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La vez que el payaso Rulito me ayudó a reconquistar a mí novia

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • 29 jul
  • 4 Min. de lectura

No sé cómo contar esto sin que parezca una boludez. O tal vez lo sea, pero es mía. Y también un poco de Jessi. O de “mi futura exnovia”, como le digo cuando me hace la vida imposible… o cuando la amo mucho —que viene a ser lo mismo. Con Jessi vamos y venimos desde marzo del año pasado. No somos nada, pero somos todo. No hay contrato, pero sí cláusulas que nos rompemos con gusto. Y en una de esas idas sin vuelta, cuando pensé que ya estaba todo perdido, hice lo más improbable: me puse a buscar una foto del payaso Rulito.

(Pablo y Marcelo Mutti con Rulito)
(Pablo y Marcelo Mutti con Rulito)

Sí. Rulito. El del maquillaje blanco, el corazón grande y las fiestas del pueblo.


La historia es así: una vez, tomando mates con mi “futura exsuegra” —como le digo con cariño y amenaza—, salió el tema. Me contó que Jessi, de chica, era fanática de Rulito. Pero fanática de verdad, de esas nenitas que se vestían solas para ir a verlo. El problema era que nunca llegaban a tiempo. Que siempre pasaba algo. Que el auto, que la lluvia, que la vida. Nunca se daba la bendita foto con Rulito. Y eso la frustró toda la infancia. Incluso su viejo —mi futuro exsuegro— había comprado una cámara instantánea solo para capturar ese momento que jamás llegó.


Ya de grande, Jessi me lo contó también. Medio en joda, aunque triste. Que no necesitaba una foto con ella, que le bastaba ver otra vez esa carota pintada para recordar lo que era ser feliz sin culpa. La entendí. Porque todos tenemos un Rulito en la memoria: algo que no se alcanzó, pero nos hace bien imaginarlo cerca.


Por esos días también venía yo cagándola con una discusión tras otra; tanto que casi la pierdo. A mí flaca la sentía cada vez más lejos. Ella con cara de culo crónico, yo con mis torpezas emocionales de siempre. Hasta que un día dije: “No la reconquisto con palabras, la reconquisto con golpe bajo y memoria”.


Me fui a la casa de mis amigos, los hermanos Mutti —Pablo y Marcelo—. Recordaba que una vez su mamá, la inigualable Mamma Edelta (que hoy me cuida desde el cielo), me había mostrado una foto de ellos dos con Rulito. Era como una postal de otra época, un milagro de papel. Les pedí que me ayudaran, y sin mucho drama se pusieron a revolver cajones, carpetas, cajas con olor a infancia.


Y ahí estaba.


Una foto real, hermosa. De esas con bordes blancos y colores desteñidos. El payaso Rulito en el medio, con los dos Mutti al lado, sonriendo como si se les estuviera por escapar el alma de alegría. La fotografié con el celular, la imprimí, la puse en un sobre especial que diseñé solo para ella, lacrado como si fuera un tesoro estatal. Realmente lo era.


Se la llevé un domingo helado. Me hizo pasar a su casa. Le entregué el obsequio. Cuando lo abrió, primero no dijo nada. Se quedó mirando fijo, como si la imagen se moviera, como si el papel hablara. Y después se largó a llorar, pero con esos llantos que te salvan. Me abrazó con tanta fuerza que me dejó sin aire. Me llenó de besos y me dijo:


—Casi que te amo tanto como al payaso Rulito.


Y yo, que ya me sentía menos payaso y más boludo, no dije nada. Solo le sonreí. Me preguntó quiénes eran esos nenes hermosos de la foto. Y yo celoso de la fotogenia de mis amigos, le mentí:


—Ni idea.


Hoy seguimos sin ser novios. Pero seguimos. Con más risas, Y con Rulito como el santo patrono de nuestro amor, que desde el más allá, con su cara pintada de alegría infinita, me guiña un ojo. Como diciendo: “Tranquilo, pibe. El amor también se hace con golpes bajos”.


Ahora bien, para hacerle justicia al personaje en cuestión, vale hablar de la persona detrás del maquillaje: Rulito no fue solo un payaso. Fue Vicente Fidel Peraggini, nacido en 1929 en Santos Lugares. Un loco lindo que eligió Río Gallegos para plantar su carpa invisible de ternura. El tipo armaba festivales en barrios que ni salían en los mapas, repartía juguetes como si fuera Papá Noel, se disfrazaba para hacer reír en el Día del Niño, actuaba en teatros con obras como El Ogro y el Payaso, llenaba clubes con su sola presencia. En LU12 hacía radio y en las calles repartía abrazos. Cuando la palabra “empatía” no estaba de moda, él ya la practicaba como quien respira.


Quienes lo conocieron lo dicen clarito: no era un personaje. Era él. Era comunidad. Era infancia. Era esa magia que no se compra ni se olvida.


Así que gracias, Rulito, donde quiera que estés. Yo también te amo. Aunque no haya foto mía con vos. Aunque solo seás el que me ayudó a no perder a la que me hace mierda y me hace bien, todo al mismo tiempo.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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