy y Miguel— siguieron su huella. Desde la Junta Vecinal Macá Tobiano del Barrio El Faro hoy se impulsa el proyecto “Parador del Ciclista: Juan Familia Mansilla”, un mirador y punto de encuentro donde su nombre volverá a estar al frente, como cuando guiaba a los pibes en caravana por la ría.


Asimismo sus hijos y la junta vecinal van juntando fotos, anécdotas, recuerdos, todo lo que sirva para reconstruir su legado. Y eso no es nostalgia: es justicia poética. Es la manera que tiene Río Gallegos de hacer bronce con la memoria.


Porque "Familia" nos enseñó que el viento se puede pelear o se puede bailar. Que la solidaridad no se predica, se practica. Que un saludo puede cambiarte el día.


“A mí me gusta pensar —dice Luisa, con la voz entrecortada— que cada vez que el viento sopla fuerte, es él pasando, apurando a los que se quedaron atrás”.


¡Grande, Familia! Tu saludo sigue rodando por las calles, tu espíritu vibra en cada pedaleada, tu nombre ya es leyenda entre los ciclistas del sur. El viento te lleva, pero también te devuelve. Eternamente pedaleando entre nosotros.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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