Los geriátricos y la soledad de la vejez
- Santa Cruz Nuestro Lugar

- hace 2 días
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Es una mañana de lunes cualquiera en Río Gallegos. Diez grados de temperatura, cielo limpio, sol pegando suave sobre las chapas y, por una vez, sin viento. Una rareza patagónica de esas que parecen un regalo. Camino rápido por calle Urquiza porque quiero llegar al kiosco de la esquina de avenida San Martín. Voy apurando el paso, medio distraído, disfrutando incluso ese pequeño alivio de no tener que pelear contra el clima de mierda que casi siempre gobierna esta ciudad. Pero faltando una cuadra me freno de golpe frente al Hogar de Ancianos Dr. Braulio Zumalacárregui, a la altura del 64.

Afuera hay un viejo fumando solo.
Quieto. Medio encorvado. El humo le sale lento por la boca mientras mira la calle como si ya no esperara un carajo de ella. No pide nada. No habla con nadie. Está ahí, apenas sostenido por el cigarrillo y la mañana fría.
Sigo caminando unos metros pero algo me obliga a parar. Me doy vuelta y lo miro otra vez. Y en ese instante la cabeza se me dispara sola hacia un pensamiento intrusivo, casi animal. Yo no sé si le tengo miedo a la muerte. Creo que no. Lo que sí me aterra es la vejez. La decrepitud. El deterioro lento. El cuerpo transformándose en una cárcel agotada. Tener que depender de alguien para levantarme, para bañarme, para tomar una pastilla, para seguir respirando. Convertirme alguna vez en una carga para mis hijos. Que me cuiden por compromiso y no porque realmente quieran. Que me miren con pena. Que de mí sobreviva únicamente la costumbre.
Y entonces entiendo que ese viejo fumando afuera no está solamente fumando. Está sosteniendo algo muchísimo más profundo. Una última sensación de libertad. Un rato lejos de las paredes. Un pequeño acto de humanidad antes de volver adentro.
Hay algo tristísimo que pasa en Río Gallegos, en Buenos Aires, en Córdoba, en cualquier rincón del país, y que casi nadie quiere mirar demasiado porque te revuelve por dentro: el destino de muchos viejos cuando dejan de “servir”. Cuando ya no producen, cuando no manejan guita, cuando no cuidan nietos, cuando no hacen favores, cuando el cuerpo se les pone lento y la memoria empieza a agujerearse. Ahí, de golpe, el sistema los corre para el costado como si fueran muebles hechos mierda arrumbados en un galpón húmedo.
Y no hablo solamente de los geriátricos. Hablo de algo muchísimo más profundo. Hablo de la soledad.
Porque la vejez en Argentina muchas veces es eso: una tele prendida al palo para tapar el silencio, una ventana mirando siempre la misma calle, una bolsa llena de remedios arriba de la mesa y un hijo que “anda complicado” y hace tres semanas que no aparece. Hablo de abuelos que esperan una llamada como si fuera Navidad. Viejos que cuentan la misma anécdota diez veces no porque estén gagá, sino porque hace meses nadie les da pelota.
En Río Gallegos esto se ve más de lo que muchos admiten. Ciudad fría, ventosa, de laburo duro, donde generaciones enteras crecieron acostumbradas a aguantar y tragarse todo. Hay abuelos que terminan en hogares porque necesitan cuidados reales, sí. Sería injusto hacerse el boludo con eso. Hay familias que hacen lo imposible. Hijos agotados, económicamente detonados, cuidando personas con Alzheimer, ACV, demencia o enfermedades tremendas sin ayuda del Estado. Eso también existe y es brutal.
Pero también existe el otro lado. La parte más oscura del asunto.
El viejo que “molesta”. La madre que ya no encaja en la dinámica familiar. El padre que quedó reducido a un trámite. El jubilado transformado en un quilombo logístico.
Y ahí aparecen hogares de ancianos que a veces son espacios dignos y humanos… y otras veces son depósitos de personas. Lugares donde algunos terminan sedados, infantilizados, abandonados emocionalmente. No siempre hay trompadas para que exista violencia. A veces alcanza con dejar a alguien mirando una pared doce horas por día. A veces el maltrato es hablarles como si fueran inútiles. A veces es cambiarles el pañal con bronca. A veces es no volver a tocarles la mano nunca más.
En Argentina las denuncias por violencia contra adultos mayores vienen creciendo hace años. La Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de Justicia de la Nación registró más de mil presentaciones de personas mayores afectadas solo en CABA durante 2024 y señaló un aumento sostenido de casos respecto de años anteriores. El maltrato psicológico y el abandono aparecen entre las formas más frecuentes de violencia.
Y hay algo todavía más jodido de decir.
A veces esos viejos fueron padres terribles.
No todos los ancianos son santos. Hay tipos que fueron violentos toda la vida y llegan a la vejez cosechando un resentimiento que construyeron durante décadas. Padres golpeadores, manipuladores, alcohólicos, ausentes. Personas que les hicieron mierda emocionalmente a sus hijos y que después, cuando el cuerpo ya no responde, esperan una ternura que jamás supieron dar.
Eso también pasa. Y negarlo sería romantizar la vejez.
Hay hijos que sienten culpa porque no pueden amar a quien les arruinó la infancia. Hay mujeres que llevan al geriátrico al padre que las humilló toda la vida y después vuelven llorando sin saber si hicieron bien o no. Hay viejos solos porque fueron crueles. Porque sembraron miedo. Porque nunca abrazaron a nadie.
Pero incluso ahí aparece una pregunta pesada: ¿hasta dónde una sociedad puede medir el valor humano según la utilidad o el pasado de alguien?
Porque el problema es más grande que una familia rota. El problema es cultural. El capitalismo moderno tiene una lógica feroz: valés mientras rendís. Mientras producís. Mientras consumís. Mientras sos funcional. Cuando envejecés, el mercado te transforma en descarte elegante. Jubilaciones miserables. Remedios impagables. Cuerpos medicalizados. Personas convertidas en números de PAMI.
Y entonces el viejo queda atrapado en una especie de limbo. Ya no pertenece al mundo acelerado de los jóvenes, pero tampoco encuentra un lugar digno para envejecer. La sociedad le pide que desaparezca en silencio, que no rompa las pelotas, que no ocupe espacio, que envejezca prolijito y rápido.
Por eso hay algo devastador en los hogares de ancianos cuando nadie va a visitar a nadie. Porque ahí se ve la verdadera cara de una sociedad. No en los discursos políticos. No en las campañas solidarias de las redes sociales. Ahí. En ese abuelo mirando la puerta cada domingo esperando un hijo que nunca llega.
La vejez debería ser una etapa de respeto, memoria y cuidado. Pero muchas veces termina siendo una sala de espera larguísima hacia la muerte.
Y quizá la pregunta más dura de todas sea esta: si el sistema trata así a quienes construyeron el mundo antes que nosotros… ¿qué mierda nos espera cuando nos toque llegar ahí?
Por @_fernandocabrera




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