Misteriosa Río Gallegos: El mapa escondido en la Ría
- Santa Cruz Nuestro Lugar

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Hay cosas en Río Gallegos que están hace años ahí, en la misma jeta de uno, y aun así la mayoría pasa caminando al lado sin darse cuenta. Una de esas joyitas medio camufladas está en plena Costanera, en el querido Parque Pirincho Roquel. Sí, posta, capaz fuiste mil veces a matear o a jugar con las bendis y nunca cazaste de qué se trataba.

La cosa arranca apenas entrás al espacio recreativo. A la derecha, donde está el monumento de San Juan Bosco, se puede ver una especie de cordón raro marcado en el piso. Mucha gente que camina sobre él haciendo equilibrio o se sienta a tomar sol piensa que es decoración nomás o alguna estructura vieja que quedó ahí porque pintó. Pero no, papá: tiene alto significado.
Ese contorno representa ni más ni menos que la provincia de Santa Cruz. Así como lo leés. Está armado respetando los puntos cardinales, o sea que no está puesto porque sí ni tirado al azar. Todo tiene su lógica.
Y acá viene el detalle te vuela la peluca: los bloques que están dentro del dibujo simbolizan las distintas localidades de la provincia. Mientras tanto, Río Gallegos aparece marcado con forma circular porque es la capital. Tremendo detalle escondido a plena vista y casi nadie le daba bola.
Pero observe el querido lector de "Santa Cruz nuestro lugar" que el asunto va un toque más allá de una simple curiosidad urbana. El semiólogo francés Roland Barthes decía que las ciudades funcionan como sistemas de signos: hablan, cuentan historias, mandan mensajes todo el tiempo, aunque casi nunca los leamos conscientemente. Una plaza, una estatua, un edificio abandonado o hasta un dibujo perdido en una vereda son textos urbanos que están ahí para ser interpretados.
Y en ese sentido, Río Gallegos también “habla”. Ese mapa escondido en la Costanera no está solo decorando; está diciendo algo sobre identidad, territorio y pertenencia. Es una manera silenciosa de recordar que la capital está conectada con cada localidad de la provincia, como si Santa Cruz entera estuviera resumida en un rincón donde los pibes andan en bici y la gente toma mate mirando el estuario.
Lo interesante es que esto pasa en un montón de ciudades del mundo. En Barcelona, por ejemplo, las baldosas diseñadas por Antoni Gaudí esconden símbolos marinos y formas geométricas que cuentan parte de la identidad catalana. En París hay marcas metálicas incrustadas en las calles que señalan el antiguo meridiano de Arago, y muchísima gente camina arriba sin saberlo. En Nueva York existen mensajes ocultos en estaciones de subte y edificios históricos que funcionan casi como códigos secretos urbanos. Y en Buenos Aires pasa algo parecido con ciertos adoquines, pasajes y cúpulas que narran pedazos de inmigración, política y memoria sin necesidad de un cartel explicativo.
Las ciudades están llenas de esas pequeñas cosas que parecen invisibles hasta que alguien las señala. Después de eso, ya no podés dejar de verlas. Medio como cuando un amigo te muestra una figura escondida en una nube y, de golpe, se vuelve imposible ignorarla.
Capaz ahí está la magia de caminar una ciudad: entender que no es solamente calles, autos y edificios. También es un lenguaje. Uno que a veces susurra bajito y otras veces te grita en la cara, pero siempre está diciendo algo.
Y bueno, ahora ya sabés. La próxima vez que pases por la Costanera, frená un toque, mirá el piso y pensá que quizá Río Gallegos viene dejando mensajes escondidos hace años… y recién ahora los estamos empezando a leer.
Por @_fernandocabrera




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