Los apodos de los mineros de Río Turbio: cuando la cuadrilla te bautiza
- Santa Cruz Nuestro Lugar
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En Río Turbio los apodos no son un chiste al pasar ni una cargada de sobremesa: son documento, carnet de pertenencia, cicatriz verbal ganada a fuerza de turnos largos, oscuridad cerrada y convivencia extrema. En la mina, si no tenés apodo, sos recién llegado. Porque abajo, en el socavón, el nombre del DNI vale poco; lo que manda es cómo te nombra la cuadrilla.

Juan Menna, minero de la vieja guardia, lo explica sin vueltas: los apodos nacían de cualquier detalle, pero nunca eran casuales. “Había de todo —recuerda—. Perros, gatos, chivos, mono, loro… lo que se te ocurra. A veces coincidían con el aspecto. A un compañero le decían ‘Zorzal’ por la forma de caminar, medio inclinado, alto, era una fotografía”.
Otros venían del habla. Una frase mal dicha, una expresión repetida, un latiguillo que se pegaba para siempre. El que trabajaba en guinches y todo lo resolvía ahí terminó siendo “Pura Guinche”. El encargado de depósito que siempre respondía “no hay” quedó marcado con ese sello. Las palabras se transformaban en identidad.
También estaban los apodos mitológicos, herencia chilota: el Trauco, el Camahueto, el Caleuche. Fantasmas y criaturas del sur mezclados con carbón y dinamita. Porque en la Cuenca el folklore cruza la cordillera y se mete en la galería.
La creatividad era implacable. En los frentes de avance, donde la galería crece y hay que “prolongar la cola” —extender la cañería—, a un compañero que apodaban “Lagartija” le dibujaban kilómetros de cola cada vez que avanzaba el trabajo. Si alguien se enojaba, peor: lo dibujaban en planchuelas, en cualquier pedazo de metal, lo gritaban en el colectivo lleno. “El que más se calentaba, más posibilidad tenía de que se lo gritaran”, dice Menna. La regla era clara: cuanto menos pelota le dabas, más rápido pasaba.
Él mismo lo sufrió. Grandote, poco habituado al terreno irregular, tropezaba seguido en los primeros tiempos. “Parecía que andaba en patín”, cuenta. Le pusieron “Pisa Huevo”. Se enojó durante años. Hasta que entendió que resistirse era alimentar la llama. El día que respondió “sí, sí, soy yo” dejó de dolerle. En la mina, aceptar el apodo es aceptar que ya sos parte.
Algunos nacían de malentendidos técnicos que sólo un minero puede entender. Las uniones del cable aéreo de las locomotoras —llamadas “aviones” por su forma— eran puntos donde solían descarrilar. Una vez alguien gritó “descarriló el avión”. Y quedó. El que no sabía el contexto pensaba en un desastre aéreo bajo tierra. Pero en la mina todo tiene otra lógica.
Había apodos por amenazas exageradas —como “Ocho tiros”, porque juraba tener un revólver de ocho tiros—, por expresiones norteñas —el chileno que decía “me eché una cacha y media” sin medir el efecto—, por errores escritos en el parte diario —el que anotó haber hecho un “castillo y medio” al fortificar con palos y quedó marcado de por vida.
Menna descarta que existiera un registro formal. Alguna vez intentaron armar un borrador con cientos de sobrenombres, pero nunca fue oficial. No hacía falta. El verdadero archivo era la memoria colectiva. “Tiene que ver con la compinchería”, reflexiona. “Con la camaradería. Con el poder de observación de los viejos. Tenían un ojo clínico”.
En Río Turbio los apodos no se inventan en un escritorio: se ganan en la mina. Se forjan entre turnos eternos, broncas compartidas, códigos no escritos y solidaridad real. Son una forma de decir “te banco”, “te conozco”, “sos de los nuestros”. Y mientras haya carbón, memoria y hombres que sigan llamándose así, la mina va a seguir hablando, incluso cuando parece en silencio.
¿Quién es Juan Menna?
Juan Fausto Menna no llegó a la mina por herencia ni por acomodo. Cayó por vocación y por coraje.
Se recibió de técnico minero en la Escuela Nº 1 José de La Quintana, en Córdoba. Era 1978. Recién salido del aula, sin laburo y con el título fresco, escuchó que un exalumno —el ingeniero Garabello, que después sería gerente de la empresa— iba a dar una charla buscando técnicos para Río Turbio. Eran trece compañeros en la misma situación. Se sentaron, escucharon, y cuando terminó la exposición se acercaron.
La propuesta era concreta: “En una semana los necesito allá”.
No tenían plata ni para un colectivo.
Le pidieron tiempo. Garabello aflojó: quince días.
Y ahí empezó la travesía. Colectivos encadenados, un expreso hasta Caleta Olivia, otro hasta Río Gallegos, y de ahí a Turbio. Llegaron en noviembre del ’78, en pleno conflicto limítrofe con Chile. En la ruta se cruzaban con familias que se iban con los portaequipajes llenos. En el pueblo había carteles: “Vecinos, no abandonen la Cuenca. El pueblo te necesita”.
Ellos hicieron el camino inverso.
Menna entró cuando la mina vivía un momento de tecnificación fuerte, récords de producción y proyecto serio de carbón nacional. Primero pasó por producción, en frente largo. Fue capataz. Después recaló en el sector que sería su casa durante décadas: transporte y evacuación de mineral. Desde el frente hasta la planta, el carbón pasaba bajo su órbita.
Estuvo en ese sector desde 1981 hasta 1997. Se retiró formalmente en 2001. Entre medio, estudió docencia, se recibió y dio clases. No se fue de la mina para irse: se fue cuando ya había cumplido su ciclo.
Vivió en Río Turbio desde 1978 hasta 2001. Veintitrés años. Una vida entera.
Es cordobés de origen, pero la Cuenca lo adoptó. Y él hizo lo mismo con el pueblo. En Río Turbio no sólo trabajó: también se casó, formó familia y echó raíces definitivas. Allí nació su hija, Mariana Menna, fotógrafa de profesión, otra forma —distinta pero igual de poderosa— de registrar la memoria. Si él ayudó a transportar carbón, ella captura instantes. Dos maneras de dejar huella.
Después fueron llegando otros familiares desde distintos puntos del país, no por acomodo —aclara— sino por coincidencias y oportunidades. La Patagonia hizo el resto. La familia Mena terminó siendo parte del paisaje humano de la Cuenca.
Cuando le preguntan por qué en Río Turbio el fenómeno del apodo es tan fuerte y no se replica igual en otras minas, no duda: “Tiene que ver con la compinchería. Con la camaradería”. Y agrega algo clave: el poder de observación de los viejos. “Tenían un ojo clínico”.
Menna pide algo simple cuando habla de su historia: que si se lo nombra, se diga su sector. Transporte y Evacuación. Porque en la mina el lugar que ocupaste es parte de tu identidad. No es lo mismo haber estado en administración que haber caminado galería.
Juan Menna. Técnico minero. Sector Transporte y Evacuación.
Un hombre que llegó con una valija casi vacía en el ’78 y se fue en 2001 dejando algo mucho más pesado que carbón: historia.
Por @_fernandocabrera
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