La paradoja del petróleo: Santa Cruz produce energía, pero frena a sus técnicos
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 3 días
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Hay escenas en Santa Cruz que ya parecen un loop. Una película que se repite una y otra vez. Y una de esas escenas es ver a familias plantadas frente a la Casa de Gobierno esperando lo más básico de lo básico: que el Estado labure.

La postal de hoy tiene nombre y número: casi trescientos pibes de la Escuela Industrial de Procesos Energéticos que todavía no pudieron arrancar las clases. Sí, así como suena. Mientras el calendario escolar ya está rodando hace rato, acá hay estudiantes de tercero, cuarto, quinto y sexto año en modo pausa, mirando el techo, esperando que alguien en el gobierno se ponga las pilas con algo que tendría que haber estado resuelto hace años.
Porque no estamos hablando de un problema que apareció ayer. La escuela existe hace siete años. Y hace siete años que funciona de prestado. No tiene edificio propio. Cero. Nada. Ni aulas pensadas para eso ni talleres donde formar técnicos. Todo improvisado, todo medio así nomás, sostenido por acuerdos de palabra y por la buena onda de instituciones que en realidad no tendrían por qué estar bancando un problema que el Estado nunca terminó de ordenar.
Y ahí aparece la escena clásica de la política criolla: reuniones de urgencia, funcionarios entrando rápido, caras serias, carpetas bajo el brazo y promesas que ya suenan medio gastadas.
Esta vez los que tuvieron que sentarse a escuchar el reclamo fueron el jefe de Gabinete, Pedro Luxen, y la titular del Consejo Provincial de Educación, Iris Rasgido.
Dos funcionarios que deberían tener clarísimo algo bastante básico: la educación no es un favor que hace el Estado, es su obligación.
Pero lo que se ve en la práctica es otra cosa.
Porque mientras en los discursos te hablan de desarrollo, de energía, de petróleo y de futuro, la provincia ni siquiera puede garantizar los talleres donde se forman los técnicos que supuestamente van a sostener todo eso.
La escuela tiene once cursos y 294 estudiantes. Y no es una orientación cualquiera. Es una formación técnica vinculada al mundo energético. O sea, pibes que necesitan máquinas, herramientas, seguridad, prácticas reales. No alcanza con meterlos en un aula cualquiera y decirles “bueno chicos, copien del pizarrón y vemos”.
En algún momento apareció una idea que, posta, parece salida de una reunión hecha a las apuradas: trasladarlos a otra institución que ni siquiera tiene talleres.
Un delirio.
Porque una escuela técnica sin talleres es como un hospital sin quirófano o un equipo de fútbol sin cancha. Podés hacer como que jugás, pero en realidad es puro verso.
Mientras tanto, las familias hacen lo que el Estado no hace: se organizan, se autoconvocan, presentan notas, mandan pedidos, golpean puertas y esperan que alguien se haga cargo de una desidia que ya lleva años.
Lo más loco es que la solución tampoco parece una misión imposible. Lo que se pide es algo bastante lógico: ordenar los convenios necesarios para que los estudiantes puedan seguir cursando en la UTN mientras se resuelve de una vez por todas el tema del edificio propio.
Pero incluso algo así, que debería resolverse con un poco de gestión y un par de firmas, se transforma en un laberinto burocrático cuando la política anda en modo siesta.
Mientras Luxen y Rasgido discuten puertas adentro, afuera hay casi trescientas historias en pausa.
Trescientos pibes que quieren estudiar, recibirse, laburar, tener un futuro. Nada raro. Nada extraordinario.
Solo que para eso necesitan algo que debería ser obvio: un lugar donde estudiar.
Porque si después de siete años una escuela técnica sigue sin edificio y casi trescientos estudiantes están sin clases, ya no estamos hablando de un problemita administrativo.
Estamos hablando de una gestión que sigue pateando la pelota mientras los pibes quedan colgados mirando desde la tribuna.
Por @_fernandocabrera




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