Las mascotas también reciben cuota alimentaria
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 21 horas
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Acá, este humilde redactor de "Santa Cruz nuestro lugar", que se banca la vida en el corazón del barrio Belgrano, les cuenta que ayer al mediodía me tocó vivir una secuencia típica pero dislocada, según desde donde se mire. Un corte de luz. Sí, maestro, pleno mediodía, calefacción apagada, pava eléctrica muerta y yo puteando en arameo mirando el tablero como si fuera ingeniero de la NASA.

Entonces agarré, me puse el buzo arriba del pijama emocional que manejamos todos en este país y crucé al departamento de enfrente para preguntarle al vecino si también estaba sin luz o si le habían saltado las térmicas o qué chucha. Viste esa solidaridad barrial medio improvisada que nace solamente cuando se corta la luz, falta agua o... En fin.
La cosa es que golpeo la puerta. Sale mi vecino con cara de “sí, estamos en la misma, papá”. Charlamos dos minutos sobre Servicios Públicos, los impuestos y la decadencia occidental, cuando de golpe aparece otro flaco. Bien vestido, perfume caro, cara de no dormir tranquilo hace meses. Se acerca, le da unos billetes y le dice: —Tomá, es por nuestro hijo.
Yo ahí me quedé duro. Quieto. Con la misma expresión que pone un jubilado cuando le llega la factura del gas. Miré a mi vecino, miré al otro flaco, y creo que hasta hice alguna mueca incómoda de “uh, me metí en una película que no entendí pero igual me chupa un huevo”.
Pero mi vecino que sabe que yo sé que no tiene hijos se empezó a tentar. —No, boludo, pará —me dice—. No es un pibe. Es por nuestro Firulais.
Y una vez que su ex se fue, arrancó entre mí vecino y yo uno de los debates más falopa pero más reales de la Argentina moderna: la cuota alimentaria para mascotas.
Sí, aunque parezca una jodita armada en Twitter por gente con foto de animé y nombre en minúsculas, esto existe. Y no solamente existe, sino que ya llegó a la Justicia argentina. Hay fallos donde se fijaron cuotas para mantener perros después de separaciones y hasta regímenes de visitas. Porque hoy el perro no es “el perro”. Es “el hijo perruno”, “el gordo”, “el nene”, “el bebé de cuatro patas”. Y atrás de toda esa movida emocional apareció un concepto jurídico que parece sacado de la cabeza de Milei: la familia multiespecie.
O sea: ya no hablamos solamente de mamá, papá e hijos humanos. Ahora la familia también puede estar formada por la pareja, los nenes y los pichichos. Perros, gatos, lo que venga. Y desde algunos sectores del derecho sostienen que esos vínculos afectivos generan responsabilidades compartidas.
Ahora bien. Frenemos un cachito el carro porque acá también hay algo que hace ruido.
Porque ponele: vos salís un año con alguien. Todo lindo. Mucho “mi amor”, mucho reel compartido, mucho domingo en la Ría tomando mates con el golden retriever. Pero el perro ya era suyo antes de conocerte. Lo trajo él. Venía con combo completo: bolsa premium, veterinario, vacunas, shampoo hipoalergénico y cumpleaños con gorrito.
Y de golpe, cuando la relación se rompe, aparece la idea de: —Bueno, ahora vos también tenés que poner guita porque conviviste con Firulais.
Pará un poco, hermano.
Porque sí, el perro no es un celular que dejás arriba de la mesa y listo. El animal depende de alguien. Tiene gastos reales. Hoy una bolsa de alimento premium te sale ochenta lucas fácil. Si tenés gato, otras cincuenta más. Después sumale veterinario, pipetas, baño, peluquería, remedios, juguetes destruidos cada quince minutos y alguna urgencia porque se comió una media. Terminás hipotecando la mitad del sueldo para mantener a un raza calle o bulldog francés asmático.
Pero tampoco cualquier vínculo afectivo puede transformarse automáticamente en una obligación económica eterna.
Ahí está el quilombo de fondo.
Porque la Constitución argentina protege a la familia y los vínculos humanos en un sentido amplio, especialmente después de la reforma del 94, donde se incorporaron tratados internacionales que hablan de dignidad, protección integral y derechos personalísimos. Y en paralelo, muchos jueces vienen interpretando que los animales son seres sintientes y no simples objetos.
Entonces convivimos en una especie de limbo jurídico bien argento: el Código Civil todavía trata a los animales como bienes, pero culturalmente ya los transformamos en miembros de la familia. Y la Justicia, como siempre, corre atrás de lo que pasa en la vida real.
La cuestión es hasta dónde llevamos esa lógica.
Porque mientras en Río Gallegos muchos padres todavía se hacen los boludos con la cuota alimentaria de sus propios hijos humanos, y otros hijos de la mierda se la pasan abandonando cachorros en cada baldío, Argentina ya discute cuánto le corresponde al ex por el alimento balanceado del pug.
Y ahí está la postal perfecta del país: un vecino pasándole plata al ex “por el hijo”, mientras afuera se corta la luz y el resto tratamos de entender en qué momento la vida se convirtió en este crossover extraño entre derecho de familia, terapia de pareja y veterinaria 24 horas.
Por @_fernandocabrera




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