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Milei en Davos: "Maquiavelo ha muerto"

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • 26 ene
  • 3 Min. de lectura

En política, cuando alguien anuncia una muerte tan rimbombante, conviene tocarse la billetera y contar los cubiertos. Porque declarar “muerto” a un autor, a una idea o a una tradición nunca es inocente: suele ser la forma elegante de evitar una discusión incómoda. En general, no se mata lo que ya no jode; se mata lo que sigue molestando.


Con eso en la cabeza, vale volver al discurso de Milei en Davos y a su frase marketinera: “Maquiavelo ha muerto”. Dicho así, suena profundo, pero es puro humo. No es una tesis histórica ni una provocación filosófica: es una coartada discursiva. Un atajo para clausurar cualquier sospecha sobre el ejercicio del poder y presentarlo como algo transparente, limpio, casi angelical.


El truco es viejo. No se discute con la idea real, sino con una versión caricaturizada. Milei no habla de Maquiavelo: habla de su Maquiavelo. Uno trucho, útil, hecho a medida del relato libertario. Y ahí ya empezamos a bajar del plano general al terreno concreto.


Porque hay, mínimo, dos Maquiavelos. El primero es el deformado, el del mito popular: el símbolo del cinismo, del “todo vale”, de la política como cloaca. Ese Maquiavelo sirve para demonizar a la política en bloque, señalar a la “casta” y pararse uno, por contraste, como el único puro entre los sucios. Es un enemigo cómodo, rendidor y fácil de vender.


El segundo Maquiavelo es el que no entra en un slogan. El histórico. El pesado. El tipo que no legitimó el abuso, sino que separó la política de la moral religiosa medieval para explicar cómo funciona el poder en la vida real. No para celebrarlo, sino para poder pensar cómo limitarlo sin caer en ficciones morales. Ese Maquiavelo no está muerto: está tapado abajo de la alfombra porque incomoda.


Y acá el triángulo se empieza a cerrar. Porque ese Maquiavelo incómodo dialoga directamente con el liberalismo republicano, no con el libertarismo de meme. El liberalismo que dio origen a las constituciones modernas jamás defendió un poder sin frenos ni un mercado suelto como perro sin correa. Al contrario: se armó con división de poderes, jueces independientes, legalidad y derechos que no se negocian. La Constitución no frena la libertad; es el único piso firme donde puede pararse.


El problema es que el discurso libertario contemporáneo da vuelta todo como una media sucia. El control judicial pasa a ser “interferencia”. El pluralismo, un veneno. El Estado de derecho, un estorbo. El mercado deja de ser una herramienta y se convierte en un absoluto. Y la ética se achica tanto que queda reducida a una sola pregunta, bien cortita y brutal: ¿esto protege la propiedad privada o no?


Ese corrimiento no es teórico ni abstracto. Se vuelve concreto cuando Milei les regala a sus funcionarios Defendiendo lo indefendible, de Walter Block. Ahí la cosa queda negra sobre blanco: toda conducta debe ser defendida si es funcional a la propiedad privada, aunque sea inmoral, repudiable o ilegal. No hay bienes indisponibles, no hay dignidad humana como límite. Si el contrato manda, el derecho molesta. Y si la Constitución jode, se la esquiva.


Esto, ya a esta altura, no es liberalismo republicano. Es otra cosa. Y ni siquiera es nueva. Shakespeare lo mostró hace siglos en El mercader de Venecia: un contrato libre y legal que exige una libra de carne como pago. El juez lo frena en nombre de la dignidad humana. Ahí el derecho le pone un freno al mercado y salva a la república. Si ese freno no existe, el ser humano queda reducido a cláusula contractual.


Por eso, cuando Milei dice que “Maquiavelo ha muerto”, no está matando al Maquiavelo histórico. Está peleando con una caricatura mientras, sin darse cuenta, encarna lo que dice combatir: un poder convencido de su propia virtud, que confunde libertad con ausencia total de controles.


Maquiavelo sigue vivito y coleando.

La pregunta, mucho más concreta y urgente, es si la república aguanta el golpe.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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