Los Fantasmas de la Noche de los Museos
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 1 hora
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De entrada, sepa el querido lector de "Santa Cruz" nuestro lugar" que este humilde redactor jamás en su puta vida laburaría de sereno de museo.

¡Jamás! Ni aunque me garparan en dólares, me regalaran calefacción central y me prometieran Mantecol toda la noche. No señor. Porque una cosa es hacerse el guapo leyendo historias de fantasmas desde la comodidad de casa y otra muy distinta es quedarte solo, a las dos de la mañana, encerrado en un edificio viejo lleno de sombras, pisos que crujen y objetos antiguos mirándote desde la oscuridad.
¡Ni en pedo!
Y es que hay algo raro en los museos de noche, po. Pero raro de verdad. Vos podés hacerte el racional, el escéptico, el que no cree en nada… hasta que entrás a uno de esos edificios viejos cuando ya cayó la noche, las luces están bajas, el frío se mete por todos lados y el silencio empieza a hacerte laburar la cabeza. Y ahí ya arrancás mal.
Porque en Río Gallegos esas cosas pegan distinto. Entre el viento, el frío de mierda y las calles vacías, cualquier sombra ya te pone persecuta. La Noche de los Museos tiene eso: vos vas tranqui, pensando que vas a ver fotos viejas, trenes oxidados y un par de vitrinas… y terminás más secuenciado que turista en película de terror barata.
En el Museo de los Pioneros, por ejemplo, siempre aparece alguno contando que escuchó pasos cuando no había nadie. Pero nadie, eh. Ni un gato culiao. Y obvio, al principio todos se hacen los capos: “nah, debe ser la madera”, “seguro es el viento”. Sí, claro. Hasta que una puerta se cierra sola y ahí quedan todos muditos, mirando pa' todos lados como unos boludos.
Y el Museo Ferroviario Roberto Galian… uff...Mamadera! Ese lugar ya da cosa apenas entrás. Vagones viejos, herramientas tiradas, olor a humedad, fierros oscuros… parece que en cualquier momento aparece un fantasma fumándose un pucho en un rincón. Hay gente que dice escuchar silbatos de tren a la noche aunque hace años no funcione nada ahí. Y siempre está el ferroviario viejo que tira una frase para cagarte la existencia: “Acá algunos todavía siguen trabajando”. Hermano, ¿cómo querés dormir tranquilo después de escuchar eso?
Pero el que más historias junta es el Complejo Cultural Santa Cruz. Y tiene sentido. Porque antes de ser centro cultural, ese edificio fue el primer hospital de Río Gallegos. Sí, ya arrancamos pesadito. Y encima, en la parte donde ahora funciona el Archivo Histórico… antes estaba la morgue.
¡La morgue!
Con eso ya alcanza pa' que cualquiera empiece a maquinar películas solo.
Y ahí adentro está también el Museo Regional Padre Jesús Molina, lleno de huesos, objetos antiguos, piezas indígenas y cosas que parecen mirarte desde las vitrinas. Los guardias cuentan que a veces sienten pasos atrás suyo cuando hacen las rondas. Otros hablan de golpes secos en salas vacías o sombras que cruzan rápido los pasillos largos. Y nadie quiere quedarse solo ahí de noche, aunque después todos se hagan los vivos.
Y capaz ahí está justamente la gracia de la Noche de los Museos. Porque seamos sinceros: si esto se hiciera un martes a las tres de la tarde, con sol y gente tomando mate afuera, no tendría ni la mitad del encanto. El éxito que tiene en Río Gallegos pasa justamente porque es de noche. Porque nos gusta un poco ese morbo. Nos gusta entrar a lugares antiguos cuando todo está en silencio y sentir esa mezcla rara entre curiosidad y cagazo. Nos encanta hacernos los valientes mientras escuchamos historias turbias.
Pero al mismo tiempo, entre tanto chiste y tanto “uh, mirá si aparece algo”, también pasa otra cosa: volvemos a mirar nuestra historia. La historia posta. La de los pioneros, los ferroviarios, los hospitales viejos, la gente que pasó por esta ciudad cuando todo era mucho más duro que ahora. Y capaz esa sea la mejor parte de la noche.
Porque entre fantasmas inventados, sombras dudosas y puertas que crujen… Río Gallegos vuelve a acordarse de sí misma.
Y eso también tiene algo medio mágico (o embrujado).
Por @_fernandocabrera




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