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Miss Carbón: cuando Netflix confunde el carbón con humo

  • Foto del escritor: Santa Cruz Nuestro Lugar
    Santa Cruz Nuestro Lugar
  • 2 ene
  • 2 Min. de lectura

A ver...Arranquemos sin anestesia: Miss Carbón pintaba para sacudirte el estómago y terminó siendo una palmadita tibia en la espalda. Tenía todos los condimentos para explotar —historia real, mina, frío patagónico, machismo rancio— y Netflix la dejó mansita, prolijita, bien peinada. Cero calle, cero barro.

Para el curioso lector de Santa Cruz nuestro lugar que aún no ha padecido el sopor de verla, la peli cuenta la historia de Carla Antonella “Carlita” Rodríguez, una mujer trans que se mete donde supuestamente “no podía”: una mina de carbón, territorio vedado por supersticiones y prejuicios de manual. Carlita labura, aguanta miradas, rompe mitos y se gana el lugar a fuerza de pico, pala y dignidad. Historia real, de esas que en la vida te parten al medio. En la pantalla… meh.


La dirige Agustina Macri, con guion de Erika Halvorsen y Mara Pescio, adaptado del libro "La reina del carbón". La protagonista es Lux Pascal. Se filmó entre la Patagonia y España, con coproducción hispano-argentina. Todo el combo técnico está. El problema no es quién la hizo, es cómo la hicieron.


Porque el guion va por rieles. Todo cantado. Sabés qué va a pasar antes de que pase. No hay sorpresa, no hay riesgo, no hay ese momento donde decís “uh, acá se pudre todo”. Y era una historia para que se pudra, eh. Para embarrarse hasta las cejas. Pero no: miedo a incomodar, miedo a desordenar, miedo a salirse del libreto correcto del cine con mensaje.


Los personajes vienen con el freno de mano clavado. La protagonista no es persona: es emblema. Siempre impecable, siempre fuerte, siempre correcta. Y ojo, bancamos la reivindicación, pero si no hay grietas, dudas, cagazos, contradicciones… no hay verdad. Así no conecta nadie. Es más afiche que carne y hueso.


El conflicto social aparece, sí, pero en modo light. Se nombra el machismo, la exclusión, la identidad, el laburo pesado… todo por arriba, sin raspar. Como diciendo “miren qué tema importante tenemos” pero sin animarse a meter la mano en la llaga. Carbón sin polvo. Mina sin oscuridad.


Visualmente es el típico look Netflix: todo lindo, todo correcto, todo bien iluminado. Pero el entorno no pesa. La mina no asfixia, no aprieta el pecho, no te ensucia. Podría ser cualquier lugar. El carbón queda de decorado cuando tendría que ser un personaje más, pesado, negro, opresivo.


Y encima la peli desconfía del espectador. Te subraya todo. Te lo explica dos veces. Te dice cuándo emocionarte, cuándo aplaudir y qué aprender. No te deja pensar ni sentir por tu cuenta. Cine controlador, con miedo a soltar.


Conclusión cortita y al pie: Miss Carbón tenía fuego real, pero la adaptación salió tibia. Correcta, bien intencionada, prolija… y olvidable. Mucho discurso, poco coraje. Mucha pose de compromiso, cero riesgo artístico. Carbón que no quema.

Por @_fernandocabrera

 
 
 

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