Las Pastillas del Abuelo, la ruta y lo que ya no soy
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 10 horas
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Jorge no cayó de una a mi departamento.
Primero me llamó.
—Quiero hacer un viaje relámpago con vos —me largó así, sin detalles, sin destino, sin contexto.
Yo, que detesto los viajes, los autos, los bocinazos, las estaciones de servicio y todo lo que implique salir de Río Gallegos, me quedé en silencio. Viaje relámpago y yo en la misma frase ya era ciencia ficción.
—Vení y contame —le dije. Porque si algo no hago es decidir viajes por teléfono.
Al rato cayó a mi departamento.
Entró, miró alrededor y se quedó medio descolocado. Hace como diez años en mi casa había whisky, vino, algún rastro de noches largas. Ahora nada. Ni botellas, ni humo, ni desorden. Le ofrecí mate amargo. Aceptó. No preguntó por alcohol. Se sorprendió de que yo me hubiera limpiado de todo eso. Y lo noté.
Charlamos un poco hasta que soltó la posta:
—Acompañame a ver a Las Pastillas del Abuelo. Es la segunda noche de la Fiesta del Lago Argentino. Vamos y volvemos al toque.
Yo lo miré fijo. Acepté, pero no por rockero nostálgico. Por experiencia periodística. Por antropología pura. Porque quería ver el fenómeno, tomar notas, oler el clima.
Eso sí, le puse condiciones:
—Diez horas máximo. Vamos y volvemos. Auto limpio. Vos limpio. No quiero sorpresas en los controles, ni a la salida ni en la entrada. Yo hoy soy abstemio absoluto. No negocio eso.
Me juró. Sin vueltas.
—En media hora vuelvo y salimos.
Se fue.
Volvió casi dos horas después.
—Listo. Auto limpio.
Pero las pupilas le brillaban dilatadas como faros y tartamudeaba aspirando las palabras. Entendí todo. Lo que había que “limpiar” se lo había tomado él.
—Manejo yo.
Y manejé por dos largas horas
En el estéreo sonaban Turf, Los Gardelitos, Charly García y Las Pastillas. Música que alguna vez fue mi identidad y hoy es apenas memoria triste.
En la ruta bajó el volumen.
—¿Cómo te va con tu soledad?
Le conté que dejé la raqueta hace años. Que estoy limpio. Que no extraño nada de eso. Que escribo más que nunca. Que volví a mirar personas y no sombras.
—Vi que volviste al vóley.
Asentí.
—¿Y te enamoraste?
—No estoy en pareja desde hace siglos. Pero me enamoré de una flaca que ni me registra. Está en otra órbita muy distinta a la mía.
Jorge sonrió.
—Sos afortunado. Mi hermana siempre te echó el ojo. A mí me hubieras gustado de cuñado.
Y ahí entendí que algunas historias siempre estuvieron más cerca de lo que uno creía.
Lo miré.
—También te extraño a vos, hermano. Te extraño libre de toda esta mierda.
Se nos empañaron los ojos. Callamos. Y seguí manejando.
Llegamos a El Calafate sin que nos pararan. Jorge se durmió antes de entrar. Lo dejé reclinado en su asiento y me fui a la conferencia con mis acreditaciones.
Ahí estaba Piti, cantante de Las Pastillas. Lo miré y lo vi hecho perchas, vi mi pasado: palpitaciones, excesos, noches que no terminaban. Pensé en “El Sensei”, en esos himnos que gritábamos creyendo que eran filosofía de vida.
Tomé notas. Grabé lo necesario y salí. Afuera, el día estaba pieles y di vueltas en el auto con Jorge dormido en el asiento del acompañante.
En esa ronda me calmé un poco. Reflexioné algo sencillo: una cosa son las drogas y otra la música. La música no tiene la culpa de nuestras fugas.
Al rato, estacioné a cinco cuadras del anfiteatro y entré solo al show. Vi alegría genuina. Vi celebración. Y yo estaba ahí, lúcido. Eso bastaba.
Volví. Seguía dormido. Le toqué el pulso por las dudas. Normal. Arranqué de regreso. Dos horas y media de volante y pensamientos profundos.
En el control de Güer Aike el policía vio mis credenciales colgadas y me dejó pasar sin preguntas.
Llevé a Jorge hasta su casa en el CODEPRO. Lo desperté.
—Perdón por dormir tanto. Te llevo a tu casa.
—No. Camino. Necesito estirar las piernas.
Lo abracé fuerte. Se emocionó y me dijo que quería verme de nuevo.
Eran casi las cuatro de la mañana de hoy 18 de febrero cuando entré a mi casa. Me duché. Me preparé unos mates. Y Me senté y escribí dos columnas para “Santa Cruz nuestro lugar”: una política y otra sobre este viaje relámpago.
Porque a veces el viaje no es al Calafate.
Es al pasado.
Y volver sin recaer ya es una victoria.
Por @_fernandocabrera




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